
¿Cuántas veces nos hemos sentido solos? ¿Quién no ha tenido la sensación de soportar sobre sus hombros una carga imposible de llevar? ¿Quién no ha vivido, aunque sea por un minuto, con la idea de que, aún rodeado de personas, no tenía a nadie con quien contar? Supongo que esta sensación, este pensamiento, esta idea, forma parte de una trampa mental que acompaña al ser humano por propia naturaleza y que, probablemente, todos, en mayor o menor medida, hemos sufrido sus estragos. Y no es fruto de la debilidad, sino, probablemente, de todo lo contrario: de un exceso de fortaleza mal entendida.
Alguien experto en Antropología o en Psicología podría, posiblemente, proporcionar una explicación más científica a las causas de este fenómeno, aunque creo que no hay nadie que yo conozca, y con quien haya conversado sobre este tema, que no haya experimentado esta sensación de soledad ante algún problema alguna vez en su vida.
El escritor estadounidense David Foster Wallace afirmó rotundamente que «todo apuntala mi profunda creencia de que yo soy el centro del universo, la más real, vívida e importante persona en existencia«. Si nos paramos a reflexionar, tomando distancia de nuestro ego y de nuestros pensamientos (cosa que puede facilitar la meditación), aunque solo sea por un instante, podemos darnos cuenta de cómo para nuestra mente todo es relativo a nosotros mismos. Cuando un motorista va circulando, el sonido de su moto lo acompaña de una forma continua, como parte indisoluble de su trayecto; pero el peatón que lo ve va perdiendo el sonido en la distancia e incluso lo percibe modulado por el efecto Doppler. La pregunta que podemos hacernos es: ¿Cuál es la verdadera realidad, la del motorista o la del peatón? ¿Cuál es el sonido que, realmente, vibra en el aire? La respuesta es que ambos, aunque depende de quién sea el protagonista, si el peatón o el motorista. Lo que sucede es que, a menudo, somos los motoristas y olvidamos que existen tantas realidades como seres humanos, y eso produce sensación de soledad. Hay tantos motoristas, tantos centros del universo, como personas. Y eso significa algo: aunque no podamos percibirlo, no estamos solos. Simplemente sentimos que estamos solos.
Tal vez el individualismo sea una de esas enfermedades de las que adolece nuestra sociedad, porque reemplaza la fuerza que proporciona la confianza por la debilidad que provoca el miedo. No sé si es un mal que viene de antiguo y si brota de nuestra propia esencia, pero de lo que estoy seguro es de que está presente en la vida de muchas personas en un periodo, el actual, en el que los instrumentos que permiten la comunicación son más poderosos, accesibles y fáciles que nunca.
Afrontar los problemas que surgen en el transcurso de la vida es algo que en muchas ocasiones tendemos a hacer solos y, a menudo, somos nosotros mismos quienes encontramos una solución que funciona, y eso está bien. Pero está claro que vivimos en una sociedad en la que tendemos cada vez más al individualismo, lo cual dificulta en muchos casos el hallazgo de la salida a un problema, sobre todo cuando este nos afecta más. La combinación de otros elementos como una autosuficiciencia mal entendida, creencias limitantes (como la de estar solos), o emociones (como es la vergüenza), ayudan a crear un caparazón que nos aísla del exterior y nos impide ver. Veamos esto con un poco de detenimiento:
- Cuando hablamos de autosuficiencia mal entendida, nos referimos a algo diferente a la autonomía; una persona autónoma es capaz de resolver por sí misma sin depender de los demás, utilizando sus propias capacidades, sin olvidar que uno de esos instrumentos puede ser contar con ayuda externa, y que uno de los recursos más útiles lo constituye nuestra red de contactos.
- Entre las creencias limitantes (aquellas que no nos impulsan, sino que nos lastran) podemos encontrar la de «estoy solo» o «no tengo a nadie», lo cual únicamente es cierto en el caso de que seamos el único ser humano superviviente sobre la faz de la Tierra. El hecho de que no conozcas a alguien no significa que ese alguien no exista ni que no esté en disposición de prestarte ayuda o consejo. Cuando hacemos nuestra esa creencia, nos instalamos en el miedo y creamos soledad y aislamiento.
- Entre las emociones que nos limitan, una de las más poderosas es la vergüenza. Rafael Bisquerra la define como «un sentimiento penoso de pérdida de dignidad, por alguna falta cometida por uno mismo«, por lo que se relaciona con la culpabilidad. Cuando dejamos de pedir ayuda por vergüenza, añadimos aún más peso a nuestra mochila, ya que incluso nos culpamos a nosotros mismos por atravesar una dificultad.
En definitiva, son muchas las razones por las que no pedimos cuando necesitamos hacerlo y, por mi propia experiencia, se trata de un error. En la vida hay que saber pedir y también saber cómo pedir. Hace pocas semanas, viví una de esas situaciones de preocupación que me provocaba angustia y bloqueo, debido a que debía tomar una serie de decisiones que, a priori, parecían difíciles, dolorosas y de resultado incierto. El miedo me impedía ver cuáles eran mis opciones, y la vergüenza de creerme el artífice de mi propia situación me empujaba a esconder mi problema. Pero la iluminación vino como un destello cuando me di cuenta de que podía contar con mi familia para multiplicar mis opciones; en ese mismo fogonazo de luz, en el mismo instante de cambiar mi perspectiva, la vergüenza y el miedo se disiparon. Me mostré vulnerable, y expuse con franqueza y sencillez mis preocupaciones y mis necesidades, y lo que encontré superó con mucho mis expectativas: no solo afloró el deseo de ayudarme, sino que se despertó un torrente de agradecimiento por el hecho de haberme expuesto y de dar la oportunidad de ayudar. Mi situación ha mejorado significativamente, tanto en mi manera de afrontarla como en los resultados que estoy comenzando a obtener.
Hace pocos días, escuchaba un podcast en el que se comentaba una idea que me pareció muy valiosa: últimamente, el concepto de la «media naranja» se encuentra muy desprestigiado, y parece que ya nadie necesita a nadie. Pero debemos matizar este modelo. Nadie está incompleto sin una persona al lado, no necesitas a alguien a tu lado para ser una persona completa y todos somos perfectos en nuestra singularidad. Pero todos necesitamos a los demás. Y elijo conscientemente la palabra «necesitar», porque está en nuestra naturaleza vivir en comunidad, apoyarnos y apoyar. Somos nuestras relaciones, aprendemos en ellas y crecemos con ellas. No podríamos ser seres completos desconectados del Universo y nuestro anclaje con el Universo se trenza con las relaciones personales. Por ello necesitamos a todas esas personas que nos rodean y que nos complementan, sea cual sea el tipo de relación que tengamos con cada una de ellas.
Está claro que, cuanto más das, más recibes. Y precisamente por eso, regalar nuestra vulnerabilidad es entregar a los demás la posibilidad de elevar su nivel de humanidad de manera notable. Los seres humanos estamos diseñados para la solidaridad y creados para el amor. Cuando te encuentres ante un problema, una preocupación o un desafío, mira a tu alrededor y busca a quién vas a regalarle la oportunidad de tenderte la mano.

















