
Hay una frase excelente y de larguísimo recorrido que dice así: “Lo perfecto es enemigo de lo bueno”. No tengo muy claro quién la creó (hay quien dice que fue Voltaire) pero desde luego es una sentencia lapidaria, porque pone de manifiesto una de las trampas más peligrosas que nos acechan en nuestro día a día, que es la búsqueda (en vano) de la perfección. Es cierto que hay personas perfeccionistas y otras descuidadas, y aunque siempre es peligroso emitir juicios creo que es evidente que ambas etiquetas identifican dos extremos.
La persona perfeccionista se centra en el resultado de sus acciones, poniendo el foco en que aquello que esté haciendo, sea lo que sea, alcance la perfección. Para ello cuida cada detalle en la ejecución de su empresa, y es capaz de retocar una y otra vez su obra para que alcance ese nivel de perfección requerido. El momento preciso en el que dicho nivel de perfección es alcanzado se define como “nunca”. Ya el filósofo griego Platón (427-347 a. C.) en la República explica, utilizando el mito de la caverna, que existe una diferencia entre el mundo de las ideas y el mundo real. Expliquémoslo de una manera sencilla mediante un ejemplo: existe un concepto que es el “círculo”. Un círculo es un concepto abstracto que consiste en una línea continua cuyos infinitos puntos están todos situados exactamente a la misma distancia de un centro. Esa idea es perfecta. Pero la realidad difiere de ella, porque no existe ningún círculo perfecto en el mundo material. Cuando vemos un círculo aparentemente perfecto lo que realmente vemos es una línea que se parece muchísimo a un círculo, pero en la que es imposible que se dé esa cualidad requerida para la idea de un círculo. Si dibujamos uno utilizando un compás debemos tener en cuenta que la superficie del papel es irregular, que el grafito se va desgastando con el rozamiento y que, por lo tanto, cambia su grosor, que el papel se expende o se encoge dependiendo de la humedad y la temperatura, etc. La realidad es que eso que vemos como un círculo perfecto en realidad no lo es, y sólo aceptamos que es perfecto. Eso se aplica a las medidas de tiempo, de distancia, de capacidad, de peso… Conscientes de la imposibilidad de una precisión del 100%, los científicos afinan todo lo que pueden para acercarse todo lo posible a la perfección, conscientes de que incluso un reloj atómico tiene una precisión que “sólo” se acerca al 100%.
Otro extremo lo ocupa la persona descuidada, aquella cuyo foco está puesto simplemente en cumplir. La actuación desde el descuido te desapega absolutamente de la calidad del resultado, porque lo único importante es que ese resultado simplemente exista, independientemente de las cualidades que tenga. Del descuido nace la mediocridad, el conformismo, la aplicación de refranes como: “San Juan viene, déjalo que llegue” o “si sale con barbas, San Antón, y si no, la Purísima Concepción”. Si el perfeccionista transmite la sensación de gravedad, de seriedad, el descuidado es casi cómico. Recuerda a un niño pequeño por su torpeza. Pero no debemos dejarnos engañar: algunos de los hijos de la mediocridad son la negligencia médica, los accidentes laborales o la ruina económica. Por eso nadie quiere ser atendido por un profesional mediocre, sea cual sea el ámbito de la vida en el que sea requerido, y por eso educamos a nuestros hijos para que traten de mejorar en el día a día.
Es cierto que no toda persona perfeccionista ni toda persona descuidada suelen serlo en todos los planos de su vida diaria, si bien existen casos que ya entrarían, probablemente, en lo patológico. Creo que tendemos al perfeccionismo en aquello que realmente nos interesa o nos parece importante, y somos descuidados en lo que juzgamos que es superficial, intrascendente o incluso que detestamos. No todos somos perfeccionistas en todo ni descuidados en todo. A veces depende de la importancia que le demos a cada cosa.
