
El zoólogo y naturalista Konrad Lorenz es considerado el padre de la etología moderna (la ciencia que estudia el comportamiento animal). Hizo una aportación tan valiosa a la ciencia que obtuvo el premio Nobel de Medicina en 1973. Su pasión por el estudio del comportamiento de los animales le llevó a convivir con muchos de ellos; su casa era un zoológico. Crió y mantuvo con él a infinidad de animales: grajillas, gansos, monos, etc., evitando siempre las jaulas para poder estudiar de una manera cercana pero al mismo tiempo «descontrolada» el comportamiento y las interacciones de sus animales, algunos de los cuales vivían en absoluta y total libertad, yendo y viniendo sin límite de ningún tipo. Pero siempre ocupó un lugar central para él el perro. Escribió varios libros, de los que destaca «El anillo del rey Salomón» (1949), en el que analiza el comportamiento de diversas especies, avanzando desde las más simples hacia las más complejas. Pero de todos, el que más me gusta es «Cuando el hombre encontró al perro» (1950). Porque si hubo un maestro para Lorenz ese fue el perro, sin duda, un animal al que retrató como nadie, de una manera tan respetuosa como acertada. Fue precisamente este acercamiento al estudio de la mente de los animales el que le acercó a la comprensión del comportamiento humano desde puntos de vista tan sutiles como complejos.
Es en este segundo libro en el que encontramos un capítulo precioso titulado: «Días caniculares, días de perro», que es en sí un canto a la manera en la que los perros pueden ser para nosotros un ejemplo de vida plena. Lorenz narra cómo de vez en cuando, para liberarse del estrés y de los agobios de un trabajo cargado de responsabilidades, se iba con su perro a las orillas del Danubio, para vivir ese día con la misma plenitud con que lo hacía su perro. Se desvestía y se metía en el agua para nadar. Buscaba una orilla tranquila y allí se tumbaba a tomar el sol, a disfrutar de las carreras de su compañero, a corretear detrás de los patos, etc. De esa forma sencilla y tan natural, Konrad Lorenz volvía a su casa y a su vida cotidiana cargado de energía, tras haber vivido durante unas horas una vida de perros.
Tengo unos amigos que también tienen perro, como yo, y han compartido conmigo esta reflexión: ellos no tienen un perro para humanizarlo, sino que ese perro les ayuda a ellos a reencontrarse con su «yo» animal. Yo comparto ese punto de vista.
Este breve relato llegó a mí hace una par de días, tras un día de perros con unos grandes amigos, y me hizo reflexionar:
Un veterinario acudió a la casa de una familia para evaluar a un perro de 13 años enfermo. El animal estaba muriendo, y no podían hacer ya nada por él.
Toda la familia estaba muy triste por el inminente desenlace, que se produjo enseguida. Uno de los hijos se despedía del perro, acariciándolo por última vez, cuando oyó a su madre preguntarse:
– ¿Por qué la vida de los perros es más corta que la de los seres humanos?
El niño dijo:
– «¡Yo sé por qué! Las personas venimos a este mundo para aprender a vivir plenamente. Pero los perros ya nacen sabiendo hacerlo, y por eso no tienen que vivir tanto como nosotros.»
Mirar a nuestros perros más allá de su aspecto es mirar dentro de nosotros mismos, y la oportunidad de elegir una manera diferente de estar en el mundo. La palabra que me viene al corazón es «autenticidad». No se trata de decir que los perros son mejores que las personas, como alguna vez he oído afirmar con rotundidad, porque creo profundamente en nuestra grandeza más allá de todo límite, pero sí es cierto que con demasiada frecuencia tendemos a desconectarnos de nosotros mismos y de la vida. Pero la sencillez de la manera de estar de un perro puede ser un magnífico instrumento para retomar esa forma de ser y de estar en el mundo que nos permite dar lo mejor de nosotros mismos a quienes nos rodean. Esa autenticidad es la que nos permite dar valor a lo que realmente importa, sin perdernos en otras cosas tan poco relevantes, pero a las que damos tanta importancia, como es el aspecto físico, la acumulación de cosas o las apariencias.
Para vivir una vida de perros, obsérvalos e imita el significado de su manera de estar en el mundo:
- Expresa de manera clara tus sentimientos. Muestra abiertamente tu alegría cuando te encuentres a alguien, o tu disgusto ante aquello que te incomoda o no te parece bien. Abraza, acaricia y sonríe. Dile que la quieres a esa persona a la que quieres. Muestra todo eso que llevas dentro con sencillez y honestidad.
- Haz ejercicio siempre que puedas. No desaproveches cada oportunidad para pasear y para jugar. No importa tu edad: un perro mayor también pasea y también juega, adecuando su actividad a su nivel de energía.
- Disfruta cada momento con intensidad. Un perro no sufre por el pasado ni se preocupa por el futuro. Haz que cada momento sea una explosión de presente, de plenitud.
- Observa los ritmos de tu cuerpo y danza con ellos. Duerme lo que necesites, no vivas con prisa. Aliméntate bien, come escuchando a tu organismo, lo que te pida y en la cantidad adecuada. Busca el calor en invierno y el fresco en verano. Lo más conveniente para tu cuerpo es siempre lo que se precisa en cada momento.
- Ejercítate y estírate cada día.
- Mide tu energía y evita los enfrentamientos. Sé firme, pero evita la agresividad. Un perro sabe que una pelea puede ser peligrosa, y por eso no suelen pasar del gruñido o de los movimientos ritualizados. Si una situación te incomoda, vete a otro lugar.
- Sé leal, cuida siempre del bien de quienes te rodean. Busca su beneficio y lo que es bueno para ellos. Siéntete parte de un grupo, y eleva a los demás. Un perro sólo sabe vivir en manada, como parte de algo que es más grande que él mismo.
- Busca la autenticidad, muéstrate tal como eres, porque sólo así se puede encontrar la verdadera aceptación, tanto de nosotros mismos como de los demás.
- Cultiva la intencionalidad: si quieres algo, ve a por él. Sin conversaciones, sin ruidos, sin miedo, sin «qué dirán». Permanece sentado el tiempo que sea necesario mirando fijamente hasta que esa miga de pan que estás esperando caiga al suelo, o lánzate con los ojos cerrados hacia ese matorral para atrapar lo que quiera que persigas.
- Conviértete en presencia para los demás. Como decía la historia del perro: Cuando alguien esté teniendo un mal día, quédate en silencio, siéntate cerca y suavemente hazle sentir que estás allí.
Yo quiero vivir como viven los perros, sin dobleces, para ser cada vez más humano. Quiero ser auténtico, feliz, leal, quiero vivir pendiente de quienes me rodean, esos que son valiosos para mí y para los que yo también sé que soy valioso. Quiero disfrutar de cada momento, del presente, quiero saberme conectado con todos y con todo. Yo hoy elijo vivir una vida de perros.

















