
A menudo me despierto muy temprano, antes de que suene el primer despertador de los varios que pongo por si acaso. En esas ocasiones aprovecho el duermevela para dejar fluir el pensamiento, y me vienen ideas, visiones y reflexiones muy valiosas, que proceden directamente del subconsciente, sin interferencias de la mente controladora que todo lo juzga.
Cierto día, como muchos otros, terminé de trabajar bien entrada la madrugada. Cuando uno hace el cálculo según se oye por ahí acerca de las horas necesarias de sueño (para unos ocho, para otros siete…, dependiendo del experto) y lo contrasta con su experiencia y sus necesidades se llega a varias conclusiones: una, que el tiempo ideal de sueño es el que cada cual necesita; la otra, que si hoy duermo poco mañana puedo dormir más. Así de sencillo. De esa manera queda anulada la creencia limitante de que necesito dormir siempre y cada día un determinado número de horas para estar en el mundo. Aquella noche puse mi despertador a las 06:15 para meditar antes de las 07:00, que era la hora en la que comenzaba la actividad cotidiana a mi alrededor. De esa manera quería comenzar el día de forma plenamente consciente y cargado de serenidad. Sin embargo la noche me trajo muchísimos sueños llenos de claridad para mis proyectos, lo que acabó provocando que me despertara a las 05:30. Dado que llevaba cuatro horas y media de sueño, el primer destello de mi mente racional fue darme los buenos días con un «no has dormido suficiente, quédate en la cama e intenta dormir para que alcances las horas de sueño que estipulamos anoche». Sin embargo, me sentía descansado y lúcido. Ese momento exacto es lo que yo llamo “la hora de la verdad”.
La hora de la verdad llega en ese preciso instante de lucha interna en el que la mente racional que organiza y la mente creativa y apasionada que se ilusiona entran en conflicto. Por su lado, la primera intenta controlar la situación para evitar un mal del que está convencida que vas a ser víctima: el agotamiento, la falta de productividad, el mal humor, etc. La segunda te dice que todo está bien, que quedarte en la cama sólo va a hacer que se desvanezca la inspiración, que ya arreglarás el problema cuando de verdad aparezca. Hay dos maneras de enfrentarse a la situación, y ambas provocan resultados diferentes. Ninguna es perfecta y ambas implican precios a pagar. En aquel momento elegí darle las gracias a la mente racional por cuidar de mí, pero me tomé de la mano con la mente creativa y decidí creer en mis posibilidades, en el día, en mis sueños… y levantarme. El fruto de esa decisión fueron estas líneas y esta misma reflexión que queda aquí recogida. Medité sentado sobre la alfombra de mi dormitorio durante media hora, salí a pasear con mi perra, preparé el desayuno y antes de las 10 de la mañana ya había terminado de escribir. Por delante me quedaba todo un día de trabajo intenso y prolongado, pero esperanzador, que me entusiasmaba.
Creo que no existen superhéroes madrugadores ni personas especiales por ser muy productivas. Simplemente hay personas que eligen hoy, y solamente hoy, hacer que la hora de la verdad sea el momento de creer: creer que eres capaz, creer que no va a suceder nada malo, creer que no vas a pagar un precio excesivo… Se trata de elegir en ese instante de lucha interna saltar al vacío de la vida sin miedo y escapar de la comodidad efímera de la cama cuando ya no es necesaria. Es responder a la llamada de la libertad.
Si más adelante necesitas parar y descansar, escucha a tu cuerpo y simplemente hazlo, porque es tu naturaleza la que sabe decirte lo que se requiere en cada momento, si tienes la sabiduría de escucharla. ¿Ha llegado para ti la hora de la verdad? ¿Qué eliges hacer?


















