
Imaginemos por un momento que nos trasladásemos a la época prehistórica y que le regalásemos un encendedor a un grupo de cazadores paleolíticos. Aquellas gentes debían de tener sorprendentes destrezas para iniciar un fuego ya que les iba en ello su superviviencia, pero evidentemente carecían de la sofisticación de un dispositivo de gas licuado tan efectivo como fácil de usar. Ese encendedor en sus manos hubiera sido algo revolucionario, y lo más probable es que sólo hubiesen sido capaces de explicarlo o de comprenderlo desde una mentalidad mágica. Qué hubiesen hecho con él es algo que no podemos saber, pero conociendo la manera de pensar de los seres humanos es más que probable que esa tecnología los hubiese cegado y llegado a absorber toda su atención de manera obsesiva. Los grandes inventos revolucionarios de los que tenemos consciencia y de cuyo impacto tenemos constancia han provocado verdaderas fiebres colectivas basadas en la curiosidad y en unas espectativas elevadísimas acerca de cómo esa invención podría cambiar el mundo. Sucedió con los primeros vuelos en globo, con la electricidad, con el ferrocarril y con el cine. Hoy estamos siendo testigos del nacimiento de uno de esos hitos de la tecnología, que no es otro que la inteligencia artificial.
Cuenta el mito griego que Narciso era un joven dotado de una belleza sobrecogedora, casi inhumana, que enamoraba a cualquier ser que lo viese. Conocedor de este don, Narciso se consideraba superior a los demás y rechazaba el amor de cualquiera con desdén. Cierto día, la ninfa Eco lo vio caminando por el bosque y se enamoró de él, y con todas las dificultades que entrañaba el que sólo pudiese repetir la última palabra que oía, Eco le salió al paso dispuesta a abrazarlo. Narciso rechazó con desdén a la criatura que, destrozada, se retiró a una cueva para no salir más, y por eso seguimos escuchando su voz en las grutas. Airada por el daño irreparable provocado por el engreimiento de Narciso, la diosa Némesis, que encarna la justicia divina, castigó al joven de una manera ejemplar, para que nadie olvidase la lección: lo hizo enamorarse de sí mismo al verse reflejado en un estanque. Extasiado ante su propia belleza, Narciso cayó al agua, donde se ahogó, acabando así para siempre una belleza que es siempre efímera.
Los seres humanos tenemos ese rasgo: el narcisismo. Tendemos a quedarnos extasiados ante nuestra propia grandeza, ante nuestros logros y ante nuestras capacidades. Cada vez que hemos dado un salto tecnológico se ha despertado en nosotros ese Narciso tan humano, y nos hemos embelesado contemplando nuestra creación, llegándonos a creer divinos e inmortales. Y una vez tras otra terminamos ahogados en el estanque de la bomba atómica, de las cámaras de gas o de un coronavirus modificado en un laboratorio. Creo que es por eso que confundimos la herramienta, que es simplemente un medio, con el fin para la que se creó, que es lo que la dota de sentido. Cuando eso se produce se pone de manifiesto que hemos caído en la trampa en la que caemos una y otra vez y que nos hace perder de vista el objetivo, y que nos lleva a confundir lo verdaderamente importante con lo que es simplemente necesario para alcanzarlo. La reciente irrupción de la inteligencia artificial puede ser un ejemplo de eso. El enésimo ejemplo. Basta con prestar atención a todas las voces que se alzan para proclamar que esta vez sí que hemos creado la tecnología definitiva que nos superará. Celebramos que hemos pasado de simples mortales a titanes, que son los padres de los dioses. Y estoy de acuerdo, pero sólo en parte: hemos creado una herramienta muy potente, pero es sólo eso, una herramienta al servicio de los mismos que hace sólo 12.000 años estaban encendiendo fuego con métodos rudimentarios y que no han cambiado su naturaleza ni su esencia. La inteligencia artificial es un encendedor, un proyector de cine o un ferrocarril, que permiten encender fuego, contar historias o viajar de manera más rápida y más fácil, pero sólo eso: encender fuego, contar historias o viajar. No hay nada más. La inteligencia artificial no es inteligencia así como la realidad virtual no es realidad, sino reflejos de lo que somos y de lo que es, respectivamente.
