(Tiempo para recordar)

Desde el mismo momento en que somos concebidos, la vida es un juego de saludos y despedidas. Decirle «hola» a alguien que entra en nuestra vida es motivo de regocijo: un niño que nace, un nuevo amigo, la llegada del amor, los reencuentros… Pero decir «adiós», aun siendo igual de natural, no resulta igual de fácil, menos aún cuando el reencuentro que esperamos con quien se marcha ya depende de la fe.
Hoy hablamos de la muerte, esa a la que no queremos mirar a la cara porque sabemos que nos espera a todos. Aferrados como estamos a la vida es sorprendente ver cuántas veces dejamos de vivirla intensamente, permitiendo que se escape de entre los dedos sin darle un sentido, sin sacarle todo el jugo posible. Cuando hemos perdido a una persona muy importante en nuestra ida, y que ha dejado un gran vacío al marcharse, esa ausencia se va transformando con los días, adquiriendo nuevos matices. Sin embargo, y aunque sea difícil de asumir, su partida ha estado llena de regalos para quien elige aceptarlos. Y eso también forma parte de vivir con intensidad y autenticidad.
La oportunidad de hablar de la muerte con los niños es uno de ellos. Algo tan difícil de comprender, independientemente de la edad que tengas, llena sus cabezas de preguntas y de reflexiones, y tanto unas como otras nos invitan a pensar a los adultos, a veces para encontrar una respuesta que no siempre es fácil, o ni siquiera es posible, y a veces para enfrentarnos a puntos de vista que ni siquiera nos habíamos planteado. Son muchas veces nuestros pequeños grandes maestros los que saben ver con sencillez y naturalidad aquello que a los adultos nos paraliza. Saber escuchar a los niños ayuda a conectar con ellos y a reforzar los lazos que nos unen. A ellos les hace sentirse queridos, importantes y seguros, y a nosotros nos brinda la oportunidad de mostrarnos vulnerables, de dejar correr las lágrimas y de hacer ver que no siempre tenemos todas las respuestas. Nos permite mostrar nuestra humanidad desnuda. Conversa con ellos, escúchalos, y abre tu corazón.
Pasar por esas experiencias me ha hecho ser consciente de que todos en esta vida formamos parte de algo mucho más grande. Nos guste o no, estamos conectados, y todos somos parte muy importante de la vida de otras personas. Podría decirse que la vida es como un reloj complicado, lleno de ruedas dentadas que hacen girar a otras y que, a la vez, se ven movidas por la rueda vecina. Algunas de ellas son muy grandes, y otras, minúsculas, pero todas crean un engranaje que se mueve en una danza sincrónica y perfecta. Cuando perdemos a alguien es como si se hubiera perdido una de las piezas, y nuestro reloj vital se averiase y se detuviese a la espera de reparación. El duelo es, por tanto, un tiempo necesario para crear un nuevo mecanismo con las ruedas que quedan. Algunas se hacen más grandes para ocupar más espacio, y otras pueden reducirse para que todo vuelva a funcionar. Por eso es importante aceptar que requerimos un tiempo, sin el cual seguimos viviendo, pero rotos. No importa qué título le demos a la persona que se ha ido: no le des nombre, ni le asignes una posición a la que se le sobreentienda más cariño o menos. Es parte de tu vida, y como ser único que es nunca podrá ser reemplazado. Ahora te toca a ti recomponerte.
Otro de los grandes regalos que nos deja alguien al partir es la posibilidad de acompañar a quienes nos rodean, de unirnos a ellos y de compartir el tiempo que se nos ha dado. La cercanía, el calor de un abrazo, el reencuentro, las conversaciones… todas esas pequeñas grandes cosas que no siempre sabemos valorar, simplemente porque damos por hecho que siempre van a estar disponibles para nosotros, de repente cobran todo el sentido. Por eso, la lección magistral de quien emprende el último camino es recordarnos que estamos vivos, y que todo es posibilidad precisamente ahora, que es el único momento que existe. ¿Hasta cuando vas a posponer ese reencuentro, esa llamada, esa cena? El momento es ahora.
