
Toda persona que salga a la naturaleza debería estar familiarizada con un conjunto de técnicas y habilidades que le permitan afrontar aquellos imprevistos que siempre aparecen, ya que forman parte del transcurso cotidiano de la vida lejos de los espacios urbanos. Toda aquella persona que abandona la seguridad previsible de su casa debe estar abierta al cambio permanente y, por tanto, a salir de su zona de confort.
Ante una situación poco convencional, muchos de nosotros no sabríamos qué hacer. Imaginad por un momento un accidente, un extravío, una inundación…, cualquier situación que nos privara de todo eso que nos simplifica la vida hasta convertirnos en seres desvalidos y dependientes de la tecnología. En ese tipo de situaciones de superviviencia (que se pueden dar, no lo dudéis), a menudo tenemos a nuestro alrededor innumerables recursos que pueden hacernos salir airosos de un trance complicado. Pero para poder utilizarlos es necesario conocer esas técnicas y habilidades de las que hablábamos y, sobre todo, estar familuiarizados con ellas. Se me ocurre el ejemplo de las cadenas para la nieve que muchos llevamos en el coche pero que pocos saben cómo utilizar (yo el primero), sencillamente porque nunca han practicado.
El «bushcraft» se puede traducir literalmente como «el arte del monte». Se trata de un nombre muy llamativo para algo que hemos estado practicando durante miles de años, antes de convertirnos en urbanitas comodones. Consiste en una serie de habilidades y técnicas que se practican en la naturaleza, y que tienen la finalidad de permitirnos obtener por nosotros mismos todo aquello necesario para la superviviencia: agua, alimento, fuego y refugio.
Durante el Paleolítico, antes del descubrimiento de la agricultura y la ganadería (hace unos 12.000 años) los seres humanos éramos nómadas, por lo que no existían las ciudades, y nuestra forma de vida se basaba en la caza y la recolección. Los grupos humanos, y aun los individuos, debían ser autosuficientes, es decir, capaces de proporcionarse a sí mismos todo lo necesario, por lo que es difícil imaginar el enorme arsenal de conocimientos que debían de atesorar y de transmitir de generación en generación, ya que su vida dependía literalmente de eso. Luego, con el Neolítico se descubrió la ganadería y la agricultura, aparecieron los primeros asentamientos permanentes y los humanos nos fuimos haciendo sedentarios. Una vida más fácil y segura, que alcanzaría la cúspide de la comodidad en los tiempos que corren, en los que nos hemos convertido en seres frágiles y dependientes.
Conscientes de ello, y buscando las raíces de nuestra propia naturaleza, ya en el siglo XIX comenzaron a aparecer personas preocupadas por rescatar estos conociminentos ancestrales y ponerlos en práctica. Parece ser que el término «bushcraft» apareció en Australia, pero el concepto existía en otros espacios. Ernest Thompson Seton desarrolló el «woodcraft», el arte de los bosques, utilizando técnicas empleadas por los nativos de Norteamérica con fines educativos. En la misma línea, Baden Powell funda a principios del siglo XX el movimiento Scout, uno de cuyos pilares originales era precisamente el adiestramiento en técnicas de campismo. Por todo ello, le demos el nombre que le demos, el arte de estar en la naturaleza es esencial para poder disfrutar de ella de una manera más plena, segura y confortable.
Entre la lista de habilidades que todo naturalista, aventurero, cazador, montañero o senderista debería conocer podemos destacar:
- Saber encender fuego: es esencial para calentarnos, cocinar, potabilizar agua, hacer señales o iluminar. Para ello no sólo existen el mechero o cerillas, hay muchísimas otras técnicas (algunas sorprendentes). Y no basta con saber encenderlo, sino que hay que conocer sus riesgos y su manejo seguro y responsable.
- Conocer las distintas herramientas y sus usos, cómo utilizarlas y cómo conservarlas y mantenerlas. Cuchillo, navaja, hacha, pala, sierra… forman parte habitual del equipo para el campo.
- Saber conseguir agua: encontrarla, obtenerla y hacerla apta para beber.
- Saber obtener alimentos: conocer plantas y frutos comestibles, y saber recolectarlos y prepararlos. La caza y la pesca también se incluyen en este apartado, aunque ambas habilidades son muchísimo más complejas de lo que pensamos.
- Construir refugios para pasar la noche. Puede ser desde una tienda de campaña hasta un refugio de emergencia con los materiales que se encuentren disponibles a nuestro alrededor.
- Primeros auxilios: conservar la salud cuando estamos lejos de un hospital o incomunicados es primordial para cualquiera que salga al campo. No sólo deberíamos ir provistos de un botiquín básico (yo siempre lo llevo), sino que deberíamos saber cómo actuar en caso de accidente para conservar nuestra integridad y la de quien nos acomañe.
- Técnicas complemetarias como la cabullería (el arte de hacer nudos), la talla de madera, la orientación, nociones de astronomía, etc.
Como se ve, la lista puede ser muy amplia, tanto como las necesidades o las inquietudes de quien practica esta manera de estar en la naturaleza. Yo he tenido la suerte de conocer y practicar muchos de ellos, pero de lo que no cabe ninguna duda es de que siempre hay mucho más que aprender, y que aquello que no se practica, se olvida. ¿Cuántos de vosotros habéis dejado de ir de acampada? ¿Quienes tenéis esa inquietud adormecida por vivir nuevas experiencias lejos de la tecnología y cerca de vuestra esencia más profunda? Pensad que no hace falta ir a sitios lejanos para reencontrarnos con nosotros mismos y recordar que hubo un tiempo en que el bosque, el monte o el río eran, simplemente, nuestro hogar.
















