
Desde que nacemos hasta que abandonamos este cuerpo, desde que nos despertamos hasta que nos quedamos profundamente dormidos… la vida es una sucesión de decisiones en cascada. Al menos en apariencia, algunas de ellas son muy trascendentes y otras más triviales, pero todas ellas nos encaminan hacia una meta, hacia un propósito. Muchas veces hemos hablado ya acerca de las maneras diferentes en las que podemos elegir vivir nuestra vida, siendo viento en vez de hoja, elevando a quienes tenemos a nuestros alrededor, estando realmente presentes cuando interactuamos con otra persona… La médula de la vida son las relaciones, y por eso es tan importante elegir la manera más adecuada de relacionarnos, porque así es como realmente podemos ser dueños del tiempo que se nos ha dado.
Cuando entramos en una cueva oscura con una linterna podemos elegir dónde proyectamos el haz de luz. Podemos moverlo aleatoriamente para explorar el conjunto, concentrarnos en un punto llamativo o intentar descubrir cuál es el origen de un sonido. Ponemos nuestra intención al servicio de nuestra atención, y resulta fácil porque todo lo demás es oscuridad, nada más puede distraernos de nuestro objetivo. Pero a la luz del día todo son estímulos que nos bombardean incansablemente, y que nos hacen mover los ojos de manera involuntaria hacia cualquier figura en movimiento. La vida es como un día luminoso, en el que es difícil concentrarse en un solo punto. Pero, ¿y si pudiéramos poner el foco centrado en lo que realmente importa, incluso cuando la luz lo inunda todo, para poder ver con detalle?
Cuando tenemos un propósito, éste actúa como un faro en la noche, visible desde la distancia. Es casi imposible perder esa referencia, porque destaca de manera inevitable. Comenzamos a caminar y a decidir, pero el camino hacia el faro no suele ser llano ni depejado, sino con continuas subidas y bajadas, terreno accidentado y maleza en el camino. Sabemos hacia dónde ir, pero no qué pasos debemos dar para continuar la senda. Es entonces cuando debemos encender la linterna y poner el foco. Si alumbramos a los laterales o hacia las copas de los árboles es probable que tropecemos con una rama, o que perdamos la senda. Sólo cuando el foco se orienta hacia los puntos adecuados, en los momentos adecuados, es cuando elegimos con sabiduría el siguiente apoyo.
El propósito de la vida es una vida con propósito
Robin Sharma
El faro del que hablamos puede ser crear una empresa, comprar una propiedad, construir una relación… Todos ellos son objetivos ambiciosos, que requieren una dosis adicional de responsabilidad por parte de quien los emprende. Para alcanzarlos, es necesario ir eligiendo cada paso. Pero a veces nos perdemos, pasamos de largo o no llegamos hasta nuestro destino, sencillamente porque nos hemos equivocado al poner el foco.
A todos nos ha pasado (a mí el primero) que en ese camino vital, en vez de enfocar en la mejor dirección hemos caminado alumbrándonos a nuestra propia cara, con lo que sólo conseguimos deslumbrarnos y tropezar. Se ponen en funcionamiento empresas que buscan qué sacar del cliente. Se busca comprar una propiedad con el único fin de ser propietario. Se empiezan relaciones buscando únicamente la satisfacción personal. Y la realidad es que cuanto más nos miramos a nosotros mismos, cuanto más alimentamos nuestro ego, más veces tropezamos, nos perdemos y llegamos a perder la luz del faro.
Aprender a caminar con éxito hacia nuestros propósitos es aprender a poner el foco en la mejor dirección. Es enfocarse en lo que podemos ofrecer, y no en lo que vamos a obtener. Ese sencillo cambio de punto de vista es el que realmente nos coloca en el camino, haciendo de él un viaje de descubrimiento y de crecimiento. No importa cuál sea tu propósito, la dirección correcta del foco siempre es hacia afuera. Plantéate en una relación cómo puedes hacer feliz a la otra persona; en un negocio, qué puedes ofrecer a tus clientes para mejorar su vida; en tu profesión, cómo puedes hacer crecer a tus compañeros; en una inversión, para qué quieres esa propiedad; en la creación, cómo vas a inspirar a los demás.
Ten la certeza de que cuando te enfocas hacia fuera, hacia la otra persona, todo aquello que hagas va a reverberar hacia ti intensificado. Vas a recibir amor, pues cuanto más amas más amado eres. El dinero va a venir a ti, porque el cliente va a valorar tu servicio. Vas a crecer, porque en un equipo fuerte todos los miembros avanzan con paso más firme. Vas a poseer un bien, y no vas a ser poseído por él. Vas a ser reconocido y apreciado a través de tu creación, y no por un reflejo vacío de la misma. Todo lo que de verdad funciona en la vida (relaciones eternas, empresas prósperas, carreras de éxito…) lo hace gracias a un haz de luz correctamente enfocado. Por eso quiero lanzarte esta reflexión: tu linterna, ¿hacia dónde alumbra? ¿Alumbras hacia afuera o sigues deslumbrándote a tí mismo? ¿Hacia dónde debería alumbrar para que tu senda sea la que conduce al faro? Si aún no lo haces cambia tu mirada y deja que los milagros se vayan sucediendo, porque un cambio minúsculo en la dirección adecuada es la semilla para la transformación. El Universo conspira para que nuestros sueños se cumplan.


Aprendiendo a enfocar mi luz hacia fuera …gracias por este valioso artículo y por enfocar tu luz de la manera correcta !
Gracias a ti
.»… Hemos caminado alumbrándonos a nuestra propia cara.. » Cuantas certezas Joaquín. Enhorabuena. Magnífico!
Me ha parecido una buena imagen, que dice mucho de una manera de vivir que es muy frecuente, y que creo que suele estar dentrás de muchos fracasos en muchos ámbitos de la vida. Gracias por tus comentarios, amigo Antonio.