
Ayer llovió copiosamente. Comenzaron algunas gotas gruesas, que pararon enseguida. Pero al cabo de las horas comenzó de nuevo, esta vez sin ganas de parar. Las nubes parecen seres vivos que se movieran por impulsos, y nunca sabes lo que realmente van a hacer. Por eso, cuando deciden descargar lo hacen con generosidad, con intención y con ganas.
Los que vivimos bajo el dominio mediterráneo disfrutamos de uno de los tipos de clima más extraños del planeta. Que estemos acostumbrados a él no significa que no sea peculiar. Es como un dos en uno. Tenemos dos cambios bruscos de estación, que nos conducen casi de inmediato del invierno al verano, y de nuevo al invierno, con otoños y primaveras casi inexistentes. El invierno es suave y lluvioso, mientras que el verano es caluroso y tremendamente seco. Si todo el año fuese invierno, la Península Ibérica sería como la verde Irlanda. Pero si las condiciones de verano fuesen las predominantes viviríamos en un desierto. Y esa es la realidad: medio año oceánico, medio año desértico cálido.
No recuerdo la última vez que vi llover. Tal vez fuese por el mes de abril, en pleno confinamiento, y, salvo por alguna gota caprichosa, el calor y la sequía han ido resecando nuestros campos. Los seres que comparten este trocito del planeta con nosotros han debido adaptarse a este clima extremo. Tanto es así que ha surgido un tipo de vegetación específico del dominio mediterráneo, llamado «vegetación esclerófila», cuyo máximo representante es la encina. Sus hojas son redondeadas, pero pequeñas, duras y terminadas en espinas, para evitar la pérdida de agua por transpiración. Son los boinas verdes de las plantas, capaces de resistir el frío y el calor, la lluvia y la sequía, la nieve y el granizo.
También los animales deben adaptar su comportamiento, y verse sometidos durante el largo verano a visitar los arroyos menguados que aún conservan agua. Y como en «El Libro de la Selva», cazadores y presas comparten aguaderos. El cazador sabe que la paloma acudirá a beber puntualmente allí donde queda agua, y quedarán expuestas.

Pero cuando caen las primeras lluvias todo cambia. Millones de semillas durmientes, que esperaban su momento, despiertan, y sin que lo veamos aún el verde promete tapizar el monte. Ahora hay charcos escondidos, que tal vez no duren mucho, en barrancos y cerradas, y los prisioneros del agua podrán dispersarse en todas direcciones. Aún queda sequía y calor que soportar, pero la primera vez que llueve tras el verano el olor a tierra mojada es promesa de vida. Y algo se despierta también dentro de nosotros, como una llamada de la naturaleza. Por eso, cuando a la mañana siguiente al amanecer veo el brillo de los charcos e inhalo el olor a tierra húmeda es cuando comienzo a saludar como más me gusta, diciendo «feliz año nuevo».

