
A menudo, los seres humanos tendemos a creer que ya lo sabemos todo. Este mal no se da a partir de una edad concreta, porque puedes saberlo todo con 15 o con 45 años. Yo creo que esta creencia aparece en el mismo instante en que encontramos lo que nos parece una plataforma segura, una zona de confort personal que nos funciona, y en la que estamos cómodos; y por eso, cuando hacemos alguna afirmación en este sentido a alguien, en el fondo nos la hacemos a nosotros mismos, para reafirmarnos, para autoconvencernos de que nuestro cobijo seguro es el mejor de los refugios, el más confortable de los hogares y la más perfecta de las vidas. Pero si es así, si es tan perfecto como queremos creer, ¿por qué podemos llegar a sentirnos atrapados hasta el punto de querer escapar? Se me ocurren más preguntas parecidas, y muchas posibles explicaciones. A lo mejor nuestra situación perfecta ya no lo es tanto porque simplemente nos hemos querido convencer de que lo era.
Hay algo nuevo que he aprendido muy recientemente, relacionado con esto, y que arranca con la forma en la que me relaciono con el trabajo: yo soy una persona muy comprometida con él, y mi ética laboral se basa, como todo en la vida, en una serie de creencias que, para mí, son verdades incuestionables, y por tanto, inamovibles:
- Yo soy el único responsable de los resultados que obtengo, pero además también soy responsable de los resultados que obtienen los demás.
- Si yo fracaso, todo el sistema se acabará derrumbando, por lo que tengo que controlar todos los aspectos de lo que hago y de lo que hacen los demás.
- Si no cumplo mis plazos puntualmente el sistema fracasará.
- Lo que yo me exijo, también me permito exigírselo a los demás, porque mi método es perfecto.
- Tengo que demostrar al resto de las personas que todo esto es verdad, y para ello tengo que comenzar por demostrármelo a mí mismo.
- Soy imprescindible.
Si os dais cuenta, la trampa está tendida: yo he puesto el lazo y el cebo, y solo tengo que meter la cabeza para quedar atrapado. Me he convertido en mi propia víctima. Un nivel demasiado alto de autoexigencia me ha conducido al peor de los males: no disfrutar de lo que hago. Cada tarea requiere una cantidad adecuada de tiempo, concentración y atención, pero cuando las abordas de forma equivocada llegas a creer que ese tiempo y esos niveles de concentración y atención tienen que ser mucho mayores de lo que realmente se requiere, por lo que se crea una carga emocional negativa que te bloquea y te desgasta, a veces incluso antes de haber empezado. Al final, la búsqueda de la perfección ha llevado al sabotaje de la excelencia. Cuando me he dado cuenta de esto es cuando he comprendido que la semilla del problema estaba en que tenía puesto el foco en el lugar equivocado. Sigo pensando que el compromiso, la dedicación, la responsabilidad… son valores fundamentales para mí. Pero hay que tener muy claro con qué o con quién nos comprometemos.
Las personas comprometidas son aquellas dispuestas a pagar todos los precios por algo. No buscan excusas ni delegan en personas o circunstancias ajenas su propia responsabilidad, sino que son dueñas de todo el escenario. Por eso el compromiso es casi un valor universal: todos queremos relacionarnos con personas así, porque nos proporcionan seguridad, estabilidad, confianza y tranquilidad. Pero cuando he reflexionado acerca de ser comprometido he llegado a la conclusión de que el compromiso solo es hacia uno mismo. Si yo me comprometo con alguien a algo, realmente me estoy comprometiendo conmigo mismo a hacer algo con esa persona o para esa persona. Si estoy comprometido con una idea, realmente estoy comprometido conmigo mismo a defender esa idea. Y así con todo. Por eso, el compromiso en el trabajo también es un compromiso con nosotros mismos: nace de nosotros y vuelve hacia nosotros. No se trata, por tanto, del trabajo: toda esa ansiedad, todo ese estrés y toda esa amalgama de emociones negativas con quien tienen que ver es con mi propio ser y con cómo me relaciono conmigo mismo a través del trabajo. Cuando olvidamos que la prioridad somos nosotros comenzamos a descuidarnos y a tratarnos mal. Este descubrimiento ha sido muy revelador.
