
Imaginad a un ser humano de hace 20.000 años. Cada día hay que comer, para lo cual es necesario cazar y recolectar, que ha sido nuestra principal ocupación hasta que decidimos asentarnos para ser agricultores y pastores. Este ser humano comienza a caminar alrededor de su asentamiento con toda la cautela del mundo, ya que un error puede suponer la diferencia entre la vida y la muerte. Lobos, osos, felinos… viven a su alrededor, en un mundo que es primitivo y salvaje. Una voz en su interior le dice que no se adentre en la hierba alta, porque un leopardo (gran cazador de homínidos) puede saltar sobre él sin previo aviso y convertirlo en almuerzo para sus cachorros. Y nuestro amigo escucha esa vocecita, y decide buscar en un lugar más seguro, donde tenga mayor visibilidad y menor probabilidad de ser atacado. Muy probablemente, esa parte primitiva de su cerebro que se ocupa de la supervivencia le ha salvado la vida.
Hoy hemos domesticado el planeta, y la inmensa mayoría de nosotros vivimos en zonas urbanas, donde el peligro de muerte es muy reducido. En la seguridad de nuestros hogares, la preocupación suele estar más relacionada con el ancho de banda de internet o la cancelación de un vuelo, algo que haría revolcarse de risa a uno de nuestros antepasados prehistóricos: objetivamente, no es comparable el peligro de morir devorado al riesgo de hacer el ridículo en el primer día de clase, pero lo cierto es que nuestro cerebro primitivo no conoce esa diferencia. Para él es simplemente una situación potencialmente peligrosa que nos expone a sufrir algún daño, no importa su naturaleza.
En el cerebro de todos los seres humanos existe un espacio mental que se conoce como «zona de confort». Es una situación de máxima comodidad para nosotros, cuyo fundamento es la previsibilidad basada en la familiaridad, es decir, es una situación en la que podemos prever y «controlar» lo que va a suceder con mucha exactitud, debido a que estamos familiarizados con las variables de nuestro entorno. Algunas de estas variables son:
- Personas conocidas: familia, amigos, compañeros de trabajo o de clase.
- Rutinas: horarios, procesos, algoritmos, formas de hacer las cosas.
- Espacios familiares: habitaciones, viviendas, calles, barrios, parques, sendas conocidas.
- Instrumentos habituales: utensilios, materiales, herramientas, vehículos.
- Formas de actuar: hábitos que hemos ido construyendo y que proporcionan casi siempre el mismo resultado.
- Etc.
En este tipo de situaciones «controladas» experimentamos una sensación de confort porque nos sentimos seguros, y estamos convencidos de que nada malo o imprevisto nos va a suceder.
En la mitología clásica aparecen unos seres cautivadores: las sirenas. Aunque distintos autores las trataron de manera diferente, lo más común es que se identificaran con criaturas atractivas a la par que peligrosas. Con una voz incalificablemente bella eran capaces de seducir a los navegantes para atraerlos hasta los escollos, donde morirían irremediablemente. La expresión «canto de sirena» hace referencia a la atracción que ejerce algo o alguien con la falsa promesa de obtener un beneficio que, evidentemente, no existe. Pues bien, en la mayor parte de los casos, la zona de confort actúa como un verdadero canto de sirena: promete seguridad y placer, pero realmente conduce a las rocas de la parálisis vital por miedo.
En mi opinión, esta forma de estar en el mundo está desalineada con la propia naturaleza humana, ya que en nuestra esencia están la exploración, el descubrimiento, el viaje… en definitiva, esa curiosidad que nos hace tan humanos. No estamos hechos para vivir en un sillón y protegidos de toda incomodidad, y por eso, cuando nos enfrentamos a nuestros miedos, superamos nuestros límites o traspasamos nuestras propias fronteras sentimos euforia, plenitud y satisfacción casi indescriptibles: nos abrazamos, gritamos, reímos y nos emocionamos. Por eso la zona de confort es una trampa, porque nos paraliza y nos impide vivir una vida más auténtica.
Es muy probable que en los próximos días debáis enfretaros a cambios en vuestra vida: una ciudad nueva, un trabajo nuevo, una vivienda nueva, un nuevo instituto, compañeros nuevos, etc. En una situación de cambio tan profundo sentiréis una cierta inquietud, nerviosismo o incluso miedo. Es natural. Vuestro cerebro primitivo os quiere proteger de lo desconocido, y comenzará a susurrar mensajes amenazantes: ¿Y si se ríen de tí? ¿Y si te equivocas? ¿Y si has dejado algo seguro y ahora te va peor? ¿Y si no encuentras amigos? ¿Y si intentan dañarte? Mejor quédate como estás, que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Pero existe un método infalible para esquivar la trampa: dale las gracias a esa voz que quiere mantenerte a salvo y abraza tus miedos.
Existe un método infalible para esquivar la trampa de la zona de confort: dale las gracias a esa voz que quiere mantenerte a salvo y abraza tus miedos
El Naturalista Descalzo
Si no hay algún cambio significativo a la vista, nosotros mismos podemos provocarlo, y de esta manera acostumbrar a nuestro cerebro a salir de la zona de confort. A veces puede bastar con hacer cada día algo de manera diferente a como se suele hacer, aunque pueda provocar incomodidad al principio:
- Cambia tus rutas habituales para ir al trabajo, al instituto o a la facultad. Experimenta otras maneras de desplazarte, aunque puedan parecer menos cómodas.
- Juega con la impulsividad: a veces queremos hacer algo inofensivo, pero la voz del «qué dirán» nos hace reprimirnos. En lugar de eso, ¡tírate de cabeza!, y ríete.
- Inicia una conversación con alguien a quien no conozcas. Aprovecha la visita a un comercio o una cola para hablar con alguien a quien no conozcas. Para eso, nuestros mayores son grandes maestros. Muchas personas están esperando recibir unas palabras tuyas, aunque aún no lo saben.
- Prueba sabores nuevos. ¿Por qué pedir siempre lo mismo?
- Cambia cosas de sitio, altera el orden de tu cocina, de tu escritorio, de tu armario.
- Busca situaciones nuevas. No evites eventos, reuniones o fiestas simplemente porque casi no conoces a nadie.
- Viaja tanto como puedas, sal al campo, piérdete por tu ciudad… Disfruta de los nuevos espacios con los que no sientes familiaridad.
Mientras más practiques el salir de tu zona de confort más fáciles van a resultar los cambios en tu vida, y mayor seguridad vas sentir. No se trata de ser temerario (salvo que elijas serlo, claro está), sino de saber reconocer esos miedos infundados e impedir que nos paralicen. Una vez leí que el miedo es una construcción de nuestra mente acerca de algo que no existe (porque no ha sucedido ni tiene por qué suceder necesariamente). Por lo tanto, más allá de nuestros miedos está todo lo demás: el mundo, las personas, el descubrimiento y la magia de la vida. ¿Hasta cuándo vas a dejar de vivir por miedo? ¿De verdad te vas a perder todo lo que la vida tiene preparado para ti por no salir de tu zona de confort? Más allá de nuestros límites hay un horizonte infinito de más límites que sobrepasar, y cada uno de ellos es un saco repleto de regalos para hacer de tu existencia una experiencia interesante. Siempre que tengas ocasión, sal de tu zona de confort, y experimenta el placer del cambio y el regalo de lo inesperado: nuevas personas, nuevas experiencias, nuevas sensaciones… son la puerta a un conocimiento más profundo de nosotros mismos, y la posibilidad de vivir de una manera más auténtica, abundante y contributiva.


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