
Hace unos día apareció en mi móvil un vídeo que parecía no tener mucho sentido para mí, aunque pronto me di cuenta de que escondía un mensaje. Era uno de esos vídeos breves en lo que de manera muy resumida te explican cómo hacer una tarea compleja de esas a las que no solemos estar acostumbrados y que tenía que ver con la pintura. Como soy una persona arrojada y considero que cualquiera puede hacer prácticamente de todo si se lo propone, y además hacerlo bien, me he enfrentado a tareas de mantenimiento y reforma muy diversas, desde electricidad hasta albañilería, carpintería o pintura. Precisamente es esta última, la pintura, una de las más engorrosas, porque requiere un trabajo de planificación minucioso y una preparación previa al trabajo en sí que requiere de un alto grado de meticulosidad. Además, requiere de cierta habilidad, de práctica y de experiencia para obtener resultados aceptables.
En cierta ocasión me mudé apresuradamente de una vivienda a otra. Esta nueva resultó ser un piso que presentaba algunos pequeños iconvenientes, quizás el más destacado era su falta de luz, y esto se debía en gran medida al tipo de pintura que tenía: el gotelé. La superficie rugosa e irregular creaba una especie de sombra continua que hacía que las paredes pareciesen grises, y aunque se cubriese el gotelé con pintura blanca como la nieve nunca se iba a lograr esa sensación de luminosidad tan saludable, apetecible y beneficiosa que debe tener (desde mi punto de vista) un hogar. Así que la mejor solución era eliminar el dichoso gotelé, lo cual no era tarea sencilla, como pronto iba a descubrir. El pintor, con quien ya tenía confianza desde hacía años, empezó advirtiendo de lo engorroso de su retirada, porque la superficie esa se logra (que me perdonen los pintores que puedan leer esto si cometo alguna inexactitud, no quiero que esto parezca «el cuñado descalzo») proyectando una masilla mediante un compresor sobre la pared para después poder pintar sobre la superficie. Ese material, al endurecerse, es muy consistente, por lo que eliminarlo es una tarea laboriosa y difícil, que en este caso requería de una especie de máquina lijadora que reduciría el material a polvo. Imaginen la nube que puede llegar a inundar una vivienda. Además es un procedimiento caro, porque necesita mucho tiempo, lo cual aumenta sustancialmente el coste de la mano de obra. Pero decididos a mejorar la situación, la aventura de retirar el gotelé pareció una apuesta segura, y el resultado fue magnífico. El piso parecía de repente un lugar nuevo, más claro, fresco y diáfano, y la luz era ahora capaz de llegar a rincones donde parecía haber estado ausente desde hacía años. El precio que hubo que pagar fue alto, tanto en tiempo (el pintor tardó mucho más tiempo) como en dinero (el trabajo costó casi el doble que una pintura tal cual), pero valió la pena sin ningún género de dudas: la vivienda era mucho mejor.
Con estas observaciones a mis espaldas y cargado de una buena dosis de confianza en mí mismo me atreví a pintar la siguiente casa en su totalidad por mis propios medios (esta vez sin gotelé, por suerte), con unos resultados bastante buenos. En esta ocasión aprendí a elegir los materiales y a trabajar con ellos, convirtiéndome en un pintor amateur eficaz y de confianza.
Les cuento todo esto no porque promocione mi propia empresa de multiservicios, sino para que entiendan el proceso mental que arranca con el tutorial del inicio. Como les decía, el vídeo de marras daba un truco tremendamente práctico sobre cómo eliminar el gotelé. Claro, conociendo lo tedioso y lo costoso que es eliminar esa superficie irregular de masilla se encendieron todas mis alarmas. Aquello prometía ser el Santo Grial de la pintura de aficionados: alguien me iba a enseñar a eliminar el gotelé de una manera fácil, limpia, cómoda, rápida y barata. Después de la revelación nunca más tendría miedo de hacerme con pintura y rodillo para blanquear ningua vivienda, sea cual fuese la naturaleza de la pintura previa. Ni corto ni perezoso empecé a ver el vídeo con avidez. Un chica muy bonita, no precisamente ataviada como un pintor de brocha gorda (lo cual ya me hizo sospechar), abría un cubo de una sustancia viscosa que extendía sobre el gotelé con una espátula enorme. Dicha sustancia, una masilla -deduje de inmediato-, rellenaba cada hueco de la pared, que quedaba con un aspecto (esto es importante: el aspecto) pulcro y homogéneo, ávido de recibir pintura nueva y libre de toda sombra. El vídeo milagroso me llenó de pesadumbre en apenas unos segundos, porque este pintor amateur había descubierto que lo que parecía la solución definitiva para el nefasto gotelé no era sino otro gotelé, pero esta vez homogéneo. El problema no quedaba resuelto, sino oculto. Tal vez el vídeo llamó mi atención debido a mis experiencias (de otra forma quizás ni siquiera se me habría ocurrido verlo), pero fue eso lo que me hizo conectar con una evidencia vital, que tiene que ver con los conflictos interpersonales.
