
Desde que tengo uso de razón he disfrutado mucho manteniendo «bichos» de todo tipo en cautividad. Es cierto que cuando eres muy pequeño no eres consciente de la crueldad que entraña capturar un animal y que este muera por no recibir los cuidados adecuados, pero el desafío que supone cuidar de él y proporcionarle lo necesario para vivir estimuló en mí, aún más si cabe, la curiosidad y las ganas de aprender. Ya se sabe, de lo que más aprendemos es de nuestros propios errores. Tal vez por eso, paulatinamente fui dejando de lado el cuidar insectos, arácnidos, etc. y fue creciendo en mí una verdadera pasión por las plantas. Es tal mi afición que no solo no ha disminuido con el tiempo, sino que ha ido a más, hasta llegar a ser casi una obsesión. En mi mochila nunca faltan bolsas transparentes para la recolección se semillas, hojas o frutos que me permitan cultivar una nueva especie en maceta.
Salvo durante un tiempo limitado de mi vida, nunca he tenido demasiado espacio para cultivar plantas por mero placer estético o por el gusto de aprender, fiel a mi vocación de naturalista autodidacta, y por eso siempre he cultivado plantas en maceta, que me han acompañado en las sucesivas mudanzas que he vivido. Hace pocos días disfruté de recibir en casa a unos buenos amigos, y yo les enseñé orgulloso mi pequeño jardín doméstico. Mi amiga Verónica empezó a hacerme preguntas y me confesó que a ella se le dan muy mal las plantas, y que le gustaría saber cuidar de ellas, así que me sirvió de inspiración y decidí escribir un artículo práctico para contar mis pequeños trucos para el cuidado de macetas. Se trata de obviedades, en muchos casos, que he ido aprendiendo con la experiencia; si se me han muerto mucho animalillos por falta de conocimientos, no han sido pocas las plantas que han acabado secas o putrefactas. Pero el reto siempre obliga a investigar y a aprender, y hoy considero que he llegado a tener buena mano. Tomad nota de estos trucos sencillos con los que convertiréis vuestro piso en una pequeña selva:
- La primera máxima es aprender este mantra y grabártelo a fuego: «No existen las plantas de interior«. Todas las plantas que existen, todas sin excepción, son plantas de exterior. El problema es que el ambiente exterior de Paúa no es el mismo que el de Inglaterra, Madagascar o España. Cada especie vegetal está adaptada a unas condiciones ambientales particulares, y solo se da de manera natural allí donde sus requerimientos pueden ser satisfechos. Cuanto más específicos son esos requerimientos más limitada es su distribución natural; los endemismos son especies animales o vegetales que solo se encuentran en espacios muy concretos del planeta. A menudo hablamos de plantas fáciles y difíciles. Las fáciles son las más adaptables, y las difíciles, las menos. Por tanto, si quieres cultivar una planta con éxito, deberás conocer cómo es el entorno en el que vive de forma natural, y aprender cuáles son sus necesidades. La clave del éxito está en proporcionar a la planta las condiciones más similares a las de su área de procedencia. Las mal llamadas «plantas de interior» proceden de las zonas intertropicales, en las que las diferencias de temperatura son mínimas, y por eso no pueden sobrevivir a un invierno, por templado que sea.
- Estudiar sus necesidades: una cosa que hago antes de lanzarme al cultivo de una nueva especie es aprender todo lo que puedo sobre ella, comenzando por su zona de procedencia. Debes conocer si proviene de una región cálida o templada, húmeda o seca, a qué altitud se da… Es importante conocer a qué comunidades pertenece en estado silvestre: selva, sabana, zona pantanosa, zona de montaña, etc. Cómo se relaciona con otras plantas (existen incluso especies epífitas, es decir, que viven sobre otras plantas y no enraízan en el suelo). Cuanto más sepas de su vida en estado silvestre mayores serán tus posibilidades de éxito. Una vez hayas hecho ese trabajo, trata de imaginar cuál es la temperatura ideal para ella, cuánta agua precisa (y con qué regularidad) y cuánta luz requiere.
- Elegir las plantas: todo lo anterior me lleva a la siguiente reflexión: «Si sus requerimientos son muy específicos, tal vez no se fácil cultivar esta planta en casa«. Cualquier especie es cultivable, pero no siempre tenemos a nuestra disposición los medios ni el espacio para crear el ambiente ideal para ella. Con el tiempo he aprendido que, por muy bonita o muy interesante que me parezca una especie, si no puedo proporcionarle el ambiente adecuado no merece la pena mantenerla. Pero también podemos contemplar la posibilidad de optar por otra especie de la misma familia (similar en aspecto o características) pero con un carácter más rústico. En todo caso, creo que no existe una sola planta que no sea bella, interesante o ambas cosas.
- Ubicación: estudia bien dónde colocar la planta en la casa. Observa los movimientos del sol, a qué hora del día incide más directamente en cada habitación y durante cuánto tiempo. Y, si es necesario, cambia a la planta de sitio en diferentes momentos del año. Las plantas que requieren mayor humedad ambiental suelen desarrollarse mejor en cocinas y baños.
