
Cuando consideramos que una persona es exitosa, importante, influyente en nuestras vidas o en las vidas de los demás, cuando consideramos que ha alcanzado aquello que quisiéramos lograr para nosotros mismos, esa persona se convierte en un referente. Ante una persona así aparecen emociones que no tienen que ver con la indiferencia, sino con la atracción. Esa atracción puede tener una expresión emocional negativa (la envidia), que nos resta, o positiva (la admiración), que nos impulsa. Transformar la envidia en admiración es uno de los ejercicios más saludables y hermosos de elevación tanto para el otro como para nosotros mismos.
Llegados a este punto es interesante detenernos para reflexionar. Aristóteles resume la «virtud» como un «hábito» (que se puede adquirir, por tanto) consistente en un término medio entre dos extremos, que son el exceso y el defecto. ¿Qué sucede cuando transformamos este saludable sentimiento de admiración en algo similar a la idolatría? Imaginemos por un momento a esa persona a la que admiramos. Piensa en ella y en sus virtudes, en todo aquello que la hace ejemplar, modélica, en lo que consigue, en sus logros, en su manera de estar en el mundo. Tómate tu tiempo para analizar todas aquellas virtudes que identificas en ella. ¿Has pensado alguna vez en sus defectos? Si no lo has hecho acabas de transformar a una persona admirable en un héroe involuntario, has entrado en el extremo de la admiración, en lo que podemos llamar idolatría.
Cuando una persona se coloca sobre un pedestal ocupa una posición de predominio sobre los demás. No en vano la estatua de cada personaje destacado se sitúa en alto, a la vista de todos, para enviar el mensaje de superioridad al subconsciente del observador. Hay personas que buscan conscientemente esa posición a través de la fama, el éxito profesional, deportivo o académico, etc. Pero hay otras muchas que no lo buscan, y se convierten sencillamente en referentes anónimos de sus entorno más cercano. Puede ser una madre, un padre, un profesor, tu pareja, tu hijo o tu nieta… Es probable que, sin tú saberlo, seas el referente de alguien. Cuando descubrimos la admiración de los demás podemos sentir una sensación cálida de satisfacción, de sentirnos queridos y respetados. Pero cuando olvidamos la complejidad innata a cada ser humano y no prestamos atención a que cada luz proyecta una sombra, a que cada defecto es tan genuino como cada virtud, entramos en la espiral de la idolatría y con ella entramos en el campo de la exigencia desmesurada.
El nivel de exigencia que proyectamos en los demás genera efectos tanto internos como externos. El ser humano actúa y vive según expectativas que le permiten vivir y relacionarse de manera saludable: no es habitual vivir desconfiando de todas las personas, y de lo contrario estamos ante un trastorno. Pero cuando las expectativas son demasiado altas generamos en nosotros mismos una valoración injusta de la otra persona, basada en el juicio de la perfección. En el otro proyectamos entonces nuestro juicio, alimentando emociones de miedo al fracaso y a la decepción. Esa presión excesiva puede ser muy injusta hacia el héroe involuntario. Nuestra persona sobreadmirada acabará cometiendo un error para nuestros ojos; tarde o temprano dejará ver su sombra, ese otro lado que nosotros no queremos ver pero que forman parte de él tanto como sus virtudes. Nacerán en nosotros la decepción y el desprecio, y querremos tirar la estatua desde un pedestal al que no pidió que la subieran.
Existe una fórmula sencilla pero efectiva para actuar en ese equilibrio que eleve al otro y nos inspire a nosotros mismos: una admiración basada en la aceptación. Aceptar aquello bueno que trae esa persona y aquello que no nos parece tan bueno, aceptar sus luces y sus sombras, aceptar que dentro de cada ser humano hay un caminar interminable hacia la mejor versión de nosotros mismos. Por ello, el crecimiento personal está en la esencia de lo que significa ser humano, y aquella persona a la que tanto admiras está en el mismo camino de evolución que tú. Los grandes héroes, los personajes inmortales, los grandes referentes de la humanidad, han sentido y sienten miedo, asco, alegría, tristeza e ira, con todos sus derivados, exactamente como tú los sientes. En su interior las emociones se suceden sin que se puedan reprimir, y no siempre estamos preparados para modularlas. Esto mismo sucede también con nuestros héroes cotidianos. El amor es, esencialmente, aceptación sin juicios, abrazar a quien tenemos delante tal y como es, y con todo lo que trae. Es ver su luz, y también su sombra, y ser capaz de ver que es mucho más que todo eso. Por eso la admiración amorosa puede que sea ese equilibrio ideal que nos eleve mientras elevamos de manera genuina a ese ser al que admiramos.

