El ejemplo de cómo nos relacionamos con nuestro yo laboral puede aplicarse a cualquier otra faceta de la vida: personas, asociaciones, actividades o incluso tareas domésticas se convierten a menudo en nuestra prioridad absoluta, y de manera consciente o inconsciente lo anteponemos a nosotros mismos y nos olvidamos de lo que requerimos como personas. Nos relegamos a un segundo lugar, y cuando eso sucede estamos generando un desequilibrio en nuestra propia vida, del que culpamos muchas veces a personas y circunstancias externas, cuando en realidad somos nosotros los únicos responsables. Nos equivocamos cuando creemos que nosotros vamos después. El trabajo, las relaciones, las experiencias… son nuestro regalo, una oportunidad constante para SER. Aprender a reconocer las prioridades es un paso fundamental para vivir de una manera auténtica, y la prioridad debemos ser siempre nosotros. Cuando vivimos en equilibrio y de manera consciente se despierta un poder ilimitado para transformar cuanto nos rodea: podemos tocar corazones, mejorar nuestro entorno, contribuir al despertar de quienes nos rodean… No se trata de hacer, sino de ser haciendo: ¿quién eres cuando trabajas de manera responsable? ¿Quién eres tú cuando cuidas a los tuyos? ¿Quién estás siendo cuando acudes puntualmente a una cita? Yo creo que estás siendo una persona que se honra a sí misma.
Creo que va siendo hora de aprender a no dejarnos de lado, a darnos nuestro valor y nuestro sitio, y a ser por y para nosotros incluso cuando hacemos para los demás. Una persona responsable y comprometida no falta a una cita sin avisar, ni deja de entregar un trabajo acordado, ni descuida a la familia o a los amigos. Si yo soy una persona así, ¿por qué dejo entoces de dedicarme el tiempo que requiero para mi propio bienestar y mi equilibrio personal? Soy incapaz de dejar plantada a una persona pero sin embargo me privo alegremente de practicar deporte. ¿Realmente es necesario llegar a enfermar para aprender a parar y a cuidar de nosotros mismos? Tal vez sería bueno escribir toda una colección de notas adhesivas en letras grandes y tenerlas siempre a la vista para recordar las preguntas que no debemos olvidar:
- ¿Cuándo vas a elegirte tú?
- ¿Hasta cuándo vas a ser el segundo plato?
- ¿Cuántas veces más te vas a dar plantón a ti mismo?
- Si no permites que nadie te prohiba ir a algún sitio, ¿por qué tú sí te lo haces?
- ¿De verdad crees que negándote y saboteándote vas a ser un mejor profesional?
- Si no te respetas, ¿cómo vas a poder respetar al otro?
Todas estas reflexiones me han traído a este preciso y precioso momento de consciencia plena en el que estoy escribiendo. Es domingo por la mañana, y he elegido levantarme temprano después de un sueño reparador. He preparado un café y he encendido la estufa para estar calentito, y llevo un rato delicioso e irrepetible de reflexión mientras aporreo el teclado y pongo en orden mis pensamientos. Soy consciente de que nunca jamás volveré a vivir este momento, y por eso es un tiempo sagrado. Es un regalo para mí, es mi tesoro, y aunque es mío quiero compartirlo contigo, que lees estas líneas. Siento que ese debe ser el foco. Soy para mí, pero contigo. Y tengo cosas que hacer, claro que sí, de la casa y del trabajo. Pero hoy he quedado conmigo, y no voy a faltar a esa cita. Porque hoy soy una prioridad para mí.

















