
Imaginemos a un monje budista meditando junto a un lago. Se sienta sobre una piedra, en una posición poco habitual, con sus piernas cruzadas y una túnica naranja que cubre tan sólo uno de sus hombros. Sus ojos cerrados y la quietud de su rostro en una cabeza afeitada transmiten una sensación de paz infinita. El único movimiento es el del bambú mecido por la brisa. Es fácil imaginar esta escena idílica y sentir una oleada de paz en el corazón, e incluso una tendencia, una llamada, a experimentar algo parecido a lo que un maestro así puede sentir.
Pero mi experiencia me dice que vivir una vida entera como la de la estampa que hemos descrito es poco menos que un ideal casi inalcanzable. En mi caso, ni siquiera es una meta, puesto que yo he elegido otra manera de estar en el mundo. La conciencia plena por sí sólo sirve para ser plenamente consciente. Mi buen amigo y maestro Martín ha compartido a menudo conmigo una reflexión que hace tiempo que hice mía: «Tú puedes tener una consciencia expandida hasta tal punto de que no se te escape absolutamente nada de lo que sucede a tu alrededor. Pero… ¿para qué quieres ese nivel de consciencia? ¿De qué le sirve al mundo?».
Yo he elgido una vida de acción, de provocar impacto y crear cosas grandes y profundas en los demás, y eso me separa bastante del monje del principio, porque mi lago es el mundo, el bambú son las personas y mis ojos están abiertos. Vivo expuesto a un sinfín de estímulos e interacciones, y todo ello provoca en mí un impacto.
Los seres humanos, como criaturas sociales que somos, interactuamos permanentemente con otras personas. Sería difícil determinar el número de contactos e interacciones que se producen en nuestro día a día, no sólo por el número, sino por la diversidad de medios por los que se pueden producir. Una antigua carta redescubierta en un cajón y vuelta a leer después de décadas también puede provocar una emoción en nosotros, aun cuando el autor ya no viva en este mundo. Si a eso añadimos que cada uno de nosotros es influido por las influencias que a su vez reciben los demás, habremos de reconocer que son muchísimos los estímulos recibidos y muchas y muy diversas las emociones que podemos experimentar. A esto deberemos sumar factores ambientales (luz, meteorología…) o físicos (debilidad, casancio, enfermedad, cambios hormonales…) para que las variables se multipliquen.
Probablemente aquí resida la explicación de una sensación que podemos sentir en cualquier momento de nuestras vidas. Sería difícil de definir (angustia, miedo, tristeza…), pero es fácil de explicar mediante la afirmación: «me siento mal» o «no estoy bien, pero no sé por qué». A todos nos ha pasado, a todos nos ocurre y a todos nos sucederá. Ya hemos hablado en otras ocasiones de las emociones básicas (miedo, ira, asco, tristeza y alegría), y probablemente esa sensación de malestar interior sea una combinación de miedo y tristeza. Se suele percibir como un pellizco en la boca del estómago, apatía, falta de ánimo, enfado, desinterés por hacer cosas… Y, lo más grave, es que no sabemos explicar qué hace que nos sintamos así.
Llegados a este punto puede ser interesante saber qué hacer. No significa que estemos en la antesala de nada malo o peligroso, pero lo cierto es que, no sólo nos hace sentir mal, sino que nos frena y nos limita como seres creadores. Cuando yo llego a una encrucijada así aplico una serie de principios que me ayudan a despejar el camino, y son los siguientes:
- Date cuenta: a menudo no somos ni siquiera conscientes de que algo nos sucede, y son quienes nos quieren los que pueden dar la voz de alarma. Si nuestra influencia en los demás cambia de tono, o nuestra ecualización se modifica, significa que algo en nosotros no está como siempre, y eso se percibe. Es fácil darse cuenta de que alguien está distinto, y eso puede significar que hay un cambio. Si recibimos un comentario en ese sentido y percibimos que hay efectivamente alguna sensación negativa significa que tal vez ni siquiera hemos reparado en nuestro malestar. Date cuenta de ello, y podrás reconducir tu vida en la dirección que deseas, que no es la del camino de la tristeza ni del miedo.
- Acepta: acepta que eres un ser humano complejo y riquísimo en emociones y en relaciones. Por muy elevado que sea tu nivel de consciencia, por muy alto que sea tu nivel de energía, siempre tendrás altibajos; forman parte de tu naturaleza. No eres el monje del lago, sino el constructor de experiencias. No hay nada de qué preocuparse ni de qué avergonzarse. Si no estás bien, pero tampoco sabes el porqué de tu estado anímico, abrázalo y dale las gracias por la oportunidad que te brinda. Y luego, busca la manera de ayudar a esa sensación a irse a otro lugar.
- Explora: empléate en descubrir con honestidad hacia ti mismo qué hay detrás de ese malestar. Contempla sin juicios todas las posibilidades, sin importar si son racionales o no; si han provocado una emoción negativa son suficientemente importantes como para tenerlas en cuenta. El mero conocimiento ya es sanador, conocer la fuente de la angustia nos libera de la propia angustia.
- Habla: comparte tus emociones, sé generoso con las personas que te quieren y permíteles ser generosas contigo. Si has encontrado la fuente de tus emociones, tal vez ayudes a la otra persona a comprenderse mejor a sí misma (somos espejos los unos de los otros), y te permitirá avanzar en tu propio crecimiento. Pero, si aún desconoces el motivo, el hecho de vocalizarlo o escuchar las preguntas o las opiniones del otro te pueden dar mucha luz. Personalmente disfruto cada vez más de este paso, para mí, tal vez el más bonito y enriquecedor, porque además sirve para estrechar los vínculos que creamos con los demás.
- Elige: es el paso de la responsabilidad y el compromiso contigo mismo. Una vez que has hecho tu viaje de exploración y descubrimiento es el momento de decidir qué vas a hacer con esa emoción o con esa experiencia. Ya eres dueño de tus propias decisiones, y como capitán del barco de tu vida, tú eliges conscientemente tu rumbo, y el miedo deja de ser quien lleva el timón.
- Actúa: no sirve de nada un propósito vacío. Haz un gesto y da el paso hacia el cambio. Literalmente, ponte de pie, cálzate, date una ducha, ponte a hacer lo que vayas a hacer, aunque sea a lo loco y sin preparativos… No importa el gesto, pero lánzate, tírate de cabeza. La acción reafirma el cambio, y tus emociones van a cambiar de manera inmediata y sólida.
- Date tiempo: si el cambio no se produce de manera inmediata, no pasa nada. Date tiempo, permítete estar abatido o con malestar, porque eso forma parte de ti. Acepta que ahora toca estar abajo, porque luego tocará estar arriba. Un truco que yo practico es darme un plazo para el malestar, y elijo conscientemente estar enfadado hasta una hora fijada. Milagrosamente, al llegar a ese momento el malestar se desvanece. Haz la prueba y te sorprenderás.
No somos seres perfectos ni estables. Es más, no somos estables y asi es como somos perfectos. Los altibajos son una parte esencial de nuestra existencia porque son ellos los que nos traen el renacimiento y el aprendizaje. Como dice el proverbio japonés: «si te tiran siete veces, levántate ocho». Ese es el camino. Sin aspavientos ni tragedias. Así que, la próxima vez que te encuentres mal y no sepas por qué, ya sabes que tienes ante ti un trabajo bonito, intenso y riquísimo en aprendizajes.


















