
La vida es como un río, que no se puede detener. La mía, como la de tantísimas otras personas, consiste en un sinfín de tareas, compromisos, obligaciones y responsabilidades entrelazadas con sueños, proyectos, anhelos y deseos que no siempre llegan a materializarse. Soy una persona realmente productiva, y muchas veces me preguntan que cómo soy capaz de hacer tanto. Mi día está hecho de 24 horas, tiempo del que todos disponemos, desde el famoso multimillonario ultraproductivo hasta una monja de clausura dedicada al rezo y la contemplación. Por eso el tiempo es tan valioso, porque es un bien extremadamente limitado. No se puede comprar, vender, alquilar ni producir. En los últimos años he leído muchos libros relacionados con el crecimiento personal, algunos buenos y otros de fama poco merecida. Robin Sharma, autor del magnífico «El monje que vendió su Ferrari» tiene uno titulado «El club de las cinco de la mañana», centrado precisamente en cómo lograr aumentar nuestra productividad mediante una organización diferente del día.
He estado un tiempo sin escribir nuevos artículos en El Naturalista Descalzo. Desde que comencé este proyecto he sido muy cumplidor, escribiendo con mucha regularidad e intentando descubrir hasta donde llegaba cada entrada. En un día de 24 horas lleno de un sinfín de tareas, compromisos, obligaciones y responsabilidades entrelazadas con sueños, proyectos, anhelos y deseos, solo existen dos maneras de lograr encajar todas las piezas. La primera es aprender a gestionar el tiempo, que implica organización y, sobre todo, evitar perderlo en distracciones insconscientes. Esa parte es la más fácil. La segunda, sin embargo, es la más dolorosa, la que conlleva un mayor desgaste emocional: elegir en qué queremos emplearlo, porque cada vez que elegimos hacer algo estamos renunciando al resto. Cada minuto dedicado a ver vídeos cortos, a consumir publicidad o a jugar a juegos adictivos en el móvil sólo puede ser dedicado a eso, y ese minuto jamás volverá. Cuando ese tiempo se convierte en horas estamos empleando una parte muy importante de nuestro mayor, más escaso y más valioso de los recursos en algo sobre lo que no tenemos el control o que no hemos elegido libremente. A mí también me pasa, y aunque procuro que sea lo menos posible también caigo a veces en una trampa diseñada por gente muy capaz para cerebros humanos como el mío. Hay que ser consciente, no sentirse culpable. Pero, ¿qué pasa cuando hemos conseguido liberarnos de los ladrones de tiempo y nuestro depósito de tiempo no tiene fugas? Pues que queda lo realmente importante, y para eso también hay 24 horas, ni un minuto más.
Si cada vez que elegimos estamos renunciando a todo lo demás, y cuando vivimos de forma consciente hemos logrado limitar el efecto de los ladrones de tiempo, el escenario que se presenta es difícil de manejar. Para poder hacer todo aquello que es valioso para nosotros y hacer que encaje con lo irrenunciable debemos hacer sacrificios. Lo irrenunciable tiene que ver con lo vital desde un punto de vista biológico: todos necesitamos dormir, alimentarnos, asearnos (cuerpo, vestido y vivienda)… si queremos estar sanos. Pero vivimos en sociedad, compartimos nuestra existencia con otras personas con las que convivimos, y es esencial destinar tiempo suficiente y de calidad para ellas, especialmente familia y amigos. No hay que olvidar que, en la inmensa mayoría de los casos, debemos trabajar para mantenernos. Eso nos deja una parte reducida del día para aquello que es valioso pero no vital (desde cierto punto de vista, claro). Si quiero desempeñarme como persona completa y desarrollar todas las facetas posibles de mi vida entonces debo ser consciente de la limitación tan severa que supone el tiempo. Es el momento de elegir a qué le robo tiempo para destinarlo a nuevos proyectos u otras actividades que también son importantes para mí. La elección debe ser siempre meditada con cuidado, ya que los precios a pagar pueden ser más altos de lo que pensamos, y más si no llegamos a pensarlos previamente y simplemente aparecen de manera súbita cuando ya no somos capaces de dar marcha atrás. ¿Cuántos problemas de salud acarrea la falta de sueño? ¿Cuántas relaciones se ven sacudidas cuando el desarrollo profesional se come el tiempo de la familia? La lista puede ser amplia.
