
A menudo reflexiono sobre la propia naturaleza del ser humano, y me asomo al interior de mi mismo. Somos consciencia dotada de un cuerpo, una mente y unas emociones, que parece el reflejo de un cosmos infinito. Como una gota de divinidad que nosotros mismos no somos capaces de comprender.
Tal vez nuestra dimensión social sea la más importante de todas. Como especie evolucionamos para convivir unos con otros, para conformar sociedades en las que nos relacionamos unos con otros, creando vínculo de todo tipo desde que nacemos hasta el momento de nuestra muerte. Según he leído no hace mucho en internet, cada persona tiene un círculo de conocidos de 536 personas de media. Hay quien ha calculado que podemos llegar a conocer a 80.000 personas a lo largo de la vida. Sinceramente, los números no son algo que me preocupe, ya que antes habría que hacerse otras preguntas valiosas, como son: ¿Con cuántas personas establecemos un vínculo sincero? ¿Cuántos corazones podemos llegar a tocar en una vida? ¿A cuántos seres humanos voy a mostrarme con vulnerabilidad, tal como soy, para permitirles ver dentro de mi? La respuesta a esas preguntas sólo depende de la manera que yo elija de relacionarme con los demás.
Una parte pequeña pero muy importante de nuestro cerebro nos proporciona la mente de supervivencia. Ese cerebro reptiliano es el que nos ha mantenido a salvo a lo largo de nuestro proceso evolutivo, y es el responsable de traer el miedo a nuestras vidas. Para sobrevivir, hay que saber ver el peligro, para poder anticiparse a él. Una manera muy efectiva es la clasificación, que nos lleva a pensar de manera automática que toda serpiente es mortal, que todo lo desconocido encierra un peligro y que los cambios son malos porque nos sacan de nuestra zona segura.
Esa mente de supervivencia condiciona enormemente esas valiosas relaciones de las que hablábamos más arriba, porque nos hace clasificar a las personas y establecer juicios previos (prejuicios) acerca de lo que piensan o de por que actúan de una determinada manera. Hay muchos seres humanos que jamás se van a acercar a la mayor parte de sus semejantes para conocerlos de verdad o para dejarse conocer. Pero siempre llegaremos a establecer relaciones más profundas con algunos de ellos, que formarán nuestro círculo íntimo, de confianza. Pues bien, incluso con esas personas próximas seguimos estableciendo juicios y fabricando clasificaciones.
A menudo nos cuestionamos el porqué de la acción de un amigo o un miembro de nuestra familia. Entonces, puede que nos acerquemos a preguntar. Pero, aunque la intención sea positiva, el foco puede estar equivocado. En demasiadas ocasiones, y de manera inconsciente, ya hemos elaborado una respuesta a esa misma pregunta, por lo que vamos cargados de juicio. Y, sin querer, lo que buscamos no es conocer mejor a esa persona, sino averiguar si teníamos razón. Es lo que llamo una pregunta de confirmación. Si nuestro análisis era erróneo, se va a desatar un sentimiento de frustración, y si habíamos acertado nuestro ego se verá complacido por nuestras dotes detectivescas. Pero, en ambos casos, nuestro amigo, nuestra pareja, nuestro hijo… habrán sido un instrumento del que habremos hecho uso en nuestro propio beneficio. Esa pregunta provocará en ocasiones malestar en nuestro interlocutor, porque lo que era en principio bienintencionado puede llegar a ser percibido como un juicio o una crítica.
Crear relaciones hermosas, valiosas, auténticas… es uno de los mayores actos de amor posibles. Hace nacer la generosidad, la conexión, y todos los mejores valores de los que somos depositarios. Ese tipo de relaciones son las que se construyen gracias al arte de preguntar. El arte de preguntar es el arte de deshacerse de las respuestas preconcebidas para acercarte a quien está frente a ti. Es buscar el alma de ese ser. Y es un acto de generosidad, porque nos hace vulnerables y honestos. Ese intercambio de preguntas y respuestas constituye una danza de almas, que permite profundizar de verdad en quiénes somos y en lo que es importante para nosotros, alivia las heridas y hace que el número deje de ser importante.
Yo os invito a practicar cada día el arte de preguntar, y a que lo acompañéis del arte de responder, y veréis cómo vuestras relaciones mejoran exponencialmente. Para mí, acercarme a otra persona sin prejuicios es regalarle el corazón, y dejarle la puerta abierta para ella también pueda regalarme el suyo. Y cuando se haya producido ese intercambio podréis estar seguros de que habéis creado algo realmente importante.


