
Llevan en el planeta desde hace unos 380 millones de años, y están representados por unas 100.000 especies. El ser vivo más grande de todos es uno de ellos: la secuoya gigante, cuya referencia mayor es la de un ejemplar de más de 90 metros y un peso calculado alrededor de las 6.000 toneladas. Me estoy refiriendo a los árboles.
Los árboles están a nuestro alrededor, presentes de una manera más o menos evidente. Son el ingrediente esencial de nuestros paisajes, el soporte para la vida de innumerables seres, insustituibles colectores del carbono atmosférico… Silenciosos, aparentemente inmutables, se asoman a nuestras vidas a cada paso, y, a pesar de su gran tamaño casi nunca reparamos en ellos. Por eso los llamo los gigantes invisibles.
En uno de mis paseos diarios descubrí hace un par de días, muy cerca de mi casa, el follaje rojo de un árbol imponente, que deduje que se trataba de un tipo de haya. Las hayas ibéricas se encuentran distribuidas de manera natural por la zona cantábrica y pirenaica, donde el clima oceánico les proporciona la humedad que necesitan, y en concreto en zonas más altas donde el frescor es mayor y se reduce la evaporación. En seguida me puse a reflexionar acerca de la capacidad de los árboles para adaptarse a entornos que pueden resultarles hostiles. Vivo en el sur de Iberia, donde los veranos son extremadamente secos y calurosos, y jamás verás un hayedo en la naturaleza. Y ahí estaba, en su jardín, superando en altura a la propia casa a la que adorna, y dando una pincelada rojiza entre los verdes vivos que predominan en estos días. A esta amiga le basta el riego para brillar, y eso me resulta admirable. Los humanos vivimos en la queja, mientras que los árboles sólo saben de abundancia. No cuentan las hojas que dan, ni los frutos que producen, sólo crean incesantemente.
Yo quiero ser como un árbol, y para eso quiero conocerlos y aprender de ellos. Cuando era pequeño me interesaban mucho más los animales que las plantas, probablemente porque son más divertidos. Pero con los años cada vez me gusta más la botánica, y dentro de ella siento predilección por los árboles. Son plantas de tallo leñoso (producen madera, a diferencia de las herbáceas), con un complejísimo sistema de raíces (sistema radicular muy desarrollado) y hojas en sus ramas. Su diversidad es tal que se pueden clasificar atendiendo a numerosos criterios, y también existen intrusos a los que damos el nombre de árbol sin serlo (las palmeras, por ejemplo). Una primera aproximación sería la de dividirlos entre los de hoja caduca (pierden todo el follaje a la vez al llegar la estación fría) y de hoja perenne (siempre verdes). Se agrupan en familias, cuyo conocimiento es muy útil porque nos permite entender mejor a estos seres, ya que los parientes comparten caracterísitcas entre ellos.
En la mayor parte de los casos, si nada se lo impide, los árboles viven formando bosques. El bosque es mucho más que una colonia de árboles, es una formación vegetal muy compleja formada por árboles, arbustos y hierbas, que viven en simbiosis con hongos, bacterias y un sinnúmero de organismos (algunos microscópicos, y otros tan grandes como el elefante). Es tal el impacto de los árboles en el planeta que son capaces incluso de crear suelos. Por ello es tan importante su estudio y tan interesante su conocimiento: entender su vida es la llave que abre la ventana de la naturaleza.
Con esta reflexión de hoy doy comienzo a un viaje para descubrir a esos gigantes invisibles que nos rodean. Iremos repasando las características de los árboles más comunes, que no por ello dejan de encerrar sorpresas escondidas, y que nos acompañan en silencio como expectadores de nuestro ajetreo sin que nosotros reparemos en su presencia discreta. Tal vez descubramos que vivimos en un bosque, y ni siquiera lo sabíamos.


