
Me gusta caminar. Conozco a gente a la que no le atrae, pero me cuesta trabajo aceptar esa postura, y tiendo a pensar que no han descubierto el placer de desplazarse a velocidad humana. Estamos diseñados para ello. Uno de los primeros pasos en nuestra evolución fue la adquisición de la postura erguida, lo que permitió liberar las manos y, con ello, desarrollar nuestro cerebro hasta lo que es hoy. Además, el desplazamiento bípedo permite un enorme ahorro de energía. Yo celebro todos estos regalos caminando a diario.
Aunque siempre he sido de andar, fue durante la pandemia cuando tomé verdadera consciencia de lo importante que es para mí disfrutar de una caminata. Los largos días de encierro me hicieron añorar algo tan sencillo pero a la vez tan valioso, y me prometí a mí mismo que siempre que tuviese ocasión saldría a estirar las piernas, y no he fallado un solo día desde entonces.
Caminar está lleno de beneficios evidentes, tanto para el cuerpo como para la mente. Existe muchísima literatura acerca de los beneficios sobre el organismo. Es un ejercicio suave y completo, que tonifica la musculatura, regula los niveles de muchas sustancias, y que los médicos recomiendan a diario. Salvo por accidente, es muy difícil lesionarse caminando, y es que estamos diseñados para ello. Hay autores que han calculado que un ser humano durante el Paleolítico caminaba una media de 25 kilómetros diarios.
Muchos humanos de hoy en día han recurrido a los relojes «inteligentes» para calcular el número de pasos diarios, en ocasiones como sistema para darnos cuenta de que el gran problema que tenemos hoy día es, precisamente, que no caminamos. Nos hemos privado del regalo de ser humanos, y de tener un organismo preparado para hacer ese ejercicio con soltura y con eficiencia. Cuando me imagino a una banda de cazadores-recolectores los veo caminando en grupos, hombres mujeres y niños, de todas las edades, desplazándose con sus posesiones en las manos o en mochilas rudimentarias. Y los veo hablando entre ellos, o pensando en silencio. He podido disfrutar de algún viaje a pie de varios días, siempre en compañía, y eso me ha hecho darme cuenta de las repercusiones mentales y emocionales del hecho de caminar, hasta tal punto que veo el paseo más como un ejercicio de la mente y del espíritu que del cuerpo.
En el mundo de la tecnología y de la conexión digital perpetua, dar un paseo diario es una gran ocasión para retirar la mirada de la pantalla azulada del móvil, y mirar otros muchos detalles que nos rodean y que suelen pasar desapercibidos. Es una excelente ocasión para asomarnos dentro de nosotros mismos, convirtiendo su práctica en soledad en un ejercicio de meditación. Los monasterios medievales contaban con un claustro, que consisitía en un recinto de planta cuadrada con un espacio central descubierto, y una galería porticada en cada uno de sus cuatro lados, que utilizaban los monjes para caminar mientras ejercitaban la reflexión o la meditación. Si queréis aclarar vuestra mente, tomar una decisión difícil o comprender una situacxión, salid a caminar.
Por otro lado, el paseo en compañía es un ejercicio de encuentro con la otra persona. Ni siquiera es necesaria una conversación para que surja y se alimente esa conexión, aunque también es un bálsamo ideal para facilitar conversaciones difíciles o profundas. Mis padres disfrutan diariamente de un largo paseo juntos, que estoy seguro de que les proporciona un estado de salud excelente durante muchos años.
Tal vez alguien esté esperando que este naturalista descalzo os recomiende una colección de rutas campestres por escenarios incomparables, pero la realidad es que, lo único que os voy a recomendar es que salgáis cada día a caminar, no importa por donde. Tal vez tengáis la ocasión de salir al campo a diario, o de poder elegir cada día una ruta diferente, pero lo único importante es disfrutar de un paseo cada día. La ciudad, la carretera, los caminos, las veredas… todos son lugares ideales para evadirnos cada día y para tener la oportunidad de abrir los ojos al exterior o a nosotros mismos. Cualquier ocasión puede servir de excusa (comprar el pan o ir al trabajo). Tal vez una de las cosas que más tengo que agradecer a mi perra es que me empuja a caminar cada día, no importa si hace calor o frío, si hace sol o está nublado, y que en esas caminatas descubro cada día algo nuevo a mi alrededor o dentro de mí mismo. En cierta manera, es como volver a abrazar esa esencia de cazador recolector que vive en el cuerpo de un urbanita del siglo XXI. Por todo esto sostengo que si quieres conectarte camines cada día.


Comparto al 100% esa afición contigo, disfruto a diario de paseos por la vega de Granada, me sirve de desconexión del mundo real y de conexión conmigo mismo.
Cuando se convierte en hábito es muy difícil de abandonar. Gracias por cuidarte de esa manera, porque lo que hacemos por nosotros también lo hacemos por el mundo.