
Hace ya muchos años, probablemente desde que tengo conocimiento, que me descubro una mañana olisqueando el aire para sentenciar: «huele a primavera». Ese día, no sé por qué motivo, percibo que hay un cambio a mi alrededor. No sé si responde a olores, temperatura, humedad… pero lo cierto es que cuando llega el cambio de estación soy capaz de percibirlo. Y como no me considero único ni especial, estoy convencido de que cualquiera dispuesto a olisquear podrá darse cuenta también, sencillamente porque vivimos conectados a un todo del que formamos parte.
Hace ya varias semanas que vi los primeros almendros en flor. Estos árboles de la familia del melocotonero, el endrino o el cerezo (Prunus) avisan de la inminente llegada de la primavera a través de una floración espectacular, que genera una verdadera transformación del paisaje, llegando a teñir de blanco y rosa valles enteros, como sucede en el Jerte (Cáceres). Ya en enero, cuando lo más crudo del invierno está por delante estos árboles desafían toda lógica humana haciendo un alarde de abundancia ilimitada a través de cientos de flores, muchas veces vulnerables a heladas o nevadas tardías.
Otro signo que podemos empezar a observar ahora es un cambio en el comportamiento de las aves. El más habitual de nuestros zorzales, el mirlo, que tan cerca de nosotros vive y cría, lleva normalmente una vida solitaria y autónoma. Su indiscreto grito avisa a las demás aves del bosque de nuestra llegada. Pero al finalizar enero podremos empezar a ver grupos de mirlos, normalmente machos (de color negro, con pico y anillo ocular amarillos; las hembras son de colores ocres) persiguiéndose en rápidas carreras por el suelo en plena calle o sobre los tejados. Están así estableciendo sus territorios de cría. Pronto comenzarán a cantar de día y de noche, con un canto espectacular, melodioso y ondulado, a veces la única voz en la oscuridad.
Los verdecillos ya entonan su canto repetitivo sobre las copas de los árboles, pero aún pueden verse bandadas mixtas de verderones, pardillos y otros fringílidos. Pronto estos grupos diversos desaparecerán ante la formación de las parejas de cría que durarán hasta el verano.
Muchas especies de plantas de hoja caduca (las que se quedan desnudas durante el invierno) han formado ya sus yemas y están a punto de volver a vestirse de verde. Es el momento de la poda del final del invierno, en el que los árboles comienzan a despertar con fuerzas renovadas para regenerar ramas y raíces. Hace un tiempo leí que este despertar no responde a una mejora de las temperaturas, sino más bien al aumento de las horas de luz diurna, lo que explica que la caída de las hojas y el rebrote de primavera estén sincronizados en distintas latitudes y climas.
Todos estos signos apuntan a lo que va a suceder, y que aún no ha llegado. Todo se prepara, el telón está a punto de alzarse para la función de primavera, pero la vida se despereza. Y en unas semanas olfatearé el aire como un animal salvaje, y descubriré en ese preciso instante que el invierno se ha terminado, aunque todavía pueda venir algún frío tardío. La llegada de la primavera es un regalo anual que nos permite reconectarnos con lo que somos a través de lo que nos rodea. Por eso os invito a permanecer atentos a lo que sucede a vuestro alrededor. Usad el olfato, la vista, el oído… e incluso el tacto, para sentir la ceremonia del renacimiento que se da fuera, pero también dentro de nosotros mismos.


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