
Hace más de veinte años, siendo lo bastante joven como para tener intacta la curiosidad y el entusiasmo, y lo bastante mayor como para haber acumulado experiencias vitales de peso, sentí la imperiosa necesidad de conocerme a mí mismo realmente y de explorar todos esos rincones interiores que a menudo permanecen ocultos a las miradas cotidianas. Comencé a preguntar, a leer y a practicar. Entré en contacto con la meditación, con el reiki y la energía universal, con el misticismo… En definitiva con todo aquello que pudiera tener relación con mi yo no físico, y sin saberlo había comenzado una búsqueda que a día de hoy no ha terminado: empecé a buscarme a mí mismo.
Supongo que hay una época en la vida en la que las preguntas trascendentales, si es que asoman a nuestro encuentro, se ven como algo abstracto y vacío, tal vez porque no han sido formuladas desde dentro, sino recibidas desde fuera, como un catálogo de artículos que no interesan. Pero de repente llega un día en el que brotan por sí mismas, como las llamas de una hoguera en la que aparentemente sólo quedan ascuas.
Muchos autores relacionados con la espiritualidad hablan del despertar. Algunos han vivido una experiencia así después de muchos años de trabajo intenso, y otros lo han experimentado de una forma súbita. El despertar supone la toma de consciencia de lo que realmente somos, de nuestra verdadera esencia, algo que va mucho más allá de un simple cuerpo físico o de una mente capaz de pensar. Somos consciencia pura, pero una consciencia que puede permanecer dormida durante toda la vida, sin que llegue jamás a activarse.
De muchas formas diferentes, nuestra mente ha sido capaz de tejer a lo largo de los años un telón tan tupido que la luz no puede atravesarlo, haciéndonos creer que las sombras proyectadas en él son la verdadera realidad. Esas sombras son las creencias, todo aquello a lo que podemos llegar a dar valor de verdad absoluta, pero que no son sino simples interpretaciones construidas por nosotros mismos, y muchas de las veces con la ayuda de otros desde que somos pequeños. El mundo de las creencias es una verdadera selva y, como tal, está llena de todo tipo de criaturas, unas amistosas y otras peligrosas. El juego de la supervivencia interior radica en aprender a identificarlas como tales y, por otro lado, en saber elegir aquellas que nos ayudan para poder colocarlas en el lugar de las que son venenosas. Las primeras son las creencias potenciadoras, las segundas son las creencias limitantes.
El camino que podemos emprender hacia el autoconocimiento es lo que podemos denominar crecimiento personal. Y lo cierto es que no sólo se trata de algo que está al alcance de cualquiera, sino que de hecho la vida de todos y cada uno de los seres humanos que hemos sido, somos o seremos está llamada a ser un camino de crecimiento personal, y esto es así porque la vida es cambio. Nada es inmutable. Como reza el principio japonés del wabi sabi: «nada dura, nada está completo, nada es perfecto«. Nuestro propio cuerpo cambia sin que podamos hacer nada por remediarlo. Y al igual que nuestro cuerpo, nuestra mente también lo hace.
Si, como dice Dyer, somos un alma que temporalmente vive en un cuerpo mortal, la transformación de una parte importante de nosotros afecta a la totalidad de nuestro ser. Podemos decir que empeñarnos en la inmovilidad, en permanecer quietos, es también una forma de moverse, pero en retroceso, como si todos cuantos nos rodean se subiesen a un tren y permaneciésemos nosotros en el andén: en relación a ellos, cuando la locomotora arranca nosotros nos alejamos quedándonos atrás. Por eso, la forma más inteligente de afrontar el camino de la vida es en positivo, hacia adelante, y adueñándonos de la decisión de quiénes queremos realmente ser. La opción contraria podría llamarse «decrecimiento personal». Por tanto, queramos o no queramos estamos en el camino de la vida y, por tanto, sometidos al crecimiento personal en un sentido o en otro, y a nosotros, y sólo a nosotros, nos corresponde elegir en qué sentido queremos recorrerlo.
A menudo, la idea del crecimiento personal se asocia a movimientos extraños, esotéricos o de la new age, pero sin embargo se trata de algo más sencillo, más abarcable y más asequible: se trata de una actitud vital y filosófica ante la vida consistente en progresar dentro de ella para llegar a convertirnos en la mejor versión de nosotros mismos. Cada cual construye su propio sistema, el que le funciona, abierto a cualquier posibilidad y a cualquier tipo de combinación. A lo largo de mi vida he ido incorporando algunas herramientas, y eliminando otras que tal vez ya no me sirven. Humildemente no tengo todas las respuestas para nadie, como nadie tiene todas las respuestas para mí, pero sí es cierto que en el sendero del tiempo innumerables maestros van apareciendo siempre en el momento adecuado («el maestro aparece cuando el discípulo está preparado», reza el proverbio zen) para mostrarnos una nueva pista en la búsqueda del tesoro. Ese tesoro oculto que andamos buscando es simplemente YO, el yo de cada uno, la más genuina, pura y auténtica existencia de cada cual.
Tras un largo camino recorrido, hoy soy más consciente que nunca de estar metido de lleno en una empresa que jamás terminará, porque el crecimiento personal no es un camino que conduzca a algún lugar concreto, sino que consiste simplemente en caminar avanzando. Como el juego de los niños pequeños, cuyo fin no es ganar, sino simplemente jugar. Al final del sendero… sólo hay sendero.

















