
Si hay algo que hace feliz a todo buen naturalista es cultivar plantas. Pocas cosas me producen una sensación de calma tan grande como cuidar de ellas. Su vida pausada me hace plantearme la agitación de la mía propia, y su generosidad y adaptabilidad son una verdadera lección de vida.
Tendemos a pensar que son seres muy poco exigentes, que se conforman fácilmente. Pero esa percepción nos lleva muchas veces a maltratar a nuestras compañeras de habitación, llegando incluso a ocasionarles la muerte. Hay personas que tiene buena mano para las plantas, y otras a las que se les secan «hasta las de plástico», como he oído decir muchas veces. Pero yo no estoy de acuerdo con eso, ya que yo mismo aprendí a mejorar mis habilidades como jardinero.
Hoy puedo decir que tengo una mano excelente con las plantas. No sólo sé mantenerlas, sino también sanarlas y reproducirlas. ¿Cuál es el secreto del naturalista descalzo? Observarlas y conocerlas. Hay especies más exigentes y otras más adaptables, pero la diferencia entre hacer que una planta simplemente sobreviva o que esté sana y feliz parte del conocimiento que tengamos de ellas.
En primer lugar, debemos tener en cuenta que las plantas «de interior» no existen. Todas son de exterior. Lo que sucede es que muchas de nuestras especies decorativas proceden de zonas del planeta con condiciones muy diferentes de las nuestras, en cuanto a temperatura, humedad ambiental, tipo de suelo e incluso la forma en que caen las precipitaciones. Por ello, mientras más sepamos de ellas, mejor: su origen, las condiciones en las que viven, los paisajes naturales de los que forman parte, etc. Estos datos nos proporcionan información muy valiosa sobre su ubicación dentro de nuestras casas, en cuyo interior las condiciones son más estables y controladas. De ello hablaremos en otra entrada.
Pero una de las asignaturas más difíciles en la carrera del jardinero doméstico es la del riego. Un riego inadecuado puede provocar la muerte de nuestras plantas. Teniendo en cuenta que cada especie suele proceder de entornos diferentes, no existe una fórmula universal para todas, pero sí hay una serie de trucos que yo utilizo que me resultan útiles para las variedades más habituales.
Un primer aspecto que tengo en cuenta es elegir el momento del riego. No suelo regar todas el mismo día, sino que observo su aspecto y el de la tierra. Especies como el espatifilo comienzan a languidecer cuando les falta agua. Otras no nos avisan con tanta claridad, y hay que observar la tierra. Esta debe estar húmeda, pero no encharcada. Si el mantillo se retrae y queda hueco entre el cepellón y la maceta es que la tierra está demasiado seca. No se debe llegar a ese extremo. El sustrato debe estar esponjoso y suelto, y con sensación de humedad si clavamos el dedo. Debemos estar vigilantes en verano, o incluso en invierno si la calefacción es fuerte.
En segundo lugar, siempre debemos evitar el encharcamiento, porque produce putrefacción en las raíces. A mi me gusta usar vasos decorativos para poner los tiestos dentro, y así evitar manchar los muebles. Pero siempre hay una capa generosa de arlita (unas bolas de arcilla expandida que se usan como aislante en azoteas y tejados) en el fondo del mismo. Así, el exceso de agua se almacena allí y mantiene la humedad sin que las raíces toquen directamente el agua.
Otro aspecto interesante es el agua que utilizamos. Como buen naturalista descalzo yo lo aprovecho todo, incluso el agua. Cuando hago un cambio parcial de agua en el acuario utilizo el agua que desecho para regar. Suele ser agua rica en nitrógeno y libre de cloro, por lo que las plantas la agradecen mucho. Otra agua que me resulta muy útil es la procedente de la condensación. El aire acondicionado y las secadoras proporcionan a veces un suministro sorprendentemente abundante. La ventaja de este tipo de agua es que es como la de lluvia, sin ninguna sal disuelta, por lo que no altera la composición química del sustrato por adición de minerales. Esta técnica es muy útil para el riego de orquídeas epífitas, como las populares phalaenopsis. Y, por supuesto, cuando llueve con generosidad las plantas agradecen esa ducha fresca, que no sólo las humedece, sino que limpia sus hojas. Si podéis, sacadlas a todas a pasear bajo la lluvia en vuestro balcón, patio o jardín.
Y por último quiero recomendar el riego por inmersión. Yo utilizo un cubo pequeño lleno de agua. En él pongo la maceta para que vaya empapándose de abajo hacia arriba. Cuando finalmente se hunde, la tierra está empapada. En ese momento se saca (no las dejéis en remojo) y se deja escurrir muy bien, para evitar encharcamiento. Os aseguro que mis helechos y orquídeas son felices así todo el año. Esta técnica es especialmente útil para rescatar al bonsai moribundo que nos regalaron y que no supimos cuidar. Si actuáis a tiempo podréis recuperarlo.

Siguiendo estos consejos es fácil que muchos naturalistas entusiastas abandonen el club de los que tienen mala mano y puedan disfrutar durante mucho tiempo de unas silenciosas pero apasionantes inquilinas procedentes de otras tierras.

