
Una pregunta recurrente que suelen hacernos los niños cuando volvemos de hacer una caminata con ellos es: «¿Cuánto hemos andado?». Tanto ellos como los adultos tenemos una cierta necesidad de conocer la distancia recorrida, que yo interpreto como un dato relevante para nuestro cerebro de nómadas cazadores y recolectores, ya que forma parte de la información acerca de nuestro territorio. Ya sea por esta explicación, por orgullo, satisfacción o mera curiosidad, a todos nos interesa conocer la longitud del trayecto que hemos seguido.
La medida de la distancia recorrida lleva interesando a la humanidad desde la Antigüedad. Conocer el tiempo necesario para llegar desde un punto a otro es esencial para planificar cualquier viaje, y marca el fin de la aventura, porque cuando conocemos con exactitud nuestra posición con respecto a otros puntos se desvanece buena parte de la incertidumbre. El trabajo de los exploradores, del antecessor romano, siempre ha consistido en llegar antes que los demás para poder informar, entre otras cosas, de la distancia a la que se encuentra el punto de destino. Siguiendo con Roma, la red de calzadas, verdaderas autopistas de la época, que articulaban el vastísimo territorio del imperio, venían jalonadas con los famosos «miliarios», unos monolitos en los que estaban grabados, entre otros datos, el nombre de la vía y el punto de la misma en el que se encontraba expresada en millas (de ahí su nombre).
Existe infinidad de sistemas para medir las distancias. Hoy contamos con el móvil, que entre otras utilidades incorpora un sistema de posicionamiento a través de GPS. Sus siglas significan Global Positioning System o sistema de posicionamiento global. Creado por el ejército de los EE.UU., tiene alternativas como el sistema Galileo europeo, o el GLONASS ruso, pero todos se basan en el mismo principio: una red de satélites geoestacionarios (es decir, con una posición fija) permiten conocer la posición del receptor GPS mediante sencillos cálculos matemáticos (trigonometría). Por eso, las aplicaciones móviles (hay muchísimas) pueden incluso dibujar nuestro recorrido y calcular la distancia recorrida. Tecnología de última generación en nuestro bolsillo.
Ese sistema es cómodo y preciso, pero un naturalista descalzo no siempre se acuerda de activar la aplicación, o simplemente renuncia a la tecnología. Es el momento de recordar otros sistemas más tradicionales. Hay dos maneras de medir los desplazamientos: podemos calcular la distancia o podemos calcular el tiempo, pero en ambos casos vamos a llegar a información muy similar.
Todo amante de la naturaleza debería conocer con exactitud ciertos datos de su anatomía: longitud del pie (es la misma que del codo a la muñeca), altura (es la misma que de punta a punta de los dedos con los brazos extendidos en cruz), longitud de una cuarta y, sobre todo en el caso que nos ocupa, longitud de nuestro paso. Medir la longitud de nuestro paso se denomina «talonar». No es fácil talonar adecuadamente, pero es esencial que el cálculo sea lo más exacto posible. El paso siempre se debe medir doble, es decir, desde que el talón de un pie está tocando el suelo hasta que ese mismo talón vuelve a tocarlo. El naturalista descalzo tiene bien calculado este dato: 514 pasos por cada kilómetro corriendo y 724 pasos por kilometro andando. Cuando salgo a caminar puedo contar mis pasos, y sé que cada 72 pasos he recorrido 100 metros. Así de sencillo. Hay unos aparatos llamados podómetros que simplemente cuentan los pasos. Si el aparato no lo hace automáticamente, basta con multiplicar los pasos por la longitud del nuestro. Pero este dato se ve afectado por la pendiente; así, subiendo o bajando nuestros pasos se acortan, por lo que se debe tener en cuenta la intensidad de la pendiente. Yo he llegado a comprobar que en pendientes muy empinadas la longitud del paso llega a reducirse a la mitad. Pero aún así es sorprendente la exactitud de los cálculos. Este sistema era utilizado por los romanos, que nos legaron una unidad de medida: la milla, que equivale a 1.000 pasos. Un sistema sencillo para llevar el cálculo es el «cuentapasos legionario», que consiste en una serie de cuentas diferentes que sirven para llevar el cálculo de la distancia recorrida.

Otro sistema tradicional para medir distancias se basa en el cálculo del tiempo. Todos conocéis el cuento del gato con botas. Una de las armas más útiles del animal eran las legendarias botas de siete leguas, que le permitían recorrer de un solo paso siete leguas de distancia. ¿Y qué es una legua? Es la distancia que una persona puede recorrer a pie durante una hora. Así, si decimos que hay una fuente a dos leguas estamos diciendo que se encuentra a dos horas de camino. Evidentemente tampoco se trata de una medida exacta, porque depende de la carga que llevemos, de la temperatura, de la condición física, del desnivel… Pero una cifra aproximada, fácil de recordar y bastante exacta es el 6. Nuestra velocidad caminando a buen paso es de 6 kilómetros por hora. Ayer salí con mi perra a caminar, y no llevé GPS ni mi cuantapasos legionario. Pero estuve caminando dos horas y cuarto, es decir, mi paseo fue de dos leguas y cuarto, pero con cambios de desnivel, así que calculo que recorrí unos 10 o 12 kilómetros. Ya sabéis por qué el gato con botas eran tan rápido: recorría 42 kilómetros por zancada, ¡84 si su paso estaba bien talonado!
La próxima vez que salgáis a caminar y os pregunten: «¿Cuánto hemos recorrido?» os resultará más fácil responder. Llevar un cuentapasos como pulsera es más bonito que un podómetro en la cintura, pesa menos y es más barato. Y dejar descansar el móvil de vez en cuendo es un sanísimo ejercicio de libertad. En otra entrega os contaré cómo talonar vuestro paso y cómo hacer vuestro propio cuentapasos legionario. Por ahora ya podéis empezar a medir la distancia de casa al trabajo o al supermercado en leguas. Veréis cómo se transforma vuestra percepción del espacio y del tiempo.


Deja una respuesta