
Cuando pensamos en salir al campo siempre hay dos palabras que vienen inmediatamente a la cabeza: ropa y comida. Probablemente responden a las necesidades más básicas que debemos satisfacer cuando nos encontramos fuera de la seguridad controlada que nos proporciona nuestra casa. ¿Cómo atender a nuestra alimentación cuando nos encontramos en la naturaleza?
La alimentación en el medio natural es para mí un aspecto importante (por motivos evidentes) y, sobre todo, interesante, porque dependiendo de nuestro punto de vista puede llegar a ser el motivo central de nuestra aventura. Siempre existen dos posibilidades: llevarnos nuestra comida o conseguirla sobre la marcha. Aunque hay muchos más alimentos a nuestro alrededor de los que imaginamos, mi experiencia me dice que conseguir comida suficiente como para mantenernos por nuestros propios medios cazando y recolectando es extremadamente difícil. Por ser un reto tan interesante, mi aprendizaje campestre se centra activamente en él desde hace tiempo. Por eso, lo más sencillo para empezar es llevar la comida desde casa. ¿Qué debemos tener en cuenta para planificar qué comida llevar para nuestra aventura?
Yo he vivido muchas experiencias con la comida, y todas me han enseñado algo. Recuerdo una acampada con amigos hace ya mucho tiempo, en la que, confiados en nuestra experiencia, llevamos mucha menos comida de la necesaria. Pasamos mucha hambre. Al tercer día tuve que comer restos de manzana que había tirado el día anterior. Eso significa que, en una situación real de superviviencia, habría tenido serias dificultades. Pero esta historia es sólo una anécdota: en la mayoría de los casos siempre volvemos con comida a la casa. ¿Dónde está el punto de equilibrio? ¿Qué debo tener en cuenta a la hora de planificar las comidas? Voy a contaros mi punto de vista, basado en la experiencia, a través de este breve cuestionario:
- ¿Solo o acompañado? Esta pregunta aparentemente tonta me parece interesante. Comer tiene dos funciones, una biológica (alimentarnos) y otra social (relacionarnos con los demás). Cuando salimos solos, comer sólo sirve para mantenernos vivos y sanos; podremos comer lo que queramos en el momento que veamos más oportuno. Sin embargo, salir en compañía requiere otra mirada, ya que socialmente tenemos establecido un horario más o menos aceptado. Como lo social y lo biológico son dos aspectos muy importantes para mí, cuando salgo en compañía tiendo a pensar en desayunos, medias mañanas, almuerzos, meriendas y cenas. Pero cuando salgo solo pienso en los alimentos en sí (nutrientes, calorías, vitaminas, etc.).
- ¿Cuánto tiempo voy a estar fuera? Hay ocasiones en que estoy seguro de que mi salida va a durar apenas unas horas. En tal caso ni siquiera llevo nada, y de esa manera trabajo un poco mi capacidad de sacrificio. Recordad que podemos sobrevivir varios días sin comer. Pero si preveo una salida de al menos un día sí que reparo en la alimentación. Por motivos evidentes deben evitarse los alimentos perecederos si nuestra estancia va a ser prolongada, sobre todo en verano. En tal caso elijo aquellos que no necesiten condiciones especiales de conservación. Pero si llevo algo más delicado será lo primero que consuma.
- ¿Cuáles son las condiciones atmosféricas? No son iguales las necesidades en verano que en invierno, ya que la pérdida de calor requiere mayor aporte de calorías, incluso aunque se practique el mismo tipo de ejercicio. Los alimentos muy calóricos (frutos secos, embutidos, dulces…) son tal vez los más indicados para tiempo frío, ya que aportan más energía. Por otra parte, como sucede en buena parte de España, el calor es un factor muy adverso, por lo que los alimentos refrescantes y ricos en agua pueden ser los más indicados durante el verano (fruta, zanahorias, etc.).
