
Mi madre me dijo una vez: «A los hijos hay que darles dos cosas: alas y raíces«. Las alas son para que puedan volar y las raíces son los pilares sobre los que construirse como personas. Creo que muy pocas veces en mi vida he escuchado una sentencia tan llena de saber y de amor.
Criar a un hijo es una experiencia grandiosa, difícil y exigente, aunque no necesariamente dura. Los hijos vienen al mundo sin manual de instrucciones. Ningún padre sabe serlo a priori, sino que debe aprender ejerciendo como tal, acertando en unas cosas y equivocándose en otras. Lo que funciona con un niño no siempre funciona con otro, ya que se trata de personas y, por tanto, seres complejos, independientemente de su edad. Creo también que forma parte de nuestra naturaleza instintiva la tarea de cuidar a un recién nacido, y que estamos evolutivamente preparados para ello, incluso en aquellos casos en los que no hayamos transmitido nuestros genes (hay muchas formas de ser padres). Pero también soy de la opinión de que criar no es sinónimo de educar, aunque en la mayor parte de los casos vayan de la mano. Para mí criar es una acción biológica; todos los animales que cuidan de su prole los crían (aves, mamíferos…), pero no todos los educan. Educar significa enseñar a vivir, a relacionarse con los demás y con uno mismo, a ser. Y ésta es la tarea realmente complicada de la paternidad.
Creo que una educación responsable y consciente pasa por preguntarse qué clase de padre o qué clase de madre quiero ser (y hago esta distinción porque creo que el papel del padre y de la madre son diferentes en determinados aspectos, aunque la responsabilidad deba ser idéntica). Esta pregunta conduce a considerar cuál es el resultado deseado: cómo quiero que mis hijos sean cuando alcancen la edad adulta y, sobre todo, qué tipo de relación quiero tener con ellos. De esto segundo se va a desprender lo primero, ya que aprendemos lo que vemos y vivimos, no aquello que se nos dice. Si nuestro trato es distante, obtendremos distancia. Si es amoroso, obtendremos amor. Si cultivamos la confianza, nuestros hijos confiarán en nosotros. Es importante, por tanto, elegir cómo vamos a relacionarnos con nuestros hijos desde el primer momento.
En mi opinión, y por mi experiencia, si este punto de partida está claro tendremos mucho ganado, pero hemos de ser conscientes de una verdad dolorosa: siempre cometeremos errores. Es muy común mirar atrás y decirte: «me he equivocado en esto» o «si lo hiciera otra vez, cambiaría aquello«. Pero estos errores deben ser asumidos con indulgencia, ya que pueden ser fruto de la inexperiencia, de las circunstancias, del carácter de nuestro hijo o de haber priorizado unos aspectos con respecto a otros. Si nuestras decisiones se han basado en el amor y en la responsabilidad (en este orden) no deberíamos ser excesivamente severos con nosotros mismos, ya que los errores de un lado se ven compensados con aciertos en otro.
La consciencia es el aspecto primordial en nuestra relación padres-hijos, ya que nos permitirá elegir desde la posición de qué tipo de padres queremos ser y, así, orientar nuestra actuación hacia qué relación queremos tener con nuestros hijos. Si hay algo fijo en el mundo es que todo cambia, nada es estable. El principio japonés del wabi sabi reza: «nada dura, nada está completo, nada es perfecto«. Al igual que una pieza de porcelana es perfecta en su imperfección, y eso la hace única, las personas somos seres en continua evolución, siempre inacabados hasta el momento de nuestra muerte. Por eso no debemos olvidar que los niños son una expresión viva de esta verdad. Crecen a una velocidad tan grande que con su vida nos muestran que vivir es cambiar en apenas un abrir y cerrar de ojos. Por eso, nuestra labor como padres debe cambiar también, evolucionando con ellos. Sus necesidades como personas que están aprendiendo a vivir cambian y nosotros debemos adaptarnos, pero sin perder nunca de vista qué es lo que queremos crear.
Cuando somos pequeños necesitamos cuidados básicos que garanticen nuestra superviviencia. Paulatinamente vamos necesitando autonomía personal, autosuficiencia, y herramientas para relacionarnos con éxito. Poco a poco crecen nuestras alas y debemos empezar a volar, primero a lugares cercanos e ir abriendo nuestro círculo hasta expandirlo sin límites. Esas son las alas que debemos proporcionar. Pero, desde el principio, hay que saber dar una raíces fuertes basadas en valores profundos y en creencias potenciadoras. La moral y la ética, el sentido de lo transcendente, la certeza de saberse queridos y el sentimiento de pertenencia como pilar vital. Cuando una persona crece así puede estar segura de haber recibido la más rica de las herencias, de poseer el más valioso de los patrimonios. Como adulto valoro y agradezco cada día lo que ese regalo que he recibido significa en mi vida, y tal vez por ello saboreo cada vez más mis conversaciones con mis padres, que siguen ejerciendo como tales.
¿Y si nos hemos equivocado? Siempre podemos rectificar. Wabi sabi. Todo en esta vida se puede modificar. Siempre hay un nuevo comienzo, un nuevo amanecer y una nueva oportunidad para construir la vida que queremos, incluyendo también la relación con nuestros hijos. Si crees que hay algo que cambiar y te resulta difícil no dudes en pedir ayuda. La guía es el amor, nunca el miedo. El amor es confianza, fuerza y fe.
Considero que es vital ser conscientes de que nuestra tarea como padres consiste en vivir con los hijos, no para los hijos. A la larga acabarán volando y abandonando el nido, pero lo deseable es que lo hagan con la garantía de que les hemos proporcionado las herramientas necesarias para desenvolverse en el mundo de una manera plena, consciente y satisfactoria. Si vivimos para ellos no podremos acompañarlos y además estaremos ocupando el espacio de sus propias vidas. Pero en cambio, si compartimos nuestro camino con ellos estaremos en disposición de adaptarnos a cada momento de sus vidas, para acompañarlos de la forma más adecuada según se requiera. La paternidad no es asunto de una temporada, sino que tiene carácter vitalicio, porque siempre ejerceremos como padres. Siempre seremos padres, aunque ellos nunca más volverán a ser niños.

