Tengo la intuición de que, de los dos extremos acerca de los que hemos hablado, el más pernicioso es el del perfeccionismo, ya que la mediocridad establece un límite, un techo, que es infranqueable. El trabajo mediocre impide progresar, y aun cuando un golpe de suerte puede abrir una puerta inmerecidamente, tal como se ha abierto se acabará cerrando cuando quede de manifiesto nuestra incompetencia; es lo que viene formulado en el célebre Principio de Incompetencia o Principio de Peter: en una estructura jerárquica las personas son promovidas hasta alcanzar su nivel de incompetencia, es decir, ese en el que ya no son competentes, y ahí se estancan (Laurence J. Peter). En ese caso el freno es externo y viene impuesto por la realidad. Pero ante el perfeccionismo el problema es diferente, ya que actúa como una trampa: quien está atrapado en el perfeccionismo sólo está limitado por el tiempo y las energías propias y ajenas, que pueden llegar a ser consumidas hasta la extenuación, y de las que normalmente no somos conscientes porque tendemos a sobrevalorarlas. Cuando buscamos la perfección podemos llegar a utilizar todos, absolutamente todos, nuestros recursos para lograr el objetivo buscado, sin ser conscientes en muchos casos de que ese objetivo es inalcanzable porque sencillamente no existe. El perfeccionismo obliga a conformarse con un resultado final que nunca será el deseado, sino que sólo se acercará a él. Sólo la finalización de un plazo consigue que se ponga fin a una tarea que, de otro modo, duraría hasta la eternidad.
¿Cuál es el antídoto y la cura de este mal? Sencillamente la búsqueda de la excelencia. La excelencia consiste en procurar el mejor resultado posible con aquello de lo que disponemos. Es una manera de actuar, una actitud, una forma de estar. Podemos ser excelentes en todo lo que hagamos en la vida, tanto lo grande como lo pequeño, tanto lo cotidiano como lo excepcional. Obrar desde la excelencia requiere ejercitar algunas de nuestras más sanas habilidades, como son la consciencia y la autenticidad. La consciencia, en este sentido, significa tener presente que los recursos (sobre todo el tiempo) son limitados, que nuestras capacidades como seres humanos son finitas (siempre cabe el error) y, sobre todo, que lo perfecto no existe, por lo que es absurdo pensar que es alcanzable. Por eso precisamente lo perfecto es enemigo de lo bueno, porque en la búsqueda de la perfección podemos llegar a perder algo real y simplemente bueno, alcanzar resultados incompletos o dejar obras inacabadas. Por su lado, la autenticidad nos encamina a aceptar esos límites y actuar en consecuencia, siendo respetuosos con nosotros mismos y con quienes nos rodean. Robar tiempo, atención y energía a quienes queremos en aras a una obra perfecta e imposible puede provocar que algún día nos arrepintamos de haber dedicado demasiado a algo que realmente no vale la pena por su imposibilidad. La búsqueda de la excelencia supone aceptar los límites y agradecer los resultados. En cierta manera es un acto de amor hacia nosotros mismos y hacia lo que hacemos.
Yo mismo he rozado el perfeccionismo en algunas ocasiones. Recuerdo algún trabajo exigente y sesudo en el que veía aproximarse el final del plazo de entrega sin sentir en ningún momento satisfacción. Nunca me parecía suficiente. Siempre había algo que mejorar y que pulir. La tensión iba subiendo por momentos sin que en el horizonte se viese una meta aceptable. Hasta que descubrí de la mano de una amiga inesperada (la despreocupación) que hay que desapegarse del resultado y saber poner un límite que sea posible alcanzar. Y ese límite es siempre suficiente. Está bien tal como está siempre que se haya intentado hacer bien y con el corazón. Siempre podremos encontrar fallos en aquello que hacemos, porque como decíamos al principio la perfección es sólo una idea, pero una acción ejecutada desde la excelencia es fácilmente identificable. Estas líneas son un ejemplo de ello. Normalmente no reviso en profundidad lo que escribo, sino que confío en mi intuición, porque lo hecho, hecho está. Y está bien.


Me encanta.
Gracias, Marta, por tu generosidad.