- Sol y agua: son la clave para la superviviencia de una planta. En la medida de lo posible, evita siempre el sol directo, sobre todo en las horas centrales del día; recuerda que una maceta tiene una cantidad muy limitada de tierra, por grande que sea, y que puede calentarse muchísimo en poco tiempo, llegando a dañar las raíces. Así que, luz sí, sol no. En cuanto al riego, un exceso de agua puede matar a un catus, y la falta de esta puede matar a casi todas las demás. Por eso, ante la duda, es preferible tierra húmeda a seca. De esta manera, es más probable que la mayor parte de tus plantas estén más sanas con tierra húmeda y sin sol directo. Yo prefiero regar poco cada día a hacerlo mucho de tarde en tarde. Y desaconsejo el riego «desde abajo», ya que es muy difícil que inundando el plato la tierra se humedezca lo suficiente. Recuerda que el plato sirve, fundamentalmente, para recoger el exceso de agua.
- Maceta: el tiesto es el contenedor donde la planta va a arraigar. No soy enemigo del plástico, pero prefiero siempre el barro, porque al ser un material poroso, facilita la traspiración, y además reduce la temperatura de la tierra (efecto «botijo»). Cuanto mayor el tiesto, más fácil el mantenimiento de la planta. Además, como decía el Padre Mundina, es el zapato de la planta; si crece mucho, sus raíces también crecen, y necesitará un «zapato» mayor. Si vas a usar macetas de plástico, vigila especialmente el sol directo, sobre todo si la maceta es negra o muy oscura, porque se recalentará más. También puedes utilizar esta tendencia a tu favor si la planta viene de zonas muy cálidas y sufre mucho con «los pies fríos».
- Sustrato: yo no me complico la vida, y uso cualquier sustrato comercial, salvo en el caso de plantas muy específicas, como la mayor parte de las orquídeas exóticas o el helecho cuerno de alce, que, al ser epífitas (viven sobre otras plantas) prefieren corteza triturada o fibra de coco. Eso sí, facilita siempre el drenaje poniendo una capa de arlita (bolas de arcilla expandidas) en la base, lo que facilita que se evacúe el exceso de agua de riego.
- Abono: es mi asignatura pendiente, y sé que el día que lo controle mis plantas pasarán a vivir en una especie de paraíso. Por ahora puedo decir que mi favorito es el humus de lombriz, que se aplica de manera muy sencilla. Basta una cucharada en la tierra de vez en cuando para que se obre el milagro. También puedo decir que el abono líquido me parece muy peligroso, ya que un mal uso de él puede quemar las raíces de la planta. Al menos yo lo culpo de alguna mala experiencia.
- Ciclos: como todos los seres vivos, las plantas atraviesan diferentes ciclos, algunos muy evidentes (floración, latencia, etc.) y otros mucho más sutiles. Aprende de la planta, obsérvala, y descubre cuáles son y cómo se comportan. En muchos casos, un ciclo natural completo habla de una adaptación perfecta de la planta a sus condiciones de cautividad. Si tu helecho produce esporas, o si tu orquídea florece, te están diciendo que están bien, que se encuentran cómodas y felices.
- Comunidades: si has aprendido lo suficiente de tus plantas, podrás crear conjuntos que convivan en perfecta armonía, siempre y cuando sus necesidades sean muy similares. Eso sí, crea tus propias comunidades y evita los «centros de floristería», en los que se combinan plantas muy bonitas pero incompatibles entre sí; a la larga, solo sobrevivirá una de ellas. Una de mis macetas favoritas es un jardín de criptógamas dentro de una urna de cristal, en la que helechos pequeños, selaginelas europeas, musgos y hepáticas viven en un ambiente de alta humedad y temperatura muy estable: es un verdadero regalo para la vista.
- Pasión y dedicación: este es el último, y probablemente el más sutil de los consejos. Todas las personas que tienen buena mano con las plantas tienen algo en común: disfrutan de ellas cada día. Siempre encuentran un momento para verlas, observarlas, descubrir algún cambio sutil o adivinar lo que va a suceder dentro de poco. El sistema de comprar una planta y solo acordarte de regarla suele conducir a su muerte. Aunque parezcan inertes, son seres vivos, que en ocasiones evolucionan a una velocidad sorprendentemente rápida. Dedícales tiempo a diario, disfrútalas y aprende de ellas cada día, y disfrutarás de pequeños milagros cotidianos.
Tratándose de un asunto amplio, complejo y muy diverso, es imposible abordar todo lo que querría en un solo artículo. En una próxima entrega traeremos las especies que más satisfacciones me han proporcionado a lo largo del tiempo, plantas fáciles pero vistosas, de las que aprenderás mucho y que te abrirán la puerta a otras especies. Mientras tanto, te invito a observar con algo más de atención las plantas en maceta que seguro que tienes a tu alrededor, y que te preguntes sin son felices, y por qué. Tal vez descubras que existe un metro cuadrado amazónico en tu urbanización, o que esa planta aparentemente frágil es un verdadero boina verde capaz de sobrevivir en los parajes más inhóspitos.





