
Hay una frase de Jorge Bucay que dice así: «Los cuentos sirven para dormir a los niños y para despertar a a los adultos«. Me parece que está cargada de inteligencia, ya que los cuentos son formas de explorar ideas sutiles y difíciles de expresar si no es mediante una alegoría. Para el tema de hoy, se me vienen a la cabeza dos de ellos: Juan sin Miedo y el Sastrecillo Valiente. Ambos tratan sobre el miedo y la valentía, dos ideas que parecen contrapuestas, pero que, desde mi punto de vista, conforman las dos caras de una misma moneda. El primero habla sobre un personaje que triunfa porque no es capaz de sentir temor. El segundo, sobre alguien que se ve forzado a enfrentarse a sus miedos y es capaz de sobreponerse a ellos. No he conocido a nadie exento de miedos, pero sí a personas capaces de enfrentarse a ellos. El primer arquetipo es el de la inconsciencia; el segundo, el de la responsabilidad.
Para mí, el valor no consiste en despojarse del miedo, en no sentirlo o en tratar de extirparlo. En mi caso, y por experiencia propia, mis miedos sólo llegan a atenuarse, pero nunca desaparecen del todo. Si el valor consistiese en no tener miedo yo jamás llegaría a ser una persona valiente. Sin embargo, tengo un punto de vista diferente al respecto: para mí, el valor consiste en seguir adelante, en hacer aquello que se requiere, a pesar del miedo que pueda sentirse.
No creo que exista un miedo universal, sino que se trata de una emoción primaria, y, por tanto, absolutamente personal. Lo que para unas personas es una vanalidad, para otras puede ser el causante de una verdadera parálisis en todos los sentidos. Dos personas pueden sentir miedo hacia lo mismo, pero cada una de ellas lo va a experimentar de maneras diferentes. El miedo hacia algo se puede ir modulando a lo largo de la vida, a veces de manera no consciente, y otras a través de un trabajo personal no precisamente fácil. Ese enfrentamiento buscado con la causa de nuestros miedos es lo que más nos hace crecer.
Existe un miedo cotidiano que suele planear sobre el campo de nuestras relaciones interpersonales, y que puede empañarlas: el miedo a decir lo que pensamos. Es fácil indentificarlo en aquellas situaciones en las que algo nos molesta o nos duele. Queremos decirlo para mejorar nuestra relación con la otra persona, pero el temor al enfado de la otra parte nos hace callar. El resultado inmediato es la frustración que se siente al no poder expresar algo que realmente es importante para nosotros, por lo que nos perjudicamos a nosotros mismos. Pero no podemos olvidar que en ese ejercicio de escasez y de cobardía estamos privando a esa otra persona de información útil para conocerse a sí misma, y que le permitiría poder cambiar algo (si eligiera hacerlo, claro está). Decirle algo difícil a alguien es un clarísimo ejemplo de valentía.
Pero todavía hay un punto de vista más, relacionado con este asunto: hay ocasiones en las que nos negamos a escuchar lo que la otra persona tiene que decirnos. Sentimos miedo al juicio, a la crítica, a no ser suficientes, ni suficientemente buenos en algo. La lista puede ser muy larga, pero el miedo a escuchar aquello que no queremos oír cercena la comunicación y empobrece las relaciones, las inmoviliza. Estar dispuesto a escuchar plena y conscientemente es otro gran ejercicio de valentía, porque nos obliga a asomarnos desde nuestro pedestal, o a aceptar nuestra grandeza. Nos cuesta trabajo asumir nuestras debilidades y miserias, pero todavía más difícil es brillar, porque estamos convencidos de que no lo merecemos.
El valor de la comunicación, el que se ejercita al decir y al escuchar es, por tanto, un ejercicio doble de valentía, en el que ambos participantes se enriquecen sin límites. Y como toda demostración de valentía es, por encima de todo, una forma de ser honestos con nosotros mismos y con los demás: supone reconocer y aceptar los límites que existen para poder así sobrepasarlos y crecer.
Ayer fui testigo privilegiado de un encuentro lleno de autenticidad entre dos personas: mi hijo y mi mujer. Él reunió el valor suficiente para expresar cómo se sentía al decirle determinadas cosas. Y ella reunió el valor suficiente para escuchar y aceptar. En ningún caso hubo nada parecido a un combate, ni la conversación finalizó con el triunfo de uno y la sumisión del otro. Al contrario: de ese ejercicio doble de valentía brotó una fuente de cercanía, de compromiso y de amor, una lección de valor incalculable para este espectador privilegiado. Recordando ese momento lleno de inspiración, abrazo amorosamente el gran desafío que me ha traído: ¿A qué estoy esperando para dar yo también ese paso valiente en todas mis relaciones? ¿Y tú? ¿Te atreves a jugar al juego de la doble valentía?

















