
Hoy os propongo un juego. Y os reto a que, si sale bien, os comprometáis a seguir jugando a él, cada día, durante el resto de vuestra vida. El juego se titula: «Me va a decir que sí». Es apto para todas las edades, y enseñar a los niños a jugar a él les va a reportar muchas satisfacciones. Se suele jugar acompañado, aunque una de las partes no sabe que está jugando. Ahí está lo divertido.
Veréis, este juego lo descubrí hace varios años, aunque es muy antiguo, tanto como la misma humanidad, y es muy divertido. El juego comienza estando presente dentro de nosotros mismos cuando decidimos pedir algo a alguien: autorización, un préstamo, colaboración… Lo que sea. Siempre andamos pidiendo cosas, y, de hecho, lo hacemos varias veces a lo largo del día. La mayoría de esas peticiones son atendidas. A un «me pasas la sal» nadie responde que no, y si lo hace nos deja confundidos, porque no esperamos una negativa ante una petición tan inofensiva y tan fácil de complacer.
Muchas de las peticiones, como el ejemplo anterior, las formulamos sin ningún rastro de miedo. Damos por hecho que se nos van a conceder, y además, si no fuera así, no recibimos ningún perjuicio importante. Pero, ¿qué sucede cuando tenemos miedo a la respuesta? La cosa cambia.
En el momento en que de la respuesta a nuestra petición va a depender (o creemos que va a depender) algo que consideramos importante o trascendental, se activa en nosotros el mecanismo del miedo, y las preguntas comienzan a agolparse en nuestra mente. Son preguntas sin respuesta, del tipo: «¿Y si me dice que no? Entonces ya no podré…». Lo que sea. No son preguntas verdaderas, son trampas desde el miedo. No buscan una respuesta, sino nuestra parálisis. Nuestro cerebro de reptil, que tan seguros nos ha mantenido frente a los peligros reales, considera que estamos en peligro, y quiere protegernos. «¡Quédate mejor como estás!», porque ahí fuera está lo desconocido. En la respuesta está el peligro. Si es que no, te vas a sentir mal. Si es que sí es incluso peor, porque vas a tener que moverte. Visto así, lo mejor es no preguntar.
Por todo esto, solemos tener miedo a pedir, hasta el punto de bloquearnos. A mi me ha pasado, y me pasa. Seguro que a vosotros también.
¿Qué sucedería si preguntáramos sin miedo? ¿Y si pedir un favor, un ascenso o un beso tuviera la misma importancia emocional que pedir el salero? En eso consiste el juego «me va a decir que sí».
Una vez que estamos presentes dentro de nosotros mismos y que somos conscientes de que vamos a pedir algo importante para nosotros, aparecerá la primera pregunta de manera automática: «¿Y si me dice que no?». En ese mismo instante el jugador lanza su carta mágica, y se afirma a sí mismo: «¡Me va a decir que sí!». Con convicción. El juego funciona si te lo crees. Y debes creértelo, porque funciona. La respuesta es «sí», incluso en situaciones que no podríamos creer. Esa respuesta es la que nos libera del miedo, y la que nos entrega el poder. El poder de ser y de vivir.
El Universo es abundancia pura, y conspira para darnos aquello que queremos. Es el poder de la intención, lo que Carlos Castaneda recoge como «el intento de los chamanes». Si creemos que la respuesta va a ser un sí, todo en nosotros se va a alinear para que se dé. Nuestra voz, nuestra mirada, nuestra actitud… va a predisponer al otro jugador a dar una respuesta afirmativa. Pero para mí no es solo una cuestión del inconsciente que prepara el terreno para predisponer al otro, sino que es una actitud energética. Es una oración de confianza, en la que no pedimos a Dios o al Universo, sino que damos las gracias porque vamos a recibir aquello que ya se nos ha dado sin saberlo. Jugar a «me va a decir que sí» es vivir agradecido y confiado, es vivir en abundancia.
Este es un juego en el que siempre se gana, porque ganan los dos, el jugador consciente y el que juega sin saber. Me gusta jugar especialmente cuando voy a una ventanilla y sonrío a quien la atiende, agradeciéndole por dentro y de antemano la ayuda que me va a prestar. Mi gasto de tiempo es minúsculo, y siempre consigo una solución y una sonrisa de vuelta. Esa persona que me ha atendido ha experimentado felicidad y satisfacción, se ha sentido útil y respetada, ha sido elevada. La próxima vez que vayáis a pedir pensad que os van a decir que sí, y actuad desde ese sí. Veréis que ya no querréis jugar a otro juego, tan fácil, tan bello, ni tan humano.
















