
En la cultura del «usar y tirar» estamos demasiado acostumbrados a disponer de bienes hechos para durar poco, y muy pocas veces nos hacemos con algo pensado «para toda la vida». Y no sólo porque se diseñe y se fabrique pensando en una vida limitada para el producto, sino porque nosotros mismos hemos eliminado esa opción de nuestras vidas. Sabemos que no es lo mismo el desgaste de un calzado que el de una herramienta, y sin embargo medimos ambos con el mismo criterio. Esto lo sabe la industria, que en los años 20 del siglo XX comenzó a aplicar los principios de la obsolescencia programada, es decir, a diseñar y a producir bienes con un final previsto de antemano. Esta obsolescencia (o envejecimiento) puede ser tanto funcional (algo se va a romper pasado un tiempo ya calculado) como percibida (algo va a tener apariencia de viejo o desfasado, aunque se encuentre en perfecto estado). Existe un extremo muy habitual, el de aquellos bienes de mayor precio que, en caso de avería, pueden ser reparados, aunque a un precio que hace recomendable adquirir uno nuevo.
Existe una tradición japonesa llamada kintsukuroi, consistente en arreglar la porcelana rota utilizando oro, de manera que el desperfecto, no sólo no se intenta ocultar, sino que se resalta, creando belleza a partir de lo que estaba roto. El kintsugi es toda una alegoría del renacer a partir de nuestras propias cenizas.
Visto desde una perspectiva mucho más práctica y menos filosófica, personalmente encuentro un enorme placer en nadar contra corriente e intentar, en la medida de lo posible, escapar de la rueda de hamster del consumo compulsivo, practicando el arte de reparar cosas. Pero, a diferencia de la idea japonesa, intento que la reparación no sea tan perceptible y que, sobre todo, resulte absolutamente funcional. Para mí, reparar es todo un arte porque requiere observación atenta, imaginación para encontrar la mejor solución y valentía frente a un posible fracaso.
Convertirse en un manitas es algo que está al alcance de cualquiera que tenga verdadera intención de hacerlo. Todos tenemos a alguien así cerca de nosotros, o tal vez lo seamos nosotros mismos, pero quien no lo es tal vez es porque no ha elegido serlo. Existen en el mundo verdaderas sociedades de manitas. Un ejemplo brillante lo tenemos en Cuba, donde las circunstancias económicas han obligado a la gente a encontrar soluciones caseras para mantener circulando verdaderas joyas sobre ruedas aun sin piezas de repuesto. También África en su conjunto puede ser considerado el continente de la autosuficiencia, por la habilidad generalizada para reparar cualquier cosa. En definitiva, donde no existen medios materiales, la capacidad de reparar constituye una habilidad esencial para continuar. Pero, sin ser espoleados por la necesidad, nosotros podemos también ser autosuficientes siguiendo una serie de pautas sencillas:
- Aprende de quien sabe: pregunta y pégate a quien sabe hacer cosas. Aprovecha la ocasión de observar a un técnico o un trabajador cualificado. Valora su trabajo e interésate por él. Pregúntale por todo aquello que desconozcas o te llame la atención. Las personas estamos siempre ansiosas por enseñar a los demás aquello que conocemos y en lo que somos expertos. Tú estarás dando valor a su trabajo y al mismo tiempo estarás aprendiendo conocimientos que pueden ser muy útiles en una situación de emergencia.
- Pregunta: cuando compres repuestos, tornillos, adhesivos… pide consejo. El comerciante especializado sabe orientar y te puede proponer soluciones alternativas que tú ni siquiera sospechabas.
- Practica: siempre que tengas ocasión, emprende la tarea de reparar. No dejes ningún tornillo para luego, ya que la práctica en lo más sencillo te permitirá afrontar con confianza lo más complejo.
- Hazte con tus herramientas: ve haciéndote poco a poco con las herramientas que necesitas. Es mejor ir adquiriendo útiles de calidad poco o poco, conforme aparece la necesidad, que hacer una gran inversión inicial en cosas que no necesitas ni van a durar. Hay un abanico muy amplio, y probablemente no necesites la gama más alta de todo; adecúa tu elección al uso que vayas a hacer de tu herramienta, pero evita lo barato, porque no suele dar buen resultado.
- Ejercita la imaginación: cuando te enfrentes a algo que necesita reparación, imagina todas las posibles soluciones. No juzgues si son inviables o no, simplemente imagínalas, y luego elige lo que tu intuición te diga que es la mejor opción.
- Desmonta: una actividad muy enriquecedora es la de «abrir las tripas» de un «cacharro». Si algo se ha roto definitivamente, desmóntalo para comprender cómo funciona. Obtendrás información valiosísima. Además, puedes guardar tornillos y pequeñas piezas para futuras reparaciones.
- Sé valiente: no temas romper lo que ya está roto. Símplemente observa bien dónse va cada pieza o cada tornillo, para volver a colocar todo en su sitio. Puedes ir haciendo fotos que te ayudarán a devolver cada cosa a su lugar.
- Busca tutoriales en internet: la red está llena de vídeos útiles sobre cualquier cosa. Siempre hay algún experto generoso que explica cómo sustituir una pieza o reparar lo que sea.
- Sé prudente: sobre todo evita tocar aquello que pueda ser peligroso sin saber. Electricidad y gas, sobre todo. Sigue las normas lógicas de seguridad y evita iniciar algo que no puedas acabar por falta de repuestos o piezas. Al fin y al cabo se trata de reparar, no de empeorar la situación. Siempre puedes reconocer que hace falta un profesional para lo que intentas hacer.
Una persona capaz de arreglar cosas es una persona autosuficiente, y valiosa para quienes le rodean. Cultivar las habilidades necesarias para reparar un desperfecto de lo que sea con los elementos que se tienen a mano supone convertirse un poco más en dueño de tu vida y de tus circunstancias. Electricidad, madera, electrónica, cuero, bicicletas… llegarán a no tener secretos para ti. Todo un tesoro para un naturalista, ya sea campestre o urbano. Y para quienes lo acompañan.