Existe un debate abierto precisamente debido a la emergencia de la inteligencia artificial y que tiene un profundo calado filosófico: qué es la inteligencia y, por consiguiente, qué somos nosotros. Casi todos los expertos que hablan sobre el tema tienden a coincidir en aspectos relacionados con el lenguaje, la capacidad de análisis y, en última instancia, la autoconsciencia. Según la mayor parte de ellos ese paso está a un paso de llegar, y si se da la inteligencia artificial será capaz de crear otras inteligencias y máquinas nuevas. Se habrá convertido en un ser vivo y autónomo. Ese punto en el que la inteligencia artificial supera hipotéticamente la inteligencia humana es lo que se conoce como «singularidad». Hablamos de un punto hipotético al que algunos especialistas dan por seguro y sólo es cuestión de tiempo. Es decir, dan por sentado que sucederá como un hecho inevitable, atribuyendo así a la tecnología cualidades divinas. En mi opinión le faltan a esta tecnología algunos rasgos que la hagan plenamente merecedora del nombre de «inteligencia». Si llamamos inteligencia a la rapidez de cálculo hace ya varias décadas que las calculadoras superaron al hombre. Si hablamos de capacidad analítica, un ordenador moderno también es capaz de procesar muchos más datos que el cerebro humano, y podríamos poner como ejemplo la derrota del campeón de ajedrez Kasparov por el ordenador Deep Blue en 1997. Pero… ¿convierte este hecho a este ordenador en un ser pensante?¿Podemos decir que Deep Blue o sus sucesores son verdaderamente inteligentes? El sentido común nos dice que no. La inteligencia artificial, muchísimo más capaz, es sorprendente en multitud de campos y de aplicacciones, algunas todavía ni siquiera imaginadas. Pero la inteligencia, a mi entender, es la suma de muchos elementos interdependientes: es capacidad de análisis, sí, pero también es empatía, intuición, capacidad de discernimiento, ejercicio de libertad, emoción, percepción externa pero también interna, creatividad, imprevisibilidad, sentido del humor, curiosidad… y sentido de la trascendencia. Es necesidad. Creo que la IA es una herramienta potente, tan capaz como lo seamos nosotros de pedirle que haga cosas. Tan poderosa en el análisis como nunca hemos imaginado, pero tan débil como la energía limitada de la que disponemos. Ponernos al servicio de una tecnología es, como hemos dicho antes, convertir la herramienta en un fin en sí mismo. Es convertirnos en titanes y a nuestras máquinas en dioses por los que esperamos ser derrotados. La verdadera singularidad ya se dio: en nosotros. Somos seres singulares, como individuos y también como especie.
Una prueba de lo que defendemos aquí la encontramos en la «realidad virtual». En nuestro afán por imitar hemos imitado hasta el vuelo de las libélulas para construir helicópteros. Somos primates imitadores. Hemos imitado hasta el aspecto de la naturaleza a través del arte. Pocas cosas hay que sean fruto de la pura imaginación. Ni siquera la inteligencia artificial, a la que se entrena como a un escolar suministrándole ingentes cantidades de datos para que aprenda. Hemos querido imitar la realidad para tener una experiencia como la que tendríamos en la propia naturaleza, y el resultado después de décadas es algo tan parecido… que no es real. Y por el camino hemos sacrificado la realidad real. Es sorprendente el porcentaje tan alto de niños y jóvenes que nunca han pisado el campo, que no tienen desarrollado ese aspecto tan humano que es la curiosidad por lo que les rodea, por comprender cómo funciona el mundo a su alrededor.
Todo eso que he dicho que hace al ser humano verdadero (seguro que me dejo cosas en el tintero) hay quien afirma que la tecnología será capaz de suplirlo y de proporcionárselo a la inteligencia artificial, en un ejercicio de fe inquebrantable, que hace del cientifismo la nueva religión materialista de los adoradores de la tecnología. Hay quien llega a defender con vehemencia que el Universo podría ser una simulación. La simulación perfecta sería una realidad virtual tan completa y tan compleja que ya no sería realidad virtual, sino lo que efectivamente es: la realidad real. Y sólo se me ocurre un ingeniero capaz de tal perfección, la única mente que puede tener su origen en sí misma: lo que Platón denominó la «causa incausada», es decir, la causa que se causa a sí misma. Tal vez el cientifismo en su esfuerzo por destronar los divino esté precisamente dando pruebas de una realidad espiritual que va mucho más allá de nosotros mismos, de nuestras capacidades y de nuestras creaciones. Estamos tan sorprendidos y admirados por nosotros y por nuestras propias capacidades que somos incapaces de sorprendernos y de admirarnos por aquello que es abrumadoramente más grande que nuestra persona. Somos unos narcisistas de nuestras capacidades.
Nuestra debilidad radica en la fragilidad de eso en lo que ponemos nuestra confianza. La tecnología depende de la energía, y aún no tenemos esa fuente barata e ilimitada que se nos promete como un mesías tecnológico. Cuando el Narciso tecnológico se queda si electricidad es cuando cae al estanque para ahogarse sin remisión. La belleza de la realidad real siempre superará a lo que podamos lograr con la realidad virtual, que nunca dejará de ser una copia de la primera, y a lo más que podrá aspirar es a copiarla a la perfección pero nunca a superarla. Una imitación siempre será menos valiosa que el original al que imita. Queremos ser dioses, pero sólo somos mortales. Nuestra verdadera grandeza está en eso a lo que pertenecemos, en nuestra finitud y en nuestra mortalidad, y cuanto más queramos separarnos del Todo mayor será nuestra desconexión de nosotros mismos. Frágiles en nuestra individualidad, indestructibles en nuestra conexión con el cosmos. Inteligencia artificial: una herramienta. El verdadero motor: el alma.

P.D.: El Naturalista Descalzo usa inteligencias artificiales para crear las ilustraciones. Son una tecnología asombrosa. Pero… ¿leerían ustedes este blog si estuviese escrito por una IA? Yo no lo haría, desde luego. Serían palabras sin alma. Por eso nunca construiré un templo al dios Silicio.

Desde luego que no lo leería si fuese una IA quién lo escribiera.
Hace poco hicimos un debate Martín y yo en el IES sobre este tema, ética -IA- persona (los límites de uno, de otro, la libertad…)si lo llego a saber, te hubieses venido de artista invitado 😉
Jajaja! Claro que sí, Clara. Se puede retorcer un concepto todo lo que se quiera, pero lo que es, es. Es lo que nos enseña la tradición espiritual, que hay absolutos, que no todo es relativo.