
Este pasado domingo, como cada día, me desperté temprano, antes del amanecer. Preparé el café y, con las primeras luces, salí al patio de mi casa a disfrutar del aire fresco. Siempre he pensado que el cambio de las estaciones huele, como si el aire cambiara. Hay un día al año en el que, al salir de casa, inspiras con profundidad y sientes que ha llegado la primavera. Este domingo olí el otoño.
Perdido en mis pensamientos, empecé a recibir los sonidos y las imágenes habituales de los estorninos dejándose caer en los tejados, como un paracaidista que tensa las cuerdas justo antes de tocar tierra. También de algún mirlo gritando con estridencia su canción de «te he visto» mientras vuela con pericia entre las casas.
Pero el domingo hubo algo poco habitual. El canto suave de una golondrina llamó mi atención. Es como un gorjeo sutil y musical, sorprendente. Para mí es como si la golondrina ya tuviese suficiente con su vuelo ágil y suave, y no necesitara de ningún otro adorno. Al mirar hacia una antena descubrí a tres golondrinas posadas, a las que se unía una cuarta, que se deslizaba por el aire. Pude ver que eran jóvenes, nacidas este mismo año, ya que el color rojo de su garganta apenas podía apreciarse. Eso sólo podía significar una cosa: ellas también habían olido el otoño. Esa sensación me hizo conectar con ellas de una manera especial, y sentir que existe una comunión olvidada entre los seres humanos y las demás criaturas. Al salir a la calle vi a no menos de veinte golondrinas en un cable, y a innumerables grupos más pequeños posados sobre cornisas y aleros.
Es frecuente dar el nombre de golondrinas a muchas aves que, en realidad, pueden pertenecer a alguna de las diez especies más frecuentes de golondrinas, aviones y vencejos de los que podemos disfrutar en la Península Ibérica. Aunque casi todas ellas comparten una característica común: son migratorias. Al ser aves insectívoras, nuestro invierno resulta letal para ellas, ya que los insectos voladores casi llegan a desaparecer. Precisamente, en un cuento precioso de Oscar Wilde, titulado «El príncipe feliz», una golondrina renuncia a salvar su vida volando hacia el sur por ayudar a un joven príncipe a deshacer los males que provocó en vida.
Al llegar el otoño, comienzan a reunirse en grupos que cruzarán el mar camino de África, y tras un sorprendente viaje de miles de kilómetros a través del Mediterráneo y del desierto del Sahara, estas valientes llegan a sus cuarteles de invierno. Desde allí regresarán en primavera para construir asombrosos nidos, o para volar en círculos ruidosos alrededor de las catedrales. Así que, si permanecéis atentos, podréis ver este inicio de su migración anual hacia el sur
Pasados unos meses, cuando los días empiecen a alargar y el aire de la mañana cambie, un naturalista despierto podrá percibir el cambio de estación cuando descubra, como surgidas de la nada, las siluetas de estas aves viajeras que se deslizan de nuevo sobre nuestras ciudades y pueblos, y podrá decir: «Ha llegado la primavera. Hoy he visto a las primeras golondrinas». Todo un regalo que no deja de llenarme de emoción.








