
Os voy a contar un secreto que nadie conoce: el Naturalista Descalzo tiene fobia a las alturas. Como lo oís. Además no hace falta que sea una altura desmesurada. Hay veces que me he quedado paralizado a dos metros del suelo en un terraplén. De repente se activa un mecanismo en mi interior como si mi sangre se helara, y soy incapaz de dar un paso, adoptando una ridícula postura en cuclillas y una expresión de desconcierto. Algunos de mis sufridos acompañantes han reaccionado con risa, otros con preocupación o enfado, y todos con incredulidad. ¿Un ser campestre como yo puede quedarse bloqueado o volver a bajar un cerro, ya coronado, para buscar un camino mejor? Pues sí. No es vértigo, porque mi aparato del equilibrio funciona perfectamente, sino un inexplicable bloqueo ante las alturas, como si me quedase congelado.
Aunque la causa de los bloqueos no siempre es fácil de descubrir, lo cierto es que están ahí, y todas las personas lo hemos sufrido en algún momento ante alguna situación. Un montañero heroico puede quedar paralizado ante un auditorio, igual que una exitosa mujer de negocios ante otra persona o incluso un cazador ante una araña. ¿Cuántas personas no han balbuceado ante esa otra persona que le corta la respiración? Supongo que no elegimos la fuente de nuestros bloqueos, al menos de manera consciente, pero una determinada predisposición puede desencadenar esa respuesta ante situaciones inesperadas e inexplicables. No se trata de vivir de manera limitada por un trastorno, sino de sentir esa sensación de congelación paralizante en momentos puntuales, a la par que inoportunos.
Una vez más, el combustible que alimenta las parálisis puntuales es el miedo. No se trata de la precaución o la cautela ante un riesgo evidente que te hacen buscar caminos alternativos, sino una chispa de temor irracional que bloquea nuestra capacidad de decidir.
Sin embargo, no es necesario llegar a situaciones ridículas o extremas, como la anécdota del inicio de este artículo. A menudo en nuestra vida posponemos decisiones, dejamos pasar el tiempo o procrastinamos algo que queremos hacer amparados en excusas inconsistentes, simplemente por un miedo que no siempre sabemos identificar o aceptar. Estas muletas pueden ser diversas, pero frecuentemente adoptan la forma de:
- Me gustaría, pero ahora no es mi momento.
- ¿Y si tengo que dejar otra cosa? ¿Y si tengo que elegir?
- ¿Y si no puedo terminar lo que empiece?
- Tampoco es tan importante («Puedo buscar otro camino para llegar arriba»).
- Ya lo haré, habrá más ocasiones.
La realidad es que, si eso que queremos hacer no nos importase ni siquiera buscaríamos excusas para no hacerlo. Yo, por ejemplo, no necesito encontrar excusas para no invertir en bolsa, simplemente porque no me interesa. Así que, en el mismo instante en que te planteas empezar algo y analizas si lo haces o no, ya estás mostrando un interés. Y mientras más sólidas y diversas son las excusas, mientras más tiempo dedicas a justificar tu parálisis, más importante es para ti eso que precisamente estás evitando. Date cuenta, identifícalo, porque cuando pasa esto significa que dentro de ti hay al menos una parte que quiere hacerlo.
Cuando nuestra mente racional tiene que manejar este tipo de decisiones sobre algo importante, necesario o beneficioso, la cuestión adquiere una nueva dimensión, porque ya no se trata de una cuestión banal. Si hacer algo me va a reportar un beneficio objetivo, esa parálisis me está saboteando, puesto que me impide acercarme a eso que me va traer algo bueno. Entonces, nuestra cabeza racional quiere que avancemos, pero estamos congelados. ¿Cómo resolver estas parálisis puntuales?
Si miramos a nosotros mismos como realmente somos, aceptando nuestra naturaleza compleja, identificaremos en nosotros varias cosas: pensamientos, emociones y un soporte corporal. Cualquiera de estas dimensiones está íntimamente ligada a las demás, porque no se pueden separar. De esta manera, un estado depresivo produce un debilitamiento de nuestro sistema inmune; los pensamientos negativos producen emociones negativas; un dolor intenso afecta a nuestro estado anímico; etc. Mi intuición me dice que una emoción de miedo induce a pensamientos negativos y limitantes, con los que no podemos ni siquiera dar un paso. Por lo tanto, la solución pasa por hacer un pequeño gesto que afecte a una de esas dimensiones. El primer paso, por pequeño que sea, es siempre el más importante, porque toca todas las demás teclas. Y para ello, puedes utilizar el movimiento de tu cuerpo.
Si estoy paralizado basta con hacer un pequeño gesto, un paso, aunque sea tímido. Si es valiente y decidido, mejor, porque nos enviará un mensaje aún más poderoso. El cuerpo en movimiento desbloquea la parálisis mental, que a su vez libera la emoción negativa, rompiendo así el ciclo de congelación. A veces es necesario repetir ese esfuerzo titánico de ponerse en pie o de dar un paso una y otra vez, y debe hacerse tantas veces como sea necesario. Acostumbrarse a este tipo de heroísmo cotidiano es un magnífico entrenamiento para acercarnos a todas nuestras metas, porque mientras más se repite, más eficaz resulta. Gestos como ponerse en pie, dar un paso o sonreir de manera consciente adquieren entonces un significado mágico y poderoso.
Este naturalista temblororso atravesó a pie los Pirineos, desde el valle de Pineta, en Huesca, hasta Gabarnie, en Francia, logrando lo que para mí es toda una proeza. Los desniveles y precipicios de más de 1.500 metros aún me hielan con sólo recordarlos (y no estoy allí, imaginaos el poder sugestivo de la mente para generar emociones intensas utilizando tan solo un recuerdo). Pero recuerdo un momento concreto de congelación. ¿Cómo me sobrepuse a la parálisis? Tan solo eligiendo dar un paso. Uno sencillo y poco decidido. Pero ese me llevó a otro, y a otro más… para descubrir que los únicos límites los creamos nosotros. Por eso, también somos nosotros quienes tenemos el increíble poder de descongelarnos. Así que… ¿a qué estás esperando para tomar esa decisión? ¿Cuánto más vas a esperar para romper la escarcha y despegar? Ya sabes que eso que quieres está al alcance de tu mano. Sólo descongélate y tómalo, porque está ahí para ti.


Deja una respuesta