
Cuando nacemos a esta vida somos seres puros. Sin maldad, sin apego, sin ambición… Somos seres cargados tan sólo con la misma fuerza de la intención que hace que una bellota se convierta en encina, o que una oruga coma y coma para finalmente convertirse en mariposa. Ellos no piensan, simplemete son. Estamos absolutamente conectados a la vida y a ese Universo del que venimos y al que algún día volveremos, porque en realidad nunca hemos estado apartados de él, aunque lleguemos a creer otra cosa. En un bebé tampoco hay conversaciones, sino vida en estado puro. Tal vez por eso un recién nacido sea casi tan hipnótico como el fuego, porque nos muestra lo que una vez fuimos… y lo que en realidad somos.
Todos, sin excepción, nacemos con una mochila vacía, que forma parte de nuestra naturaleza. Es el precio a pagar por tener el cerebro más desarrollado de la creación. Al principio de nuestra vida sólo somos, simplemente. Estamos vivos. Somos esencia. Pero cuando comenzamos a crecer empezamos a llenar esa mochila con una carga que nos va a acompañar para siempre. Son las ideas. Con ellas vamos conformando nuestro mapa mental y nuestra identidad. Mientras más importancia tiene cada una de esas ideas, más afecta al peso o al volumen de nuestra mochila.
Es difícil elegir esas ideas. Simplemente aparecen en la mochila. Yo me las imagino como globos. Un día aparece un globo dentro de tu mochila, un globo que alguien te ha metido dentro sin que tú te des cuenta. Ese globo se ha colado a través de una conversación, o de una experiencia. Los seres humanos vivimos regalándonos globos los unos a los otros, a veces sin querer, y otras veces con toda la intención.
Cuando a un niño le decimos lo guapo que es por primera vez en su vida le acabamos de regalar el globo de la imagen propia. Cuando le decimos que es valiente, el de la valentía. Cuando le gritamos porque rompe algo, el del sentido de la propiedad. Y así, la mochila se va llenando poco a poco, hasta que resulta difícil encontrar un globo nuevo, o uno que no posea la mayoría.
Como todos los globos, los de nuestra mochila vital también se pueden llenar con mayor o menor cantidad, y así ocuparán más o menos volumen. Una mochila abultada continene mucho, sin duda. Pero la diferencia no está en el volumen sino en el peso. Veréis, el globo de la belleza se puede llenar de agua o de helio. Una pesa muchísimo, pero el otro alivia la carga. El globo de la belleza cargado de agua implica esclavitud por la imagen, pero cuando es aceptación y agradecimiento lleva helio.
Cabe preguntarse qué hace que se llenen de una cosa o de otra, y se me ocurren muchas razones (educación, relaciones, experiencias, etc.). Pero lo interesante es descubrir que puede que lleguemos a un momento vital en el que esa carga sea inasumible, porque nos hunde hasta el punto de no poder dar otro paso.
Cuando llegamos a este punto podemos sentirnos afortunados, como siempre que tomamos consciencia, porque hay quien pasa una vida entera sin darse cuenta de que arrastra una mochila a sus espaldas. Si identificamos la mochila es cuando podemos adueñarnos de la carga para hacer algo con ella. No podemos sacar los globos, porque forman parte de lo que somos. Pero nuestra mente ha ido bombeando dentro de ellos, llenándolos de una cosa o de otra, y así es como hemos construido nuestra identidad, es decir, nuestra idea de nosotros mismos. Llámalo nuestro ego, si quieres.
A menudo hacemos daño a otra persona o a nosotros mismos, y entonces aparece el dolor. En nuestra naturaleza abundante no está el dañar, porque estamos hechos para crear, no para destruir. Y nos justificamos con nuestra frase mágica: «Yo soy así». Mi globo está lleno de agua. Pero la realidad es que podemos elegir qué hacer con cada globo de la mochila. Si conozco su contenido puedo vaciarlo del todo. Ahí quedará, pero sin aportar peso extra.
Pero… ¿Y si cambias el agua por helio? ¿Y si no te conformas con quitar peso y haces que ese globo te ayude a caminar? El agua de esos globos son las creencias limitantes. Son el «yo no puedo», «yo no valgo», «yo no soy suficiente». Si hablamos de la idea del valor, una creencia limitante es «soy un cobarde», «no sería capaz de intentarlo, porque voy a fracasar». Es limitante porque te impide avanzar, te lastra, te ancla. Pero el helio son las creencias potenciadoras, las que impulsan, las que ayudan a avanzar. Si seguimos con la idea del valor, son los pensamientos de «soy valiente», «soy capaz de hacer cualquier cosa», «no tengo límites».
La buena noticia es que todos y cada uno de nosotros somos capaces de cambiar el contenido de cada globo, porque nuestra naturaleza es ILIMITADA, como ilimitada es la intención de Dios, al cual pertenecemos. A veces observo cómo una simple hierba es capaz de crecer en una grieta del asfalto, y cómo los árboles producen frutos sin límite, que caen al suelo para nada (aparentemente, claro).
Así que empieza a creer que tú eres ese bebé al que hace unos años se miraba con amor, admiración y sorpresa. Él vive dentro de tí, y se convirtió en lo que eres sin que tú tuvieses que decidir nada. Si se hizo la mujer hermosa que eres, el hombre fuerte en el que te has convertido… ¿qué te hace pensar que no existe una voluntad superior que quiere que sigas avanzando, que vivas con plenitud?
Mira en tu mochila, rebusca, y sustituye el agua por helio, porque el viaje acaba de empezar. Está siempre empezando. Y tienes la suerte de que todavía te queda el resto de tu vida por delante.

