La tristeza es una emoción básica, primaria. Ahí está para sentirla, para experimentarla, pero no para perpetuarla en forma de sentimiento. Su presencia no debe impedirte practicar el agradecimiento hacia quien ha formado parte de tu vida y te ha hecho convertirte en la persona que eres. Todos sin excepción traemos un regalo al nacer. Céntrate en su esencia, en su ser más auténtico, en eso que te trajo cuando apareció en tu vida y que fue construyendo contigo. En palabras de San Agustín: «Lo que somos unos para los otros seguimos siéndolo. Dadme el nombre que siempre me habéis dado. Hablad de mí como siempre lo habéis hecho. No uséis un tono diferente. No toméis un aire solemne y triste. Seguid riendo de lo que nos hacía reír juntos. Rezad, sonreíd, pensad en mí. Que mi nombre sea pronunciado como siempre lo ha sido, sin énfasis de ninguna clase, sin señal de sombra. La vida es lo que siempre ha sido. El hilo no se ha cortado.»
Cuando llegue el momento de la despedida, recuerda que incluso la tempestad más terrible hace brotar las flores, y, ya que el sentido del camino es el camino en sí, siempre puedes darle a la pérdida el significado que tú elijas darle. Por eso puedes servirte de ella para crear belleza, bondad, conexión… todos esos ingredientes que forman parte de nuestra esencia más íntima y que hacen funcionar el reloj de quienes nos rodean. Hoy mientras escribo soy consciente de lo importante que soy para quienes me quieren, y me siento agradecido. Para unos soy una rueda enorme, y para otros, pequeña. Pero hago girar el engranaje de tantas personas que no sería capaz de enumerarlas. El día que me marche obligaré a trabajar a incontables relojeros. También tú, que lees estas líneas. No alcanzas a saber lo importante que eres. Acepta ese don y esa responsabilidad. Tú eres importante, tú eres un ser valioso e irrepetible. No esperes a partir para dejar huella a tu alrededor, para hacer que tu rueda sea la más grande de todas, y así, cuando comiences tu gran viaje, podrás dejar a muchísimos relojeros sonrientes, aunque tengan los ojos llenos de lágrimas.


Preciosa reflexión.
Nunca lo había visto de ese modo, pero es cierto, todo depende de cómo quieras afrontar la pérdida, el cambio, la enfermedad…Tú decides si la tormenta hidrata la tierra o la convierte en un torrente estéril.
Siento la pérdida. Una gran visión la tuya. Y tienes razón con lo de los «pequeños». Mis hijos fueron los primeros en ayudarme a superar la muerte de mi padre.
Gracias por considerarme una «ruedecita» de tu engranaje. Un abrazo!
Te doy las gracias por esta reflexión que ha enriquecido mis conocimientos sobre el duelo.
Me gusta tu visión y el lugar que das a la emoción, a los menores y como elevas el sentido del proceso de duelo.
Gracias!
Robin Sharma dice que «el sentido de la vida es una vida con sentido», y estoy de acuerdo. La muerte es parte de la vida, y también puede tener un sentido si elegimos dárselo. Gracias por enriquecer este sitio con vuestra lectura y vuestros comentarios.
Precioso, como tú. Eres una rueda enorme en mi reloj… Y sí, ésa es la vida, pero quienes se van no nos dejan, están en la habitación de al lado. Mientras recordemos a las ruedas de nuestro reloj, estarán vivos, con nosotros.
Siento mucho tu pérdida, te estoy enormemente agradecida por compartir estas reflexiones.
Gracias!!!
Graciasss Joaquín!! La muerte… El soplo de una vida intensa y plena
…
Eres un ser especial y aprender de ti es mágico, tienes una energía que no se puede explicar solo hay que disfrutarte lo demás viene sólo !!gracias gracias gracias!!!
Nada mejor para aprender y cambiar el enfoque de vida que una lección magistral hilada desde el corazón de un ser sabio.
A la altura del mejor profesional de cuidados paliativos.
GRACIAS!
Un abrazo.