
No es difícil pasear por cualquier bosque ibérico y que unos gritos estridentes nos sorprendan en el camino, o que de manera furtiva veamos los reflejos azules de las alas del arrendajo atravesando un camino o un claro del bosque. De pequeño encontré uno de estos animales ya muerto, y me sorprendió tanto su plumaje que no se me ocurrió pensar que estas aves pudieran vivir tan cerca de nosotros.
El arrendajo es, tal vez, el más vistoso de la familia de los córvidos (cuervos, grajillas, urracas, cornejas, rabilargos y chovas), y, de todos, el que se ha adaptado a vivir en el bosque, por lo que es el córvido forestal por antonomasia. Su nombre científico es muy llamativo: Garrulus glandarius, que describe perfectamente sus costumbres. Garrulus significa «que chilla», o «chillón», haciendo referencia a sus graznidos agudos y penetrantes. Por otra parte, glans significa en latín «bellota». Es decir, es el «chillón bellotero», dada su afición a alimentarse de los frutos de la encina y el roble.
Como todas las aves forestales posee alas cortas y redondeadas, con una gran superficie, lo que le permite volar con suma agilidad entre los árboles, y una cola larga y recta que le permite maniobrar con eficacia, características que comparte con su gran depredador, el azor, una rapaz también forestal. Una alas largas obstaculizarían su vuelo entre las ramas. Sin embargo, su diseño le permite ágiles planeos combinados con breves picados y aleteos rápidos. Podríamos decir que es una especie de trapecista del bosque, al que es difícil ver volar por encima de la copas de los árboles.
Los córvidos comparten algunas características muy marcadas: un comportamiento gregario, una gran adaptabilidad a los recursos, y una gran inteligencia. Así, es fácil encontrar a los arrendajos en grupos, que sólo se disuelven durante la época de cría, en que los machos se vuelven muy territoriales. Tan pronto como acaba el verano, vuelven a reunirse en grupos, cuyos individuos se comunican mediante una gran cantidad de voces diferentes. Se sabe incluso que son capaces de imitar a otras aves, como algunas especies de búhos, lo que resulta todavía más llamativo teniendo en cuenta que córvidos y rapaces nocturnas son enemigos acérrimos. Traigo aquí una anécdota para ilustrar este punto: una vez encontré un cárabo ahogado. Para conseguir su cráneo para una colección de especímenes puse al búho sobre el tronco de una encina en la que había un hormiguero, cuyas obreras harían el «trabajo sucio» para mí. Cuando estaba retirándome del lugar un estruendo ensordecedor me hizo girarme. Era una familia de rabilargos atacando sin misericordia al cadáver, y desenmascarando ante el resto de los animales al depredador nocturno.
La segunda característica que podemos resaltar es su alimentación omnívora. Su pico delata sus costumbres, pues no está especializado en ninguna función concreta. Frutos, semillas, insectos (orugas, mariposas y escarabajos, muchos de ellos perjudiciales para los árboles), reptiles, huevos de otras aves… forman parte del menú del arrendajo. En los encinares y robledales, la bellota; en el pinar, los piñones. Nuestro acróbata, haciendo alarde de su gran inteligencia, esconde estos frutos en diversos lugares para alimentarse en época de escasez. En muchas ocasiones estas despensas de bellotas y piñones acaban olvidadas, por lo que pueden germinar, favoreciendo así la expansión de los bosques. Y éste es el motivo del título de nuestra entrada. Me gusta ver al arrendajo como a los Ents de El Señor de los Anillos, pastores de árboles que los siembran y los cuidan.
La próxima vez que pasees por un bosque y oigas un graznido agudo… Detente. Fija tu atención. Es muy fácil que se cruce frente a ti un pájaro furtivo azulado y ondulante, un ent alado que trabaja sin descanso entre los árboles, aportando grandes beneficios a nuestros ecosistemas forestales.


¡El gran repoblador de nuestros bosques!
Me gustaría resaltar el comportamiento del Arrendajo en la primera foto.
Era la época de reproducción y este macho estaba observando a otro que se posó unos metros más arriba, en el mismo pino en que el se encontraba y que pocos segundos después ya lo había echado.
Tras varias horas de observacion… pude comprobar la velocidad a la que iba encontrando semillas y las escondía en pequeños recodos de los árboles (segunda foto), debajo de piedras,… ¡básicamente en cualquier parte! Que gran memoria espacial que tiene este pequeñajo!
Salu2
Guau, Eloy! Gracias a nuestro fotógrafo por enriquecer la entrada. Ahora las fotos parece que tienen vida propia.
Una maravilla de artículo sobre un ave que me fascina, estimado primo.