
Desde que nacemos, nuestra vida es una sucesión imparable de decisiones que tomamos a diario. Algunas quedan marcadas para siempre en nuestro diario vital, y otras son olvidadas al instante porque aparentemente carecen de importancia. Pero por intranscentes que parezcan algunas de ellas, son estas decisiones las que hacen que construyamos nuestra vida de la manera en que lo hacemos, por lo que deberíamos ser conscientes de cada elección para poder encaminarnos en la dirección que deseamos.
En principio las decisiones carecen de un valor intrínseco, es decir, no son ni buenas ni malas. Pero siempre tienen consecuencias. A menudo meditamos acerca de los efectos de las mismas cuando sospechamos que van a ser transcendentales. Pero las que parecen más inofensivas son a las que menos atención prestamos, y con frecuencia son las que acaban por dirigirnos de manera inconsciente hacia una dirección insospechada. ¿Qué sucede cuando el miedo se ha convertido en el jefe de nuestra expedición?
El catálogo de nuestras emociones es relativamente amplio. Unas son positivas y otras son negativas. Pero, sobre todo, algunas son especialmente poderosas por la capacidad que tienen de influir en nosotros mismos hasta el punto de adueñarse de nuestra esencia. Tal vez el miedo sea la más importante.
El miedo tiene como fin último nuestra protección, está al servicio de nuestro instinto de supervivencia. El miedo nace de la desconfianza hacia lo desconocido. Podemos prever con bastante certeza que algo malo va a pasar si cruzamos una calle y un coche se aproxima a gran velocidad, o si nos sorprende un incendio o se produce una lluvia torrencial. Pero incluso en esos casos tan evidentes, lo cierto es que el mal no se ha producido. Es más, ni siquiera tiene por qué producirse. No se puede asegurar ninguna catástrofe. Pero el miedo nos prepara, nos anticipa.
La reacción física y mental ante una amenaza requiere una adaptación total de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro. Todos conocemos esa sensación en la que el corazón se acelera, la respiración se agita, el estómago se cierra, etc. Ciertamente supone un enorme esfuerzo para nosotros, así que mantenerlo como un estado de existencia es una verdadera proeza y supone un enorme desgaste físico y mental. Una buena prueba de ello es el agotamiento que se experimenta después de sufrir un accidente.
Pero, ¿qué sucede cuando la amenaza a la que estamos expuestos no es real? Pues que la emoción del miedo es idéntica. El miedo que sentimos ante el ataque de un león y viendo una película en el salón de nuestra casa es el mismo, es igual de real. No importa si está justificado o no. Cuando nos instalamos en el miedo y vivimos sumidos en él le estamos entregando nuestra capacidad de decisión, y estamos renunciando a nuestra libertad de elegir.
Ayer tuve una conversación con una persona que me permitió comprender el alcance vital de vivir en el miedo. Al preguntarle cómo estaba, me contó que se encontraba agotada, como si llevara años sin vacaciones. Me confesó que su vida gira actualmente alrededor del miedo al COVID. Y me parece una vida agotadora, enfocada en la escasez, en la pérdida y en la ansiedad. Me imagino el descanso y el alivio que siente aquella persona que logra huir del miedo (a un verdugo, a un secuestrador, a un acosador…).
Pero no siempre es fácil salir de esa espiral, porque nos faltan herramientas para revertir la situación. Por todo ello, quiero plantearos desde aquí una serie de pautas sencillas que os permitirán recuperar vuestra libertad, si así lo elegís para vosotros:
- Identifica la situación: lo primero que debes hacer es identificar que vives en el miedo y aceptar que has llegado a ese punto. Se sabe cuando los pensamientos giran de manera casi obsesiva alrededor de la causa de tu temor (a la enfermedad, al COVID, al contagio, a la muerte, etc.). Aparece la paranoia, los pensamientos se hacen recurrentemente negativos, nos sentimos deprimidos e incluso irritables. Si aceptas que ésta es tu realidad, has dado el paso más importante hacia el cambio.
- Provoca un apagón informativo y disfrútalo: las noticias con las que somos bombardeados no son noticias, sino fábricas de emociones interesadas. No buscan que sepamos, sino que sintamos. Abandona la televisión y twitter de inmediato, reduce la radio a mínimos y no busques noticias sobre el monstruo en internet. Te aseguro que no te pierdes nada (te vas a acabar enterando de lo que pasa igualmente), y podrás escuchar la vida de verdad (familia, compañeros, amigos, vecinos, etc.). Descubrirás que a tu alrededor hay personas que viven, que sueñan y que son capaces de sonreir.
- Enfócate en lo que de verdad importa: yo lo tengo cristalino. A mí lo que me importan son tres cosas, mi familia, mis amigos y mis sueños, no el fin del mundo ni el coronavirus. Disfruto escribiendo este blog, saliendo al campo, cuidando de mis animales y plantas, hablando con mis amigos, trabajando, jugando con mi hijo, leyendo, fabricando cosas bonitas y útiles, compartiendo momentos con mi mujer, haciendo deporte, practicando yoga… En nada de eso que es importante aparece el coronavirus, no tiene poder sobre mi vida, simplemente porque no se lo doy.
Pasadas unas dos semanas notarás que tu ánimo ha cambiado. Así de fácil, porque el miedo es sólo un invento de la mente. No se trata de vivir ajenos a la realidad, sino de no entregar el poder sobre nosotros a una emoción que no responde a una realidad. Recuerda que el miedo nace sobre lo que todavía no ha pasado (y no tiene por qué pasar). Y si pasara aquello que tememos, lo único que cabe es la acción (para, mira, piensa y actúa).
¿Por qué os cuento esto? Por que yo viví en el miedo durante la primera oleada de la pandemia. Experimenté la frustración, el rencor, la desconfianza, la apatía, la desesperanza… Pero elegí caminar por otro sendero. Siendo felices somo más valiosos, nos convertimos en el soporte de los que nos rodean. Y una sonrisa es la cura contra la mayor parte de los males que nos acechan. Vive libre y sin miedo, que para eso has venido a este mundo.


Simplemente genial
Gracias, Pino!