
Mírate al espejo. Mira a tu alrededor, a esas personas que te rodean. Observa cómo interactúan entre sí a través de la mirada, los gestos, la expresión de la cara, la postura corporal… Hemos sido creados como máquinas perfectas de relación, hasta el punto de poder afirmar que el motor de la vida son las relaciones. Nuestra naturaleza es social, y no podemos evitar construir relaciones con las demás personas. Si alguien se propusiera no establecer ninguna relación ya estaría creándola, asumiendo un papel distante, pero un papel al fin y al cabo.
Hay personas muy sociables, con enorme facilidad para interactuar con los demás. Otras tienen más dificultades (o tienen la creencia de que les cuesta). En ambos extremos nos encontramos con el resultado de una elección. Y la realidad es que siempre podemos elegir qué tipo de relaciones queremos crear con los demás.
Hemos sido creados como máquinas perfectas de relación, y está en nuestras manos elegir cómo son las relaciones que construimos con los demás.
El Naturalista Descalzo
Mi experiencia me ha demostrado que el tipo de relación que tengo con cada persona depende de mí. Habrá quien crea que se trata de una afirmación atrevida, o incluso equivocada, porque las relaciones son cosa de dos, pero mi experiencia es otra, y ello se debe a que la libertad y la responsabilidad van de la mano: yo soy responsable de mi relación de pareja, de mi relación como padre o como hijo, de mi parte en una amistad o en una relación de trabajo. Es mi esfera, y como soy dueño de ella siempre puedo elegir qué voy a construir. Ese ejercicio de responsabilidad, a través de las elecciones que hacemos, tiene el poder da hacer magia en la vida a través de las relaciones que podemos crear.
Para mí, la postura más valiosa y que más enriquece una relación del tipo que sea es la que busca elevar al otro. Elevar a una persona es contribuir a su proyección, es resaltar aquellos aspectos que ante los demás, pero sobre todo ante sí misma, dan valor a su existencia. Elevar no es adular, sino resaltar ese regalo valioso que somos cada uno de nosotros para el mundo. Es poner el foco en el valor, en la virtud, en la belleza, en la generosidad… que todos somos capaces de expresar, porque están en nuestra propia naturaleza.
Cuando elevamos a otra persona estamos dando espacio y visibilidad a su existencia, pero también nos damos valor a nosotros mismos, es la base de una relación rica y abundante. Y por eso, precisamente, estoy convencido de que siempre podemos construir el tipo de relación que queremos con esa persona.
Elevar al otro es una práctica extremadamente fácil, que sólo requiere de nosotros poner el foco en aquello valioso que vemos en el otro. Para ello ni siquiera es necesario que esa persona esté presente. Simplemente hablar bien de ella ante los demás, resaltar sus logros, sus virtudes, y sobre todo hacerlo con el cariño y el orgullo que se siente ante algo propio. De esta manera sembramos la semilla del amor en los demás, y, curiosamente, también en nosotros mismos, porque reforzamos esa voluntad de fijarnos en lo más valioso de las demás personas.
Así que te invito a que eleves en tus relaciones a quienes te rodean. Eleva a tu pareja, a tus hijos, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo… Enfócate en el regalo que son, en el regalo que traen a este mundo, y exprésalo de una manera abierta, sencilla y honesta. Habla bien de ellos, pero sobre todo habla con el corazón. Transmite el orgullo, la admiración, la ternura que sientes. Porque cuando elevas, te elevas. Dar es recibir, porque dar es crear, es encender esa chispa de divinidad que todos tenemos dentro y que forma nuestra esencia. Podemos cambiar el mundo simplemente mejorando nuestra manera de relacionarnos con los demás. Atrévete a hacer magia.

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