
Observad lo que sucede a vuestro alrededor. Cualquier mínimo detalle es una expresión de la magia que nos rodea y una lección acerca del arte de vivir. A menudo los fenómenos espectaculares, impactantes y aparentemente excepcionales nos sobrecogen y crean en nosotros un impacto inmediato, aunque la sabiduría tal vez esté contenida en lo cotidiano de una forma más fácil de ver, si sabemos mirar de forma adecuada.
La primavera es tiempo de cambio en todos los sentidos. La naturaleza renace con exuberancia después del sueño del invierno, y parece que todo brilla con una luz nueva, aunque eso tal vez sea efecto de nuestra atención también renovada. En uno de estos días ventosos podéis maravillaros por el vuelo desordenado de las hojas que cayeron hace unos meses, con las que el viento juega a hacer remolinos.
Mirando esta danza, descubro que el Universo está representando para mí una función. La hoja es el elemento visible, el más evidente. A quien vemos volar es a ella. Pero no es la protagonista, porque es el viento quien la empuja. Es su velocidad, su dirección y sus cambios lo que vemos materializado en una hoja que tan sólo se deja llevar.
La vida es una continua sucesión de cosas que ocurren, a las que podemos llamar eventos o sucesos. Son los ladrillos con los que se construye el día a día. Todos ellos tienen un impacto en nosotros, a veces imperceptible y a veces muy serio, porque siempre nos obligan a darles un significado y a tomar decisiones al respecto. Esta última es la parte más importante, porque no es el evento, sino el significado que le damos al mismo, lo que tiene verdadero valor para nosotros; es el significado que le damos lo que está detrás de ese impacto. Por eso, lo que para una persona es una nimiedad para otra puede suponer el hecho más importante en su vida.
La manera en la que nos comportamos ante un evento y, por tanto, las decisiones que tomamos al respecto nos convierten en hoja o en viento. Si recibo unas palabras de otra persona y yo les doy un significado doloroso, la emoción de la ira aparece dentro de mí: lo que era un evento neutro (unas palabras) adquiere un significado (agresión), que genera una respuesta emocional (ira). Si permito que la ira se adueñe de mis decisiones, llevándome a vivir y a actuar desde el sometimiento, y no desde la libertad, vivo como una hoja prisionera del viento. Por otra parte, puedo elegir adueñarme de esa situación (evento, significado y respuesta emocional) para actuar desde la libertad y convertirme en el viento que empuja a las hojas. La diferencia entre ambas opciones es muy notable, y los resultados que obtenemos en nuestra vida serán también muy diferentes. A ser hoja lo llamamos vivir en reacción; a convertirnos en viento, ser proactivos.
Probablemente la opción más fácil e inmediata sea la de instalarse en la reacción. Tal vez estemos programados para ello. Pero cuando elegimos actuar desde la reacción perdemos el poder de elegir, de ser libres, y de vivir la vida como queremos vivirla. Simplemente renunciamos a nuestra propia libertad de decisión. Como la hoja, dejamos que el viento nos arrastre hasta un lugar que no hemos elegido. La alternativa es elegir ser proactivos, lo que significa vivir con libertad. Tal vez no sea la respuesta inmediata, ni la más fácil, pero es la única que nos permite situarnos exactamente donde queremos en cada situación concreta.
Sólo el viento tiene la capacidad de moverse por sí mismo. Se puede aprender a vivir siendo viento. Para ello debemos identificar nuestras emociones, y reconocerlas en nuestro propio cuerpo. Las emociones se dan, no se pueden evitar. Pero sí podemos elegir qué hacer con ellas. Es como si alumbramos con una linterna hacia la fuente de un sonido, y descubrimos lo que realmente lo produce. Alimentar la alegría produce un estado de euforia, alimentar el miedo produce un estado de pánico. Pero estos estados de ánimo pueden no ser deseables a la hora de tomar decisiones. Reconocer la alegría y el miedo da la posibilidad de elegir no alimentarlos. Y desde ese estado de consciencia sí podemos hacer elecciones en la dirección en la que queramos avanzar, es decir, podemos elegir de manera proactiva.
Probablemente sea imposible no reaccionar ante muchas de las situaciones a las que nos vemos expuestos. En algunos casos ni siquiera sería recomendable (por ejemplo, en una situación de emergencia vital). Pero vivir y actuar en reacción de manera habitual tiene efectos muy negativos en nuestras relaciones con los demás e incluso con nosotros mismos. Tal vez el balance más positivo sea el de actuar como el viento durante el mayor espacio de tiempo posible.
Es muy valioso practicar una forma de vida basada en la proacción, porque nos coloca de una manera consciente en el camino de la vida que elegimos vivir. La próxima vez que un conflicto produzca en ti un estado de ánimo no deseado y que desde él tomes diferentes decisiones, acuérdate de la imagen de las hojas llevadas por el viento, y date cuenta de que puedes estar caminando por un sendero que no has elegido. ¿Qué vas a decidir la próxima vez? ¿Qué eliges ser en tu vida? Adueñarse de uno mismo es poder elegir, y ese espacio de libertad sagrado es la puerta hacia la plenitud y la autenticidad.

















