
Esta mañana he salido a correr bien temprano. Para mí, madrugar es la mejor decisión que tomo a diario, una lección que nos dan a diario los mirlos, a los que podemos ver y oír casi a cualquier hora del día y de la noche. El caso es que puse el despertador a las seis menos cuarto, y a las seis ya estaba trotando. Como comienza a amanecer sobre las siete a estas alturas del año, mi breve aventura transcurrió de noche.
Es muy gratificante salir cuando todos duermen, porque tan sólo me crucé con una moto. Suelo correr cerca de casa, donde puedo disfrutar de infinidad de caminos que discurren entre casas y huertas. Hablamos de un entorno humanizado, es decir, fuertemente transformado por el hombre. Pero no os dejéis engañar, porque la vida salvaje nos rodea incluso en las ciudades más bulliciosas, a veces de formas sorprendentes.
Llevaba apenas diez minutos de trote, armado tan sólo con un frontal para evitar tropezar o ser atropellado, cuando un sonido estridente y familiar me sorprendió al pasar junto a una casa rodeada de huerta. Era la inconfundible llamada del mochuelo (Athene noctua), uno de nuestros búhos más pequeños y fáciles de ver.

Para mí es un verdadero regalo verlos, porque probablemente sea uno de mis estrígidos (es el nombre que reciben las rapaces nocturnas) favoritos, por muchas razones. Son tímidos, como todos los miembros de su familia, pero se han adaptado muy bien a vivir cerca de nosotros. De hecho se asocian especialmente al olivar, en cuyos árboles suele anidar, aprovechando oquedades o madrigueras viejas. Es muy fácil verlos. Dad un paseo al atardecer o aprovechad cuando vayáis en coche, y fijaos en los postes, porque encima de ellos podéis ver una silueta redondeada. Si os acercáis, saldrá volando como un fantasma, en absoluto silencio, con un aleteo rápido en busca de otro posadero mas alejado.
Pero más fácil que verlos es oírlos. Tienen una llamada muy característica, como un grito muy agudo con el que dicen a otros mochuelos «aquí estoy». Es muy divertido llamarlos usando el altavoz del teléfono, porque suelen acudir a ver quién es el intruso. ¡A mí se me posó uno a dos metros de la cara en pleno casco urbano!
Al llegar a casa, preparé el café y me lo tomé con mi mujer, antes de ir al trabajo. Sentados en el patio, comenzó de pronto un sonido intenso, perturbador y alarmante. Aún no había amanecido, y varias luces se encendieron para ver qué era. Yo supe enseguida que era un mochuelo, haciendo una de sus muchas llamadas. Doble suerte, descubrir a dos mochuelos cerca de casa en menos de una hora.
Lo divertido de la historia fue la respuesta que recibió mi visitante. Yo tengo un ave muy común en jaulas y voladeros: el diamante mandarín (Taeniopygia guttata). Procedentes de Australia, son unas pequeñas aves granívoras que viven en inmensos bandos. Su carácter gregario se ve en las continuas voces de contacto que emiten, en forma de trompetilla aguda. Mis tres diamantes, fieles a su naturaleza, emiten sus voces al unísono, tres trompetillas desafinadas a la vez. Y responden con su voz a cualquier sonido agudo: un dedo sobre un cristal, la pata de una silla, el ensayo de flauta de algún vecino… O la voz de un mochuelo visitante.

Cuando el mochuelo comenzó a despertar al vecindario, y las luces comenzaron a encenderse para ver qué era aquel ruido, mis diamantes respondieron con decisión. Cada voz del mochuelo era respondida por tres o cuatro salvas de trompetillas desafinadas. Y es que el diamante sabe idiomas, y le contesta al mirlo, a las cotorras argentinas que ya casi lo han colonizado todo, e incluso al mochuelo. Todas estas aves dicen lo mismo en su propio idioma: «Estoy aquí». Y yo extraigo esta lección: para comunicarse sólo hay que tener la voluntad de hacerlo. Las aves, criaturas generosas, pasan su vida enviando mensajes para quien quiera oírlas, sin preocuparse del juicio del oyente. ¿Estáis dispuestos a abrir los oídos?

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