
Hace no mucho tiempo hablaba con un amigo mayor que yo, al que le faltaba un año para la jubilación, y nos contaba que, en su niñez, su padre trabajaba de dependiente en una tienda de ultramarinos y su madre, en casa. Criaron a siete hijos, todos estudiaron una carrera universitaria. Mi amigo observaba con asombro que sus padres, con un solo sueldo, sacaron a su familia adelante, y que, además, caminaban tranquilos por la calle, sin prisa, y todavía había tiempo de ir a leer el periódico al casino del pueblo. Nosotros, con menos cargas familiares y con un nivel de vida muy superior, al menos en lo material, apenas si tenemos tiempo para sentarnos a hablar con nuestros hijos o de visitar a nuestros padres. ¿Cómo es posible?
En la era de la hiperproductividad vivimos dentro de una paradoja temporal: dentro de un día de veinticuatro horas, como siempre ha sido, y corriendo mucho más que nuestros antepasados de hace solo dos generaciones, no tenemos tiempo. Las cuentas no salen. Haciendo las cosas más deprisa deberíamos terminar las tareas mucho antes, y sin embargo no llegamos a concluir todos los asuntos pendientes, llegando a ser raro que no tengamos una lista en nuestra mochila. Es más, ni siquera tenemos tiempo de reflexionar acerca del tiempo. La respuesta a este enigma está en la manera en la que nos relacionamos con el reloj. Ya hemos hablado anteriormente sobre cómo gestionar el tiempo, pero no basta con saber administrarlo: es cada vez más conveniente construir una nueva relación con él para desterrar la prisa innecesaria de nuestro día a día.
La prisa es un estado anímico que nos empuja a terminar las tareas lo antes posible, y como tantos otros tiene una indiscutible utilidad que proviene de los tiempos prehistóricos. Imaginemos una situación en la que un grupo humano está preparando alimento para poder llevarlo y comienzan signos evidentes de una feroz tormenta. Apresurarse es lo que permite terminar la tarea sin distracciones para concluir una actividad vital de la que depende la propia superviviencia. Para lograr este objetivo, el organismo debe estresarse, ya que se necesita adrenalina para que los músculos respondan a mayor velocidad. Pero el mayor riego en nuestro aparato locomotor limita la cantidad de sangre que llega al cerebro, limitando algunas de sus funciones. Resultado: mayor rapidez pero menor capacidad para tomar decisiones.
En el mundo moderno también existen momentos de prisa, en los que es esencial acortar un plazo. Pero a menudo nos dejamos secuestrar por un torbellino de prisa que no responde a causas reales o justificadas, pero que sigue causando el efecto descrito. El resultado es que vivimos en un estado de angustia permanente que limita nuestra efectividad. Por tanto sería muy recomendable establecer una relación amistosa con la prisa, eligiéndola cuando realmente sea necesaria para convertirla en nuestra aliada, y comenzar a disfrutar de la vida lenta, que es mucho más rica y amable. En contra de lo que muchos hemos llegado a creer, el reposo y la lentitud no son sinónimo de falta de eficacia, sino todo lo contrario. Para ello prononemos una lista sencilla de hábitos al alcance de todos que nos pueden permitir bajar el cuentakilómetros de nuestra vida:
- Toma de consciencia: es el primer paso, imprescindible, para poder emprender el cambio. Tenemos tanta prisa que ni siquiera somos conscientes de la prisa que tenemos. Observa tus pensamientos, observa tus movimientos, observa la lista de cosas que tienes por hacer… Date cuenta de cómo respiras, cómo te mueves, de tus rutinas diarias. ¿No tienes tiempo de hacer algo que realmente te pide el cuerpo o el corazón? Si es así no es que tu día tenga menos horas.
- Madruga: madrugar no es un castigo, sino un regalo. Robin Sharma en «El club de las cinco de la mañana» propone pautas muy rentables desde el punto de vista humano para comenzar el día de otra manera. No se trata de la hora, sino de la actitud. Cuando comenzamos el día un poco antes, todas aquellas rutinas diarias se pueden hacer con más sosiego, haciendo que nuestro ser afronte el día con menos revoluciones. Si comienzas el día corriendo, correrás todo el tiempo, así que regálate una tramo de paz personal a primera hora de la mañana, que te hará afrontar el día con un nivel de estrés inferior. Eso repercutirá positivamente, reduciendo el cansancio al final de la jornada. Esta rutina saludable se hará cada día más fácil de mantener.
- No te sobrecargues con más tareas de las que puedes asumir, aprende a «hacer un y«, es decir, compatibilizar dos tareas al mismo tiempo (por ejemplo escuchar un audiolibro mientras conduces, planchar mientras conversas, etc.). Aprende a decir «no» y a delegar, porque nunca serás capaz de asumir todas la tareas que surjan, y nadie sino tú puedes poner límites. Evita el «más», no añadas más tareas de las que sabes que tienes la capacidad de realizar.
- Ahoga a los ladrones de tiempo: ser eficiente significa utilizar el tiempo con inteligencia. Permitir que internet te secuestre aunque sea brevemente te hace perder la concentración. Asígnale un tiempo a las redes sociales, y que no impregnen todas tus actividades.
- Abandona el utilitarismo: la mayor parte de las cosas realmente importantes no son útiles ni económicamente rentables. Una celebración, un paseo, un encuentro, un café… marcan la diferencia en nuestros días. Nos permiten encontrarnos con nosotros mismos y con los demás. Aprende a distinguir lo simplemente útil de lo que es de verdad importante, y elige siempre que puedas esto último.
- Deja el reloj y apaga el móvil de vez en cuando. Permite que tu cuerpo tome consciencia de sí mismo y de las señales que recibe tanto de fuera como de dentro. Nuestros propios ritmos biológicos, los ritmos circadianos, existen dentro de nosotros. Pueden despertarnos, avisarnos de nuestra hora habitual de comer o llevarnos a la cama. Confía en ellos y en la sabiduría que encierran. Permítete disfrutar en tu próximo día de descanso de las sensaciones de la naturaleza dentro de ti,
- Elige actividades que no contengan un objetivo concreto. El objetivo de leer es disfrutar leyendo, no terminar un libro. El objetivo de quedar con amigos no es otro que el de compartir tiempo con ellos. Hay muchísimos ejemplos. Disfruta de hacer, no de lograr; de experimentar, no de conseguir. La lista es muy amplia.
En 2019 tuve el inmenso placer de asistir a una conferencia del filósofo italiano Nuccio Ordine, titulada «Elogio de la lentitud y de los saberes inútiles«. En ella, este prestigioso profesor defendía la importancia que tiene para el ser humano y para sus espíritu el cultivar aquello que sólo puede ser creado a fuego lento, como es el estudio de las humanidades, la filosofía, las lenguas, el arte. Todo aquello que no se puede comprimir en una píldora de fácil ingesta, porque exige tiempo y dedicación. Tal vez sea el momento de abandonar la hiperproductividad para retomar la hiperhumanidad. Al fin y al cabo, como me enseñó hace muchos años mi querido tío Dionisio: «No hay nada que no pueda esperar a mañana. Pero tampoco lo dejes para pasado…«.


