El gotelé estuvo de moda hace algunas décadas debido a que presentaba una serie de ventajas técnicas y estéticas (permite disimular imperfecciones o desperfectos, por ejemplo), pero como cada moda llega un momento en el que pierde su vigencia, y lo que antes parecía moderno, joven, fresco y agradable a veces se vuelve caduco, gris y trasnochado. Las relaciones entre personas siempre son duales, es decir, siempre son entre dos. Por ejemplo, en una familia de cuatro miembros no existe una única relación de cuatro, sino una combinación de seis relaciones diferentes (padre-madre, padre-hijo, padre-hija, madre-hijo, madre-hija e hijo-hija) que interfieren entre sí. Además, en la relación entre dos personas, sea del tipo que sea (amorosa, familiar, afectiva, laboral, de vecindad…), siempre hay un diálogo permanente de ida y vuelta entre dos. Si esta relación es joven (nació hace poco) o es superficial (por lejanía, distanciamiento o lazos débiles) apenas habrá desgaste dentro de la misma. Pero las relaciones que van profundizando tienden a desgastarse o a deformarse. Al igual que en la pintura, en la que hay técnicas que antes servían y que ahora son indesebles, feas o incluso perjudiciales (como el gotelé del piso), en las relaciones aparecen vicios que convierten en opresivas relaciones que una vez fueron frescas, dinámicas y puras. Estas relaciones pueden profundizarse debido al tiempo (amistades largas), la intimidad (pareja), la convivencia continuada en un mismo espacio (entorno familiar), los problemas laborales (trabajo)… Y de manera natural va a aparecer en ellas el gotelé.
El símil que se me ocurre a propósito de esto es que sólo hay dos manera de hacerlo desaparecer: eliminarlo con una lija gigante o cubrirlo con más masilla. La primera solución es más difícil, costosa, lenta… La segunda es rápida, barata, limpia… Pero realmente sólo hay una que funcione: la lija. Lijar significa eliminar lo que ya no sirve, lo que no funciona. Cubrir significa ocultar lo que no quiero ver. Por mucha masilla que aplique siempre sabré que el gotelé sigue ahí debajo, aunque no lo vea. Sigue siendo una realidad. El problema no está resuelto, sino oculto a la vista. Cuantas más capas de masilla aplique más grueso será el muro, y menos espacio quedará en la habitación. Centímetro a centímetro las paredes irán creciendo hacia el interior hasta que el espacio llegua a ser inhabitable. Por ello la comunicación es tan importante en cualquier relación. De esta forma la solución sencilla ni siquiera llega a merecer que se la llame así, porque no repara sino que maquilla. Es como intentar curar una herida tapándola con maquillaje.
Cuando nos comunicamos estamos poniendo en marcha un mecanismo de limpieza de la superficie de nuestras relaciones, haciendo que siempre esté limpia y fresca. Pero no vale cualquier tipo de comunicación. Igual que la lija come, la conversación debe ser siempre profunda, auténtica y llena de intención. No vale hablar sólo de lo intrascendente, sino precisamente de eso que nos parece incómodo y hasta violento (cuanto más incómodo, más importante es tratarlo). Se trata de exponer lo que no nos gusta, de poner límites, de pedir aquello que necesitamos. Pero tampoco vale atacar el gotelé con un martillo y un cincel. No queremos romper el muro, sino eliminar esa superficie rugosa que no nos gusta. Por eso la conversación no sólo debe ser profunda, sino sincera; no sólo auténtica, sino dispuesta escuchar (dejando que la otra persona también pueda expresarse con sinceridad); no sólo llena de intención, sino cargada de amor.
Así que, queridos amigos, lo más recomendable tal vez sea huir de los botes milagrosos que tapan lo que no nos gusta y optar mejor por las soluciones de verdad, por mucho que nos incomoden y por más miedo que nos produzcan. Evitar esa situación potencialmente conflictiva tal vez pueda funcionar en una relación efímera y superficial que no se basa en un verdadero interés en la otra persona, pero si queremos construir relaciones sanas, duraderas y auténticas tendremos que llevar a cabo un mantenimiento periódico, como en una casa, hecho con mimo y meticulosidad, y quitar el material rugoso que no nos hace ningún bien antes de pintar. Pocas sensaciones hay tan satisfactorias como las que da la certeza de que no hay doblez ni cuenta pendiente alguna con aquellos a quienes queremos.


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