- ¿Voy a cocinar? La pregunta no es si se puede (porque siempre se puede cocinar) sino si optamos por ello. Cocinar requiere tiempo y casi siempre instrumental. Si realizamos una ruta probablemente querremos aprovechar el máximo de tiempo en nuestro recorrido, pero si practicamos la acampada, la cocina es una actividad ideal para disfrutar de la naturaleza. En este caso llevaremos los alimentos crudos, y podremos complementarlos con lo que podamos encontrar. Ojo, es muy importante evitar todo aquello que no conozcamos con seguridad. Yo, por ejemplo, jamás consumo setas.
- ¿Puedo abastacerme sobre la marcha? Puede suceder que en una ruta larga transcurra mucho tiempo sin pasar por una población, o que pasemos por ella en un día festivo, pero no es lo más frecuente. Por eso puede ser factible aprovisionarnos cada poco tiempo. De esa manera la cantidad de víveres que transportamos (y su peso) se reducen drásticamente. Es una buena opción para reponer fruta y pan, por ejemplo. Si nuestra estancia va a ser breve o va a discurrir por alguna zona remota (montaña, por ejemplo) no cabrá esta posibilidad.
- ¿Cuánto peso puedo llevar? Pues yo más bien me preguntaría cuánto peso estoy dispuesto a llevar. Yo recomiendo siempre el menor posible, por motivos evidentes. Por lo tanto es recomendable que la comida sea lo más eficaz posible. Me explico: no se me ocurriría nunca llevar refrescos o golosinas, porque suponen un peso grande para un alimento que tan sólo aporta azúcar (sin contar con la lata o la botella, que me tendré que llevar de vuelta una vez vacía). El queso, las zanahorias o los frutos secos son más energéticos y más eficientes nutricionalmente, y con menos cantidad recibo un aporte mayor y más efectivo.
- ¿Hay suficiente agua disponible? Aunque ya hablaremos expresamente de la obtención de agua, hay que tener en cuenta que hay alimentos que «piden» agua, por ser muy secos, muy grasos o muy contundentes. Si en vuestra zona de campeo hay fuentes, veneros o manatiales no serán un problema, pero si no es así acentuarán la necesidad de líquido.
Vistas estas consideraciones ya podremos elaborar un menú adecuado a nosotros. Llegados al campo la pregunta es cuándo y cuánto comer. Hace tres años recorrí con mi gran amigo Alberto el País Vasco en bicicleta, toda una aventura que recomiendo a cualquiera que quiera experimentar la libertad. Comíamos poco, sólo la cantidad que nos apetecía, y cuando nos entraba hambre. Sin horario y sin menú establecido, puedo deciros que descubrí que nuestra forma habitual de alimentarnos es errónea: comemos más de lo que necesitamos y, en muchas ocasiones, sin tener hambre, sino porque toca. Desde entonces, cuando estoy en el campo, y no dependo de los demás, como la cantidad que me apetece y sólo cuando el cuerpo me lo pide. Y puedo afirmar que, incluso para la mente, es una práctica muy enriquecedora.
Otro consejo que puedo daros es que busquéis la simplicidad. El pasado verano pasé unos días en solitario en Sierra Nevada, y mi menú consistió en queso, zanahorias, salchichón, pan y carne de membrillo. Con estos pocos elementos podemos proporcionarnos todas la proteínas, hidratos de carbono y vitaminas que necesitamos durante varios días. Puedo deciros que las cerezas que encontré fueron un verdadero regalo.
Para terminar, recordad esta máxima: «Escucha a tu cuerpo». Cuando era pequeño, mi madre me preparaba bocadillos llenos de amor, pero que yo era incapaz de comerme. No sé por qué, pero al aire libre mi apetito siempre ha cambiado. Por eso, no llevéis cosas que no os apatezcan, cosas que os sienten mal, ni cosas que os cueste trabajo comer. Preparad un menú variado pero apetecible, que te invite a sentarte junto a una fuente o junto al fuego para disfrutarlo, y así convertiréis cada comida en un verdadero banquete, que os llenará el corazón de agradecimiento ante tanta abundancia.


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