
Todos hemos conocido alguna de esas historias tristes en las que una persona mayor se dejó morir porque había perdido las ganas de vivir. Y también hemos conocido algún milagro de alguien gravemente enfermo que se recuperó, o a alguien que ha vivido muchísimo tiempo precisamente por la ilusión por la vida.
Si tiene explicación científica o no es irrelevante, al menos para mí, porque no necesito pruebas para tener la absoluta certeza de que la ilusión es el combustible de nuestra alma. Los propios profesionales de la salud saben que la actitud positiva es un ingrediente fundamental tanto para la sanación como para el mantenimiento de un estado de salud óptimo. Tal vez esté relacionado con la secreción de alguna hormona o con la estimulación de las defensas. No lo sé a ciencia cierta. Pero hay algo que sí sé: la ilusión, las ganas de vivir, entran dentro del ámbito de nuestras decisiones personales y de nuestra libertad para elegir en cada momento cómo queremos vivir y quiénes queremos ser.
Hace algún tiempo descubrí que mi ser multicolor y luminoso se había vuelto gris y sombrío. Una suma de decisiones equivocadas acerca de mí mismo a lo largo de mucho tiempo me habían conducido a convertirme en una persona que hoy me parece completamente ajena. Hastiado de casi todo, cualquier actividad era algo vacío y rutinario. No había chispa en mis acciones ni en mi vida, lo que me llevaba a ensombrecer el mundo que me rodeaba. No era naturalista, ni estaba descalzo, era un prisionero con zapatos apretados. Mi renacimiento se produjo en el momento en que descubrí que mi gran regalo es la ilusión, el más genuino de los sentimientos de un niño.
Los niños viven en el descubrimiento permanente. La sorpresa forma parte de su vida, y cada pequeño milagro es algo grandioso y fascinante. Pueden pasar tiempo sin límite observando los movimientos de un insecto, recolectando semillas ocultas o desmenuzando concienzudamente una hoja para convertirla en comida para muñecas. En ese momento no hay nada más; no hay conversaciones interiores, ni obligaciones apremiantes. Sólo están ellos, su imaginación y su ilusión.
Muy a menudo, cuando empezamos a crecer empezamos copiar el patrón adulto, el de ese ser responsable que está por encima del juego y de la diversión porque eso son cosas de críos. Y por desgracia no pocas veces estimulamos ese cambio con expresiones como: «Crece», «madura», con las que marcamos a esa persona con la falsa idea de que hacerse mayor es perder la ilusión, apagar la imaginación y dejar de sorprenderte, porque se supone que los adultos lo saben todo.
No ser capaz de asumir las responsabilidades de un adulto también se puede convertir en un verdadero problema, con transtornos asociados como el síndrome de Peter Pan, el niño que se negaba a crecer. Pero hacerse adulto de manera equivocada puede ser devastador. Como en todo la clave está en el equilibrio, lo que permite convertirnos en padres atentos y responsables, verdaderos guías inspiradores, pero capaces de reír como un niño con nuestros pequeños.
Nuestra responsabilidad personal comienza por nosotros mismos y se debe enfocar hacia nosotros mismos. Hemos venido a este mundo hermoso para tener una vida plena, para brillar, y para tocar corazones. Somos una experiencia rica para los demás, somo creadores de este mundo. Y no podemos ser ese vehículo de transformación si vivimos apagados y grises. No es nuestra naturaleza. Nuestro espejo deberían ser los niños, como el propio Jesús de Nazaret nos recuerda («de ellos es el Reino de los Cielos») o los propios siete sabios de Grecia. Por ello, revive siempre que puedas a aquel niño que fuiste, y recrea sus emociones que todavía perviven en ti, y tu vida y la de quienes te rodean será mucho mejor. Ejerce cada día la libertad de elegir vivir con ilusión.
La Navidad es una época mágica, porque por una vez al año nos permitimos ser niños de nuevo y recuperar nuestra esencia dormida. Volver a la niñez segura y despreocupada es un milagro y un verdadero regalo. Disfrutar de lo sencillo, de los amigos, de la familia, de aquellos que están normalmente lejos, es un bálsamo para el corazón, porque nos recuerda aquello que sí es verdaderamente valioso: el amor. No somos lo que conseguimos, ni lo que acumulamos, ni la reputación que nos labramos. Somos esos niños que nacieron desnudos como presencia pura en un cuerpo con fecha de caducidad.
Por todo esto os digo que la noche de Reyes volváis a ser niños. Revivid la ilusión, no sólo en los más pequeños de la casa, sino en vosotros mismos y en los demás adultos. Ese día mágico tenéis la oportunidad de rellenar el depósito de combustible y de sacudir el polvo gris de vuestros hombros. Convertíos en pajes, ayudad a los Magos de Oriente en todo lo que podáis, poned nerviosos a los niños… para que nunca se apague la chispa de la ilusión. Y luego, a lo largo del año, poned queso al Ratón Pérez siempre que se presente la ocasión. Y organizad fiestas sorpresa. Porque mientras más intensamente viváis el año como niños, mayor será vuestra ilusión por vivir. Esa podría ser una estupenda revolución para este mundo que siempre está cambiando y que necesita llenarse de juegos y de risas verdaderas.

















