
Aunque no siempre somos conscientes de ello, la vida está hecha de momentos, siempre fugaces y pasajeros. Uno tras otro, como un collar hecho de cuentas, van sucediéndose para construir nuestra historia personal, la historia de una vida que no es más que eso, un relato. Ser capaces de vivir el presente, el momento, es una forma de maestría que ha sido perseguida por los sabios y místicos de todas las culturas y religiones probablemente desde que el hombre es hombre. Y esto es así por nuestra naturaleza consciente, sensible a lo efímero de nuestra vida y que nos hace tener como única certeza que algún día abandonaremos nuestro cuerpo. Tal vez por eso nuestra mente se obsesiona con anclarnos a realidades que no son tales, como un pasado que ya no es (momentos que vivimos) o un futuro que realmente no existe (momentos en los que creemos, y que anhelamos o tememos).
Cuando pensamos en lo que podríamos llamar «una buena vida» a menudo creamos imágenes de felicidad, asociadas a estados emocionales de plenitud, bienestar, equilibrio, prosperidad, falta de problemas…, que nos hacen construir un relato idealizado e inalcanzable, si es esa la trayectoria que deseamos seguir. Si es esa la vida a la que aspiras, la realidad te irá mostrando inexorablemente que nunca podrás vivir en ese estado de «felicidad» permanente. Es cierto que la vida contiene momentos placenteros, pero también contiene momentos amargos y dolorosos. No siempre el sufrimiento procede de las circunstancias externas. Es más, se podría decir que ningún sufrimiento nos cae del cielo, sino que somos nosotros los que permitimos y creamos ese estado cuando damos un significado negativo a los que ocurre dentro y fuera de nosotros mismos. Paradójicamente, somos los constructores de nuestro infierno en vida, pero también somos los potenciales creadores de una vida diferente. ¿Qué sería distinto si sustituyésemos la idea de una vida feliz por la de una vida plena?
La sabiduría popular trae una vez tras otra esa visión fatalista de la antigüedad aderezada con la idea de un yo pecador que tiene que pagar por las culpas propias y ajenas. «La vida es un valle de lágrimas», «las desgracias nunca vienen solas», «a perro flaco todo se vuelven pulgas»… y un largo etcétera de sentencias que vamos recibiendo desde pequeños y que acabamos haciendo nuestras. Es cierto que algunos de los acontecimientos que componen nuestra historia vital están revestidos de dificultad, dolor y miedo: la enfermedad grave, prolongada, dolorosa e incurable; la muerte de un ser querido, que deja un vacío difícil de tapar; el final de una relación, que nos hace sentir fracasados y solos; la ruina económica, que llena nuestra cabeza de incertidumbre y miedo hacia el futuro… Todo este tipo de circunstancias son lo que llamamos tiempos difíciles. Y si a cualquiera le dijeran que si quiere vivir voluntariamente alguno de estos tiempos difíciles la respuesta sería un «NO» rotundo. No me cabe duda alguna. Pero no se trata de experiencias que elijamos voluntariamente, sino que aparecen en el camino de manera súbita, incluso aunque nosotros hayamos abonado el campo para que sucedan. Pero son estos tiempos difíciles los que, aunque parezca extraño o difícil de aceptar, traen los mayores regalos, si aprendemos a mirarlos con otros ojos.
La mirada agradecida es ese filtro que permite dar un significado valioso para nosotros a cada acontecimiento, por doloroso que sea. Es lo que permite convertir el tiempo de dolor en tiempo maestro. La manera tradicional de construir una embarcación consiste en crear una armadura formada por la quilla y las cuadernas, que, como las costillas en el cuerpo, le dan forma y solidez. El tiempo maestro es aquel que aparece como una experiencia especialmente difícil y dolorosa, incluso traumática, que nos asoma al abismo. Nuestra naturaleza fatalista suele dibujar el peor de los escenarios posibles, en el que el miedo terrible imaginado en el futuro es siempre mucho peor que la realidad que luego vivimos. Ante una experiencia realmente difícil se abren dos caminos diferentes: el de la destrucción o el de la reconstrucción. Pero esto es solo en apariencia, porque en todos los casos (excluyendo a la muerte) la destrucción definitiva no llega. Tras la tempestad siempre vienen la reconstrucción, el renacimiento y la luz. No existe otra alternativa posible. Si somos capaces de aceptar esta verdad se abre ante nosotros la puerta del aprendizaje, y es cuando convertimos el tiempo de pesar en tiempo maestro, ese que construye las cuadernas de nuestra vida.
Hay muchas personas a las que admiro por motivos diferentes. Pero aquellas que más me inspiran son las que han atravesado el más duro de los caminos y han sabido encontrar la mejor salida. Esos son los maestros del tiempo. Mientras más difícil es la lucha, más grandioso es el premio. Son aquellas que han convertido los tiempos oscuros en tiempos maestros. Pero a menudo me pregunto si de alguna manera cualquiera de nosotros puede ser esa fuente de inspiración, y la respuesta es SÍ. Porque sea cual sea el rumbo de nuestra vida no estará exento de pasajes oscuros que tendremos que atravesar. Y en nuestra mano, y solo en ella, está el hacer de cada experiencia un verdadero tiempo maestro.
Yo no pretendo ser feliz, pero sí busco día a día hacer de la mía una vida plena, no exenta de dificultades, pero sí rica en significado. Yo no quiero vivir experiencias traumáticas ni dolorosas, por supuesto. Pero sé que vendrán, como han venido en tantas ocasiones. No sé lo que me traerá el futuro, pero tengo la determinación de hacerme a amigo de las circunstancias, de abrazarlas, de convertirlas en aliadas, para hacer de mi vida un relato lleno de significado para mí y para quienes me conozcan. Si fuésemos capaces de vernos a nosotros mismos con la mirada de los demás tal vez nunca volveríamos a considerarnos poca cosa ni indignos de recibir los regalos que nos llegan cada día. Tú, que como todos has vivido tu propia odisea… ¿cómo miras a los ojos a la adversidad? ¿Te has planteado ser el héroe de una historia por contar? Si es así es que estás en el camino de hacer de tu vida un relato tejido de tiempos maestros.


