
Recuerdo con añoranza aquella Navidad de mi infancia, repleta de primos. Recuerdo el calor de una casa a rebosar de gente, y el sentimiento de felicidad infinita. El tiempo se detenía, y cada año, siendo igual que el anterior, era diferente. No había acabado un día de fiesta cuando ya se saboreaba el siguiente. Una Navidad tras otra, el tiempo pasó, y sin darme cuenta, mis abuelos, piedra angular de aquellos días grandes, fueron haciéndose mayores, al igual que mis padres, mis tíos, y yo mismo. Y un día se cumplió un deseo de niñez, y me hice mayor. La voz de mis abuelos se apagó en este mundo, y el sonido de la celebración cambió de timbre y de intensidad. Aquel tiempo inagotable comenzó a acelerarse, y la vida se fue desvelando como un tobogán interminable y de pendiente cada vez más acusada.
Tal vez la Navidad sea para mí uno de los momentos más tristes del año. La Navidad no es blanca, es azul. Es un tiempo en el que miro con lágrimas en los ojos todo aquello que perdí, y a todos aquellos a los que sigo queriendo en mi corazón, pero a los que no puedo abrazar con estos brazos ni escuchar con estos oídos. Durante mucho tiempo no quise permitirme sentir la tristeza en un tiempo de alegría oficial, y eso introducía una pizca de desasosiego en mi alma. Hasta llegar un día en que descubrí que, incluso sin comprender del todo la causa, esa emoción estaba ahí para algo. Y así fue como abracé a la tristeza como a una maestra de vida.
Me resulta difícil analizar las causas de esta emoción para llegar a comprenderla, pero, a fuerza de exponer mi corazón a otras personas, descubrí que no era el único que la sentía de una manera tan nítida en estas fechas. Tal vez sea fruto de la añoranza, o incluso del deseo absurdo e irracional de que todo vuelva a ser como antes. Pero, en todo caso, doy las gracias por esa emoción, que me recuerda lecciones importantes, como una maestra amorosa.
Hoy agradezco un tiempo vivido con intensidad, que labró mi corazón para que pudieran crecer en él esos valores que son el pilar de mi existencia: la familia, el amor, la generosidad, el privilegio de dar, la bondad, el valor de las cosas sencillas.
Hoy agradezco ser consciente de que todo aquello a lo que nos aferramos pasará. Todo es provisional, como nosotros estamos provisionalmente en este mundo. Pero es el carácter efímero de la vida lo que la hace especialmente valiosa. Una hoguera sólo sobrevive una noche, pero su calor en la noche no puede ser igualado. Y así como un mandala tibetano no pierde ni un ápice de belleza y de perfección tan sólo porque vaya a ser barrido nada más sea terminado, cada momento que pasamos entre aquellos a quienes queremos y que nos quieren es sagrado, perfecto e infinito en sí mismo.
Hoy agradezco sentir cómo la enfermedad remite poco a poco, siendo consciente del renacer del cuerpo, sin aferrarme al espejismo de la invulnerabilidad. Abrazo el juego del equilibrio de la naturaleza, del que formo parte, aunque a veces elija olvidarlo.
Y, sobre todo, agradezco todo aquello bueno que es hoy en mí y a mi alrededor. Como la Navidad de mi infancia, sé que también pasará, pero ahí es precisamente donde habita su valor: cada instante es un milagro único e irrepetible. Aquel niño feliz de Navidades pasadas se asoma cada año para recordarme, a pesar de la tristeza, que la magia de la infancia reside en la capacidad de vivir el momento en plenitud.


Gracias por transportarme a aquella infancia sin tiempo🙏 y recordarme el Yo Soy Ahora.
Cuánta belleza en el relato, la tristeza pasa a ser alegría, así descrita, cual «maestra amorosa…»
Valoremos el presente, aunque a veces nos duela.
Cuidense.
Me ha gustado mucho el relato. Me siento muy identificada aunque a veces la tristeza no deje ver el hoy.