
Creo que es realmente difícil encontrar a un ser humano que no sea bello de una forma o de otra. Hay personas que destacan especialmente por su aspecto físico, pero estoy convencido de que no existe nadie exento de belleza, y tal vez sea porque somos criaturas hermosas. Cada bebé es el ser más bonito de la creación, al menos para sus padres, y estamos rodeados de personas a las que alguien ama con locura, aun no entrando dentro de nuestros patrones estéticos.
Hablar de belleza física no tiene nada de superficial, más bien al contrario. Es cierto que medir a alguien sólo por su cuerpo o por sus rasgos es un error. Pero también lo es medirlo sólo por su intelecto. Y lo es por nuestra propia complejidad: no somos sólo un cuerpo, o una mente, o un alma. Somos un conjunto formado por todo ello. Nuestra esencia está dotada de herramientas interconectadas entre sí, y el cuerpo es una de ellas. Es lo que nos permite desplazarnos, interactuar con el mundo y con los demás, captar información sensorial y comunicarnos de muchas maneras, algunas casi imperceptibles. Una de ellas es transmitir belleza.
Hablar de belleza es muy complejo, y no en vano la Estética es una rama de la Filosofía que estudia la belleza formal y su relación con el ser humano. La búsqueda de lo hermoso nos lleva acompañando desde la noche de los tiempos, como se puede ver en la decoración de objetos útiles desde la Prehistoria, y es que si tenemos que elegir entre lo meramente práctico, y lo práctico y a la vez estético, preferiremos esto segundo. Buscamos la belleza de una manera inconsciente, también en quienes nos rodean. Nos fijamos en las personas, en su aspecto físico, de manera inevitable. Por tanto, y puesto que vivimos en sociedad, debemos aceptar que también nosotros somos objeto de miradas.
El canon de belleza ha ido cambiando a través de los siglos y fluyendo con los cambios culturales. Determinados rasgos que hoy día son deseables no lo fueron hace tiempo, y al revés. Lo que significa que probablemente no exista un patrón de belleza absoluta u objetiva, y que por tanto cualquier persona es susceptible de ser encontrada hermosa. Esta idea me gusta mucho porque permite aumentar nuestra autoestima por la vía racional. ¿De qué depende entonces la belleza? Me atrevo a afirmar rotundamente que la belleza depende de la forma de mirar.
Cómo miramos a los demás marca la imagen que tenemos de ellos. Mirar desde un juicio negativo introduce filtros que nos impiden o nos dificultan la posibilidad de encontrar la belleza en el otro. De igual manera, cuando nos permitimos asomarnos al interior de una persona desde la autenticidad y desde el amor es fácil descubrir sus aspectos más atractivos.
¿Y qué sucede con nuestra mirada al espejo? Aquí es donde radica la clave de bóveda de nuestra relación con la belleza. Los seres humanos tenemos una tendencia innata a juzgarnos a nosotros mismos con una frialdad y un nivel de exigencia que difícilmente somos capaces de aplicar a otros. Buscamos los fallos, las irregularidades, las huellas de desgaste, las imperfecciones… Nos centramos en aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo. Y desde ese juicio que nace de la propia imagen mental es como nos relacionamos con el resto de las personas, provocando en ellas reacciones alineadas con eso que proyectamos: nos mostramos tímidos, damos una imagen que no es la real… para ser aceptados tal y como pensamos que los demás van a aceptarnos. Y lo que logramos es distancia a través de la timidez, superficialidad ante nuestra falta de autenticidad y falta de aceptación sincera, pues no es nuestro yo sincero aquello que exponemos.
En una relación poco desarrollada con nosotros mismos podemos llegar al extremo incluso de descuidarnos, mostrando así desprecio o desapego por nuestro propio cuerpo. Pero la realidad es que hay una correspondencia real, directa e inmediata entre la belleza interior y la belleza exterior. El mimo hacia nuestras emociones, hacia nuestro espíritu y hacia nuestros pensamientos siempre se acaba traduciendo al exterior. Tal vez alguien pudiera ser menos atractivo físicamente, y sin embargo irradia un magnetismo que lo hace resaltar con fuerza también visualmente.
Ya hemos hablado muchas veces de la relación entre el cuerpo, la mente y las emociones, y de cómo el cambio en uno de esos sistemas afecta a los restantes. Pues bien, también podemos trabajar nuestro interior trabajando nuestro propio cuerpo desde el punto de vista estético. No se trata de caer en la esclavitud de la apariencia vacía, sino en el mimo a nuestro exterior como una parte muy importante de nosotros mismos. Es importante mantener un estado de salud óptimo, pero también es importante dejarlo ver, porque no sólo estamos mostrando un aspecto más de nuestra grandeza, sino que estamos expresando agradecimiento con nosotros mismos y con esa energía misteriosa que nos ha traído aquí, y a la que me gusta llamar Dios. Asearse, perfumarse, cuidar nuestro aspecto y nuestra indumentaria… es hacer un regalo a los demás. Es inspirar, es hacer tomar consciencia. Es enviar un mensaje a nuestra mente y a nuestra alma de que importamos, de que somos suficientes, de que somos valiosos y especiales. Es trabajar una parte esencial para nuestro equilibrio emocional y espiritual. Es elegirnos porque lo merecemos.
Yo no rechazo un halago, y creo que nadie debería hacerlo. Ante unas palabras bonitas, vengan de quien vengan, una sonrisa y la palabra «gracias» son una expresión de generosidad y de aceptación. Tal vez no guste a todo el mundo, pero sí tengo para todo el mundo este mensaje: «me importo y me importas», y por eso elijo cultivar en mí esa belleza que seguro que tengo, porque todos, en mayor o menor grado, la tenemos.

