Creo que el deseo de ser ilimitadamente productivos, la ambición personal o la simple falta de reflexión a este respecto nos han conducido a lo que llamamos la «vida rápida», en la que seguimos teniendo las mismas 24 horas que nuestros ancestros pero queremos multiplicarlas haciendo mucho más, muchísimo más, de lo que realmente tiene cabida. A la creación de esta forma de vivir hemos contribuido todos, y probablemente lo hacemos cada día: desde el mundo de los negocios, desde una idea mal entendida del crecimiento personal, desde las ambiciones y aspiraciones legítimas, desde la preocupación por el futuro que nos empuja a convertir a nuestros hijos en consumidores compulsivos de actividades de formación que les abran puertas en el futuro, etc.
Frente a los efectos de la vida rápida existen antídotos, y el principal de ellos, para mí, es elevar nuestro nivel de consciencia y simplemente darnos cuenta, llegado el caso, de que estamos en un tobogán en espiral que nos conduce de manera trepidante y descontrolada cuesta abajo sin que podamos decidir nuestro propio camino. Creo que estamos diseñados con un sistema de alarmas perfecto que nos avisa de cuándo algo no va del todo bien. Esas alarmas son físicas, pero también mentales y espirituales. Afecciones de salud relacionadas con la espalda, trastornos digestivos, problemas cardiacos, pérdida de pelo, debilidad de las uñas, cansancio… Aspectos como el insomnio, la tristeza, el estrés o la agresividad… Sensaciones de desconexión, insatisfacción, sentido de pérdida… Si sientes algo así, detente y reflexiona, porque tal vez estás escurriéndote cuesta abajo por una ladera resbaladiza y no eres del todo consciente.
Hace poco escuchaba una entrevista con Pablo Dórs, fundador del movimiento de meditación «Amigos del Desierto», en el que reflexionaba acerca de la máxima de «aprovecha el tiempo«, y venía a decir que tendemos a ver el tiempo como una naranja y que queremos exprimirlo en lugar de saborearlo. Eso me llevó a la reflexión sabia que me hizo mi abuelo, que yo no supe entender hasta muchos años después: «el que dice el tiempo es oro lo convierte en calderilla«.
Soy una persona muy productiva. Aspiro a hacer de mi vida una experiencia rica y valiosa para mí y para los demás. Debo dormir, alimentarme y asearme, cocinar, lavar la ropa, hacer la compra y limpiar la casa. Debo trabajar para mantenerme y tengo un trabajo maravilloso pero muy exigente, sobre todo en determinados periodos del año. Mi familia y mis amigos son un pilar fundamental en mi vida y procuro cuidar todas mis relaciones. Además, necesito hacer ejercicio regularmente para sentirme bien por dentro y por fuera. Y tengo proyectos muy interesantes y valiosos, como El Naturalista Descalzo. Pero mi día tiene 24 horas. Hace algunos años aprendí la manera de tomar el timón de mi vida para evitar esa sensación de zarandeo y descontrol y sentir que soy el dueño de mi tiempo: esa manera es, simplemente, parar. Aprende el arte de parar, disfruta de levantar el pie del acelerador y, cuando lo requieras, no corras, camina. Siéntate a un lado del camino, y, conscientemente, no hagas nada, solo respira. No abandones tus proyectos, sobre todo si son valiosos e importantes para tí, pero apárcalos por un tiempo si es lo que requieres. Regálate un tiempo de oro y no de calderilla, saborea la naranja y no tragues su zumo. El camino sigue ahí, esperando a que vuelvas a caminar cuando hayas descansado, y tu energía se habrá renovado de forma milagrosa.


Maravilloso! Gracias🙏
Excelente reflexión!
Sabios pensamientos y reflexiones amigo Joaquín