
La vida puede ser tan cómoda como nosotros mismos nos propongamos que sea. Así de fácil. No en vano, nuestra mente es una máquina perfectamente diseñada para que nuestra existencia sufra el menor número posible de reveses. Y, aunque dentro de nuestra esencia subyace el impulso de conocer, de explorar y de descubrir, lo cierto es que existe el contrapunto de la búsqueda casi compulsiva de la seguridad, que crea dentro de nosotros mismos lo que conocemos como la zona de confort, que muchas veces se convierte en una verdadera trampa. No es que la seguridad, o, mejor, la sensación de seguridad sea negativa en sí misma; lo que sucede es que, en muchas ocasiones, no somos capaces de dar un paso más allá de lo que conocemos por el miedo a lo desconocido, y eso nos bloquea en nuestro camino de evolución vital, haciendo de nosotros seres estancados.
Cuando elegimos vivir instalados en la jaula dejamos de tomar el timón de nuestras vidas, y simplemente nos dejamos llevar como una hoja arrastrada por el viento. Para muchas personas es una forma de vida que les acompaña durante todas su vida. Para otras es un manual de instrucciones temporal. Pero todos, probablemente, hemos vivido así, simplemente dejándonos llevar aunque sea durante un tiempo. Pero la vida, como todo camino, está llena de encrucijadas, y sea por el motivo que sea (mundano o misterioso, buscado o encontrado fortuitamente) tarde o temprano nos obligará a pararnos, mirar y elegir. Es el momento de abrir el regalo o de dejarlo perfectamente envuelto en la estantería. Si preferimos conservar el lazo y el envoltorio, nuestros herederos disfrutarán de un paquete misterioso. Pero si queremos conocer el contenido del presente deberemos arriesgarnos a romper el papel, y asomarnos dentro. Cuando tomamos esta última decisión hemos optado por el cambio.
Elegir cambiar es en sí un acto de valentía que choca frontalmente con la vocecilla de la zona de confort. Aceptar lo nuevo, traiga lo que traiga, es como un salto al vacío, porque ya no hay vuelta atrás. No existe el «botón deshacer». Con frecuencia, la decisión viene precedida de una emoción que provoca incomodidad. Esa emoción puede ser miedo, rechazo, repulsión, tristeza…, y desencadena un pensamiento rotundo: «esto no lo quiero en mi vida». Tal vez no sepamos exactamente qué es lo que no queremos, pero una fuerza imparable nos pide el cambio. Nos planteamos enseguida un torrente de preguntas a nosotros mismos, que nos permitan comprender qué es lo que falla, o qué es lo que no nos gusta. Y de esta manera llegamos a un puerto seguro, el puerto del «qué es lo que no quiero«. En dicho puerto encontramos certezas, respuestas a la pregunta del «qué me trajo a esta situación». Es un lugar tranquilo porque proporciona seguridad y tranquilidad, y que contiene una lista, más o menos extensa, de qué es lo que no quiero, de qué errores no quiero volver a cometer, de qué maneras de actuar mías o ajenas no me gustan. Es el camino fácil. El camino del no, no, no… Y sin darnos cuenta hemos puesto el foco en lo negativo. Se trata, por tanto, de un puerto que solo es seguro en apariencia, porque no nos va a permitir avanzar. Como las sirenas de la Odisea nos dejará atrapados en una nueva zona de confort. Cuando descubras esto, oh viajero, protege bien tus oídos y vuelve a zarpar, si lo que deseas es un cambio verdadero.
En esta encrucijada es cuando se hace evidente el valor de la mirada abundante: cuando nos permitimos decirnos a nosotros mismos «qué es lo que SÍ quiero«. ¿Qué es diferente cuando cambiamos la pregunta? Para empezar hemos puesto nuestra atención en la acción, no en la reacción; ya no estamos enfocados en lo que queremos eliminar, sino en lo que queremos crear. Hemos transformado un yo pasivo en un yo activo. Dejamos de ser pasajeros para convertirnos en timoneles. Pasamos de hoja a viento. Hemos adoptado la senda de la responsabilidad vital, y ello encierra riesgos, pero también el mayor de los premios: la libertad personal. Pero para llegar a este punto, que es el puerto verdaderamente seguro, deberemos enfrentarnos a la última y más terribles de las bestias marinas: el pensamiento escaso, ese que nos dice que no merecemos, que no somos suficiente, que debemos conformarnos, que basta con las migajas, que no hay que aspirar a más. Es el camino del conformismo, el medio gas. El camino de la valentía debe llevarnos a dar este último paso: el de construir lo que sí queremos en nuestra vida. Y para eso hay que atreverse a soñar a lo grande, a imaginar sin límites, y a creer sin dudar en que existe un campo infinito de posibilidades, también para nosotros.
Jesús de Nazareth dijo: «pedid y se os dará». ¿Qué tal si empezamos por pedir la vida que queremos para nosotros? Y, mejor aún: ¿Qué tal si nos damos el permiso para vivir la vida que queremos vivir? Haz la prueba y experimenta el cambio. Deja de rechazar lo que no quieres, y empieza a poner tu atención en lo que sí quieres. Puede que al principio sientas cierto vértigo, porque tan solo el hecho de formularlo en voz alta ya produce un cambio interesante dentro de nosotros mismos. Pero haz la prueba, y convierte esta forma de hablarte a ti en parte de tus hábitos, y experimentarás un cambio definitivo en tu vida. ¿Te atreves a darte ese permiso? ¡Sueña a lo grande, y grita al mundo qué es lo que SÍ quieres!



















