
Existe una palabra mágica y poderosa donde las haya, que se utiliza muy a menudo en muchos ámbitos de la vida, ya sea en lo personal o en lo empresarial, y que tiene la capacidad de despertar emociones que, a veces, se oponen entre sí: la confianza. Ser digno de confianza, ganarse la confianza de alguien, perder la confianza… La confianza se basa siempre en la fe, nada puede justificar el que la sintamos o no, porque, cuando algo se ha dado, lo que tenemos son pruebas o certezas, tenemos resultados. La confianza, sin embargo, es una proyección de futuro, es algo no tangible, imposible de probar, no garantizable, incierto. Por eso, confiar es en sí un acto de valentía, y cuanto más importante es para nosotros aquello por lo que apostamos mayor es el riesgo que asumimos al confiar.
Nuestra experiencia en la vida tiende a hacernos desconfiados con los extraños, y exigentes con aquellos a los que queremos o que nos quieren, porque son, precisamente, de quienes más esperamos. Por eso, si alguien «falta a nuestra confianza» lo interpretamos como una traición: nos han fallado. Puedes esperar que un extraño no sea digno de confianza, pero nunca lo esperas de un amigo, un familiar o tu pareja. Y si sucede, entonces aparece la decepción.
Llegados a este punto es interesante pararnos a reflexionar sobre el verdadero significado de la confianza. La palabra «confianza» se puede entender de dos maneras diferentes, una relacionada con la predicción, y otra con la capacidad que tenemos los humanos de elegir. Los resultados que obtengamos en una situación dependerá de cuál de los significados escojamos a la hora de confiar en el otro. Pongamos un par de ejemplos: si realizo una compra en internet en un lugar en el que he comprado otras veces y que siempre ha cumplido con su compromiso, tiendo a pensar que, si recibo un aviso de que mi paquete será entregado hoy por la tarde, efectivamente ese paquete me será entregado conforme a la información que he recibido. En ese caso, mi confianza es una predicción basada en una experiencia previa, y procuraré estar en casa a esa hora porque «sé» que lo recibiré. Cuando la entrega se hace en el momento prometido se refuerza mi confianza hacia esa empresa, porque las predicciones que rodean a mi relación con ella «siempre» se cumplen. Pero si mi paquete se pierde o llega con retraso entenderé que no puedo confiar en los servicios de esa empresa, no puedo prever si realmente mi compra llegará como yo espero o no. Este ejemplo frío se puede aplicar a ese amigo que siempre llega tarde, a esa persona que cuenta a los demás lo que nosotros le hemos confiado, etc. La vida está llena de ejemplos, y cada uno de ellos trae un aprendizaje.
Pero existe otro significado, el que tiene que ver con las capacidades del otro: consiste en creer en la capacidad que tenemos de elegir hacer lo correcto. Esta opción no se basa en la experiencia anterior, porque se elige libremente. Se trata de un salto al vacío, pequeño o grande, y es un regalo. Cuando yo confío de esa manera estoy dando la oportunidad al otro de hacer las cosas bien. Cuando yo elijo creer que la persona que tengo delante tiene la capacidad de obrar correctamente, le entrego el poder de mostrar su grandeza. Si elijo esa manera de confiar, la confianza sigue estando en mí, y ya no depende de lo que la otra persona haga o deje de hacer, ni de lo que yo prevea que será su manera de actuar.
La semana pasada jugué a algo que yo llamo «el juego de la confianza». Me encanta comprar y vender cosas de segunda mano. Para cualquier persona con consciencia, y si eres un naturalista descalzo con más razón, cuando vendes algo que ya no necesitas estás estrechando el círculo del consumismo, estás reduciendo los residuos que generarías de otra manera y estás ahorrando dinero. Tenía en casa un radiador de aceite que ya no utilizaba pero que estaba en buen estado, así que lo puse a la venta y una persona contactó conmigo. Enseguida llegamos a un acuerdo, y, aunque era de noche, le ofrecí acercárselo en un momento, lo cual aceptó y valoró. Al llegar al portal de su casa me invitó a subir para probar el aparato antes de pagarme (evidentemente él no confiaba en mí), pero siendo tarde elegí otra cosa, y le hice la siguiente propuesta: que se lo llevara tranquilamente para probarlo, y que si estaba en buenas condiciones me enviara el dinero o que buscara alguna fórmula para hacérmelo llegar. Esta persona me miró con extrañeza cuando afirmé con aplomo: «El radiador va a funcionar bien, y sé que me vas a pagar. Yo confío en ti, puedes estar tranquilo. De verdad«. Al día siguiente recibí un mensaje por la mañana en el que esta persona me daba las gracias por todo. El calentador lo había puesto en la habitación de sus hijos y funcionaba perfectamente, estaba muy contento, pero notaba su nerviosismo cuando me proponía varias vías para poder pagarme: él quería cumplir su compromiso, y no se quedó tranquilo hasta que me hizo llegar el dinero. Con este acto de confianza, pequeño pero poderoso, le di la oportunidad de demostrar su grandeza, su honorabilidad, que es un ser digno de confianza, que puede ser su palabra. Y que, en la vida, siempre podemos elegir confiar en los demás, aun cuando pueda pasar que nuestras previsiones no se den. Si alguien incumple su palabra se perjudica a sí mismo, «es su problema», y yo siempre disfrutaré de la libertad de poder confiar cuantas veces quiera, independientemente de la respuesta que reciba. Mi poder está en elegir confiar. Además, tengo la intuición de que, igual que en la película «Cadena de favores» las buenas acciones se van encadenando y vuelven a nosotros, el juego de la confianza ayuda a hacer de este mundo un lugar mucho más humano.
Pero… ¡Cuidado! Que confíes no significa que debas soportar las consecuencias del mal hacer de otros. Yo puedo seguir confiando siempre en que la otra persona tiene la capacidad de obrar bien, pero también puedo elegir apartarme y protegerme de quien recurrentemente me hace daño. Dicha esta salvedad, te invito a que aprendas a mirar con los ojos de la confianza a quienes te rodean, independientemente del tiempo que haga que los conozcas. Siempre que lo elijas, puedes confiar en un extraño, en un vecino, en un compañero de trabajo… Haz la prueba, y juega al juego de la confianza con cosas pequeñas. Te sorprenderás de lo que va a aparecer en tu camino, un montón de pequeños milagros que la grandeza humana es capaz de obrar y, así, contribuirás a hacer de éste un mundo de aliados. Al fin y al cabo, si alguien confiase en ti… ¿Cómo obrarías? Ahí tienes tu respuesta.


A confiar!
A confiar!
Para mí, la confianza es la seguridad en uno mismo y la esperanza que se deposita en los demás.