
Como buen naturalista soy un gran apasionado de las aves. Tal vez sea el grupo de animales que más me gusta. Su comportamiento es apasionante, así como lo que evocan en el corazón de muchas personas. Su belleza es indiscutible. Y tienen otra gran ventaja, y es que, en general, soy muy fáciles de ver. Si queréis observar mamíferos (por ejemplo) os encontraréis con serias dificultades, porque suelen ocultarse de día, por lo que en la mayor parte de los casos sólo podréis disfrutar de sus huellas y rastros. Pero las aves confían en su capacidad para volar, por lo que a veces es sorprendente lo cerca que puede llegara a estar de nosotros. Por eso nunca defraudan.
La mayor parte de los naturalistas descalzos de este mundo cada vez más urbanizado no pueden escapar de la ciudad con la frecuencia que querrían, pero no por eso hay que dejar de disfrutar de la observación de las innumerables aves que vivien en nuestras ciudades, y no sólo en parques y jardines.
Una de mis aficiones es la canaricultura. Cuidar de mis canarios no es una obligación, sino un placer. Observar su comportamiento, sus interacciones, su evolución, su reproducción… es fascinante. Uno de los placeres añadidos a esta actividad lo constituyen las visitas de las aves salvajes. Mis canarios están alojados en un patio abierto, y todos los días reciben la visita de los gorriones del vecindario, que acuden sobre todo en invierno (cuando más escasea la comida) y en época de cría (cuando más necesitan para allimentar a los pollos). Desde la ventana de la cocina puedes ver con facilidad y cercanía cómo estas aves se relacionan entre sí. La pasada primavera eran al menos dos machos y tres hembras los que, con puntualidad británica, venían siempre a las mismas horas, primero solos y luego acompañados de sus pollos volantones. Como un documental en casa. El extremo lo viví hace unos años, cuando un gorrión llegó a acostumbrarse tanto a nuestra presencia que entraba hasta el salón y se acomodaba sobre la lámpara para pasar la siesta. Uno de los regalos más hermosos que te puede brindar un animal salvaje es su confianza.
Cualquiera puede invitar a las aves a visitar su casa. Hoy os propongo que convirtáis vuestra casa en un mesón para aves. Aunque el sitio ideal es un jardín, no todo el mundo disfruta de él, pero basta un balcón o, simplemente, el alféizar de una ventana. Mi padre tiene una pequeña fuente en su casa de campo, en medio del jardín, y la mantiene con agua todo el año. La lista de aves que he podido obervar allí es asombrosa: palomas torcaces, tórtolas, pájaros carpinteros, urracas, rabilargos, pinzones, picogordos, piquituertos, jilgueros, gorriones, currucas, herrerillos, mitos, carboneros, trepadores azules, etc., etc., etc. El principal atractivo en las zonas más secas es el agua. Pero si vivís en un sitio más frío, será la comida la que se convierta en el principal reclamo. Os voy a dar una serie de consejos para atraer a las aves:
- Elige un buen sitio: si puedes, escoge un lugar tranquilo y poco expuesto a la lluvia y al viento (la comida no se estropeará tan fácilmente). Si quieres observar a tus visitantes es preferible que esté delante de una ventana. A veces el reflejo del cristal nos oculta de la vista de las aves. La ventana de la cocina o de tu lugar de estudio o de trabajo son sitios ideales, por el tiempo que pasamos allí. Yo disfruto de mis invitados mientras cocino.
- Sé constante: Proporciona de manera permanente agua o comida. Cuando las aves descubren que siempre hay comida o agua en un sitio aprenden a acudir allí con regularidad. Incluso si algún día no hubiera, ellas seguirán yendo por si acaso. La mera presencia de aves en un sitio invita a otras a acudir, aunque sean de distintas especies. Recuerda que el inteligente gorrión es siempre el primero, y detrás de él acuden los demás.
- Material: a veces basta con esparcir alimento siempre en el mismo lugar, pero eso produce suciedad y también atrae a otros (hormigas, por ejemplo). Puedes utilizar para la comida un recipiente ancho y pesado, que no se pueda volcar fácilmente, especialmente por el viento. Un plato de barro es ideal para el suelo. También puedes comprar un comedero o fabricar uno tú mismo (ya hableremos de esto más adelante).
- Mantén seca la comida: retira el comedero cuando llueva, y cambia la comida si se moja. A las aves no les suele gustar la comida apelmazada, ni les atrae lo que está en remojo.
- Diversifica los alimentos: utiliza lo que tengas a mano. Puedes comprar mezcla de semillas (se venden en cualquier supermercado, aunque te recomiendo que vayas a un almacén agroganadero), o pipas de girasol pequeñas. También puedes fabricar bolas de grasa (atractivas para carboneros y herrerillos) para colgar. Yo siempre guardo los restos de pan, galletas o bizcochos; una vez picados son muy apreciados por las aves. Un naturalista atento siempre sabe sacar provecho a lo que tiene a mano.
- Mantén alejados a los gatos: son el gran azote de nuestras aves silvestres. No alimentes a los gatos asilvestrados, pero menos aún cerca de tu casa si pretendes a atraer a las aves.
- Actúa con paciencia, tranquilidad y naturalidad: no tengas prisa. Empieza a poner comida de la manera que hayas elegido, y despreocúpate, porque acabarán llegando. Evita los ruidos fuertes y en general todo aquello que pueda asustar a las aves. Pero, al mismo tiempo, actúa con normalidad: no es necesario que vivas en silencio ni que la familia tenga prohibido moverse con libertad. Al fin y al cabo, las aves son las invitadas. Cuando se acostumbren a tu presencia verás que se aproximarán a comer incluso estando tú presente. Los gorriones llegan a ser unos verdaderos sinvergüenzas. Basta con que no te perciban como una amenaza.
Es sorprendente la cantidad de aves que pueden llegar a acudir a un balcón o al alféizar de una ventana. No digamos ya a un jardín. En ocasiones, el problema al que se enfrenta el agricultor es que su huerto es tan atractivo para las aves que no sabe cómo librarse de ellas. Pone espantapájaros,CDs cogantes, bolsas de plástico, señuelos de búhos… e incluso unas máquinas que provocan detonaciones como si fuesen disparos. Nuestro objetivo debe ser el opuesto, por lo que, si queréis tener éxito, pensad de manera opuesta a como lo hace un hortelano.
Cuando vuestros visitantes empiecen a acudir podréis disfrutar cada día de un espectáculo maravilloso, que podréis compartir con los pequeños de la casa y que permite aprender cada día y practicar otras actividades como la fotografía. Es, probablemente, una de las experiencias de conexión más completas, divertidas e instructivas que puede disfrutar cualquier naturalista descalzo, viva donde viva.
















