
Hace ya algunas semanas que ha desaparecido de nuestros campos una asombrosa combinación de color y sonido, y es que el abejaruco ha vuelto a África, como cada año al terminar el verano. Su presencia es más que notable, sobre todo por su llamativa voz. Es muy frecuente en los días de calor escuchar una algarabía de cantos aflautados semejantes a un «fríguili, fríguili» que se acerca desde la lejanía. Cuando miras a lo alto descubres lo que parece una bandada de golondrinas más grandes y de vuelo más pausado. Si te fijas bien sus alas son apuntadas, pero más anchas, y su cola termina en una punta por las dos plumas centrales, más largas que las demás. Es una bandada de abejarucos.
Su nombre dice mucho de esta ave insectívora, cuya presa favorita es la abeja, por lo que se convierte en el terror de los apicultores. Incluso su nombre científico, Merops apiaster, habla de sus hábitos, ya que apis significa abeja en latín. De hecho, si pasáis por una zona de colmenas en verano es muy habitual escuchar su canto y ver sus planeos sobre las cajas. Pero no sólo fijan su atención en las abejas, sino que capturan todo tipo de insectos voladores de gran tamaño: avispas, avispones, libélulas, langostas, etc. En tiempos de guerra contra el avispón asiático pienso en el abejaruco como un aliado eficaz y valiosísimo.
Es un ave bellísima, muy fácil de distinguir incluso sin prismáticos por su colorido. Suelen volar en grupos y posarse en cables telefónicos y ramas de árboles, a no mucha altura para poder vigilar a sus presas. Su parte inferior es azul, sus hombros y garaganta amarillos, y su nuca, cabeza y borde del ala castaño rojizo. Su pico es largo y fino, especializado en sus dieta a base de insectos, y se prolonga en un antifaz negro que llega hasta casi hasta la nuca. Aunque tiene en la Península otros parientes (martín pescador, carraca y abubilla, éstas dos últimas también migratorias) es imposible de confundir con ninguna otra especie.
Como curiosidad, el abejaruco construye sus nidos bajo tierra. Parece increíble que un ave tan sutil y elegante tenga la capacidad de excavar túneles de más de un metro utilizando su pico y sus cortas patas. Para ello busca taludes de tierra suelta, en cuya pared comienza a horadar un agujero. Si habéis observado con atención en algún paseo junto a un río o por una carretera habréis visto en un terraplén varios agujeros del diámetro de una ciruela. Muy probablemente correspondan a una colonia de cría de abejarucos. Además no suelen estar situados a mucha altura ni en zonas inaccesibles, por lo que son fáciles de ver y de reconocer. En el fondo del túnel se abre una cámara donde los pollos nacen y crecen hasta finalmente abandonarlo para integrarse en su bandada.
El abejaruco es un temporero. Como el resto de las aves migratorias sólo nos acompaña durante una parte del año. Comienzan a llegar procedentes de África tropical después del invierno, alrededor de marzo y abril, para criar en buena parte de Europa (sobre todo en el arco mediterráneo). Durante el verano aprovechará la gran abaundancia de insectos disponibles para criar a sus pollos, pero una vez comienzan a acortarse los días emprenderán su viaje anual hacia el sur, hasta que a finales de septiembre no quede ya ninguno por aquí, evitando así nuestro invierno desprovisto de presas. Es cuando su voz alegre desaparece. Durante medio año no veremos sus pinceladas de fuego azul y anaranjado, pero cuando el invierno termine y la primavera llame a la puerta, un día escucharemos de nuevo a los ruidosos abejarucos que vienen de visita como cada año. Son todos estos visitantes alados (golondrinas, vencejos, etc.) los que, con su presencia, nos dicen que ya está aquí la primavera.

























