
Hace alrededor de 12.000 años que la última de las glaciaciones remitió. Lo suficiente como para que se dieran las condiciones por las que la humanidad llevó a cabo la gran revolución, al lado de la cual todas las demás se quedan pequeñas: la revolución neolítica. Eso que nos explicaban en el colegio de la piedra pulimentada es una siemple anécdota, aunque le dé nombre al periodo. Lo verdaderamente importante es que se descubrió la agricultura y la ganadería, y con ello cambiamos nuestra forma de vida. Ahora éramos capaces de producir alimento, y no estábamos condenados a buscarlo, por lo que dejamos la vida nómada para hacernos sedentarios, obligados a vigilar nuestros cultivos. Con ello aparecerán los primeros asentamientos (el núcleo de las primeras ciudades) y tecnologías tales como la cerámica, el tejido, etc.
Pero durante todos los cientos de miles de años previos (alrededor de 4 millones si nos remontamos a los primeros homínidos) sólo fuimos una cosa: cazadores y recolectores. Esa sí es la profesión más antigua del mundo. Como tales evolucionamos como especie. Hay quien cree que el Neolítico supuso el fin de esta actividad, pero no es cierto, porque nunca dejó de precticarse. Lo que sucedió fue que paulatinamente dejamos de depender como especie de ella, porque en vez de perseguir a las manadas de jabalíes podíamos tenerlas controladas dentro de un recinto para consumir los que necesitábamos, y así el jabalí se transformó en cerdo doméstico. Era mucho más fácil y más seguro. Pero hay algo que une al cerdo con su equivalente salvaje: para comer su carne hay que sacrificarlo.
En la naturaleza existe básicamente dos grupos de seres vivos, y todos ellos poseen estructuras basadas en el carbono: los autótrofos y los heterótrofos. Los primeros son capaces de mantenerse por sí mismos, y los segundos dependen de otros. Autótrofos son los vegetales, capaces de romper el CO₂ del aire mediante la fotosíntes para quedarse con el carbono que necesitan, liberando oxígeno sobrante a la atmósfera. Literalmente las plantas viven del aire, aunque necesitan también agua. Pero todos los animales sin excepción, y eso nos incluye a nosotros, son heterótrofos, es decir, necesitan obtener ese carbono de otros seres vivos. El herbívoro lo obtiene de las plantas, el carnívoro del cuerpo de otros animales y el omnívoro de ambos. El ser humano es omnívoro.
Esta introducción sirve para contextualizarnos como especie en el mundo en el sentido de que, y esto es una obviedad pero no por ello menos importante, necesitamos comer para vivir, y sólo podemos comernos a otros seres vivos, ya sean vegetales (también algunos hongos, que tienen reino aparte) o animales. Aquí más que nunca deberíamos reivindicar la idea de que no podemos ir contra la naturaleza: en el mejor de los casos (con disponibilidad de agua) podríamos sobrevivir sin comer unos dos o tres meses (sin agua sólo unos pocos días), por lo que consumir a otros seres vivos no es cuestión de elección, sino literalmente de vida o muerte.
Decíamos que la agricultura y la ganadería habían hecho más fácil el acceso a nuestros alimentos, sobre todo al más difícil, que son los de origen animal. Ahora podíamos utilizarlos además no sólo como fuente de carne, sino para obtener otros productos (huevos, leche) o por sus capacidades (fuerza, velocidad, sentidos…). Pero eso simplemente simplificó nuestra vida, porque realmente habíamos evolucionado en una dirección, que nos había convertido en una especie cazadora. Un tigre, un halcón, una araña… sólo pueden cazar, esa es su naturaleza. Pero nosotros podemos elegir, ahora que tenemos alternativa. La mayor parte de la humanidad ha elegido ser ganadera, pero todavía unos cuantos elegimos ser cazadores. Y tenemos nuestros motivos para serlo. Yo soy cazador por elección y por convicción.
Existen innumerables argumentos en contra de la caza, algunos sólidos y otros no tanto. También existen argumentos a favor, algunos sólidos y otros no tanto. El debate anticaza-procaza es de sobra conocido, y no pretendemos aquí desmontar los argumentos contrarios ni repetir los favorables. Para eso están internet, los kioskos de prensa y las bibliotecas llenas de material para que quien quiera se arme de argumentos. Lo que quiero es exponer las razones que llevan a un amante de la naturaleza como es este naturalista descalzo a elegir cazar.
En primer lugar, yo cazo para comer. Ese es mi principal argumento. De lo que cazo me alimento yo, pero también se alimenta toda mi familia, se alimentan mis amigos y todas las personas que me rodean y que aceptan la carne que les ofrezco. Es una carne de una calidad extraordinaria, mucho mejor que la que se pueda comprar en la mejor carnicería. Procede de animales seleccionados por la propia naturaleza (que es la más eficaz), que han vivido en las mejores condiciones de bienestar, que han vivido toda su vida libres, sin paredes ni corrales, alimentándose de lo que encuentran en la naturaleza, moviéndose y reproduciéndose sin intervención ninguna por parte del ser humano. Por eso no cazo nada que no vaya a consumir. Creo que no tengo derecho a matar a un animal por gusto o simplemente porque puedo hacerlo: quitar la vida es un acto consciente y responsable, y por tanto tiene unas implicaciones éticas muy fuertes, porque es irreversible, así que tiene que haber un buen motivo para hacerlo. Siguiendo las enseñanzas de Baden Powell, fundador del movimiento Scout, sólo hay dos motivos para matar a un animal: para comer o para defenderte.
No es una carne fácil de obtener; de hecho, cazar con éxito es muy difícil. En la gran mayoría de los casos he vuelto con las manos vacías. El reto de la caza está lleno