
Dice la Biblia en el Génesis: «Entonces el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes«. Este pasaje siempre me ha resultado muy interesante, porque expresa de una manera atemporal una característica muy propia de nosotros: nuestra necesidad de dar nombre a las cosas. Sólo aquello que recibe un nombre puede ser comprendido, de la misma manera que sólo cuando comprendemos algo es cuando podemos darle nombre. Este principio se aplica a absolutamente todos los aspectos de nuestra vida. Sólo cuando podemos identificar con la palabra amor, miedo, aversión… a una emoción o un sentimiento es cuando lo reconocemos, y podemos actuar sobre él o con él. Por esto que acabamos de exponer es por lo que conocer el nombre científico de los seres vivos resulta tan inusualmente útil.
En el siglo XVIII, la Ilustración terminó de poner las bases de nuestro actual sistema de pensamiento. Básicamente se trató de un movimiento intelectual y filosófico que propuso utilizar la razón para mejorar la vida de las personas, haciendo del pensamiento un motor de cambio. De esta manera, la corriente racionalista acabó por consolidarse, y con ella apareció la Ciencia moderna, con un método que llega hasta nuestros días. La Zoología, la Botánica, la Geografía, la Física… prescindieron de los presupuestos basados en la fe para buscar una comprensión de la realidad a través de la razón. Son muchos los nombres de aquellos pioneros que pusieron las bases del conocimiento actual, y uno de ellos es el sueco Carlos Linneo (1707-1778).
Linneo fue un naturalista y biólogo al que se considera padre de la Taxonomía, la ciencia de la clasificación de los seres vivos. Todas las lenguas del mundo poseen denominaciones para los diferentes animales y plantas con las que se relaciona esa cultura, aunque no todas son igual de específicas a la hora de denominar a determinadas especies en concreto. Por ejemplo, según Nigel Barley, en su obra El antropólogo inocente (1989), es muy frecuente que en algunas culturas africanas, como los dowayos de Camerún, un nombre genérico sirva para designar a multitud de especies diferentes, ya que no existe un interés cultural por profundizar en su conocimiento. Linneo supo ver la importancia de clasificar tanto a plantas como a animales siguiendo un sistema racional, al comprender que el conocimiento sistemático nos acerca a la comprensión científica. Para ello, utilizó como base la lengua científica de la época, el latín, complementado con el griego cuando era necesario.
La clasificación científica es compleja, pero un conocimiento básico de la misma puede ayudarnos a entender innumerables aspectos de un ser vivo. El nombre cintífico se compone de dos palabras; la primera sitúa el género, y la segunda especifica la especie. Partiendo de la clasificación más general podemos ir profundizando cada vez más hasta determinar, no sólo de que planta o animal estamos hablando, sino de cuáles son sus parientes más próximos, y que son aquellos con los que comparten más elementos tanto de comportamiento como de fisiología. Pongamos un ejemplo: dentro de la clase de las aves podemos distinguir el orden de los paseriformes (que significa «con forma de pájaro»), dentro del cual se sitúa la familia de los fringílidos (la familia de los pinzones). Por último, dentro de esta familia encontramos el género de los serinus, con especies como el canario (Serinus canaria) o el verdecillo (Serinus serinus). Es cierto que se pueden conseguir híbridos dentro de especies de la misma familia, dada su cercanía evolutiva; así, es frecuente en el mundo de los criadores de aves obtener híbridos de canarios con jilgueros, verderones, etc. Pero con su pariente más cercano, el verdecillo, incluso una parte de su descendencia puede ser fértil. De esta manera se introdujo el factor amarillo o rojo en las líneas domésticas de canarios.
Por lo tanto, conocer el nombre científico de un ser vivo nos acerca a sus parientes, y a una comprensión más profunda del mismo. En la entrada sobre el arrendajo hablábamos de que compartía rasgos comunes con las demás especies de la familia de los córvidos, como su carácter gregario, gran inteligencia y oportunismo. Por tanto, sea cual sea el aspecto de cualquier córvido, por muy exótico que parezca, casi con toda seguridad va a compartir esos rasgos comunes. La chara azul es un ave americana que no he visto en mi vida, cuyo nombre científico es Cyanocitta cristata (según he visto en internet). Eso no me dice mucho, pero he leído que es un córvido, por lo que ya sé qué puedo esperar de ella. Con las plantas sucede algo muy parecido, de manera que si una especie es comestible o tóxica, sus parientes más próximos también lo serán.
Otra utilidad de los nombres científicos es que describen características del ser en cuestión. Pera ello resulta muy útil saber algo de latín. Urraca es un nombre onomatopéyico, es decir, que reproduce un sonido; la voz de la urraca es un graznido que suena como urracacaca… Su nombre científico es Pica pica. Un pariente muy próximo es el rabilargo, el Cyanopica cyanus. El color cian es el azul; por tanto, el rabilargo es la «urraca azul azul». A veces, el nombre científico describe hábitos. Si hablamos del Paser domesticus podemos deducir de quién hablamos: passer da passaro, y de ahí pájaro (passer es pájaro en latín; los paseriformes, recordamos, son el orden de las aves «con forma de pájaro»). Domesticus es doméstico. ¿Cuál es el pájaro más doméstico de todos? ¿Quién nos despierta por la mañana? ¿Quién se acerca en la cafetería a intentar conseguir un poco de pan? Efectivamente, el gorrión.
Por tanto, amigos lectores, os invito a que os acerquéis a descubrir el nombre científico de los seres que os rodean, y a aprender a través de él sus clasificaciones, porque vais a conocer mucho más sobre ellos de lo que os podáis imaginar. Además, mientras más conoces más fácil es aprender otros nuevos. Quién sabe, tal vez algún día tengáis dolor de cabeza y ningún medicamento a mano. Tal vez ese día estéis junto a un río a la sombra de un sauce, y al mirarlo e identificar que es un Salix spp. caigáis en la cuenta de que la infusión de su corteza contiene el mismo principio del ácido acetilsalicílico o aspirina. Porque salicílico procede del salix o sauce…

Portada de Species plantarum (1753), primer manual de flora según la clasificación moderna, elaborado por Linneo.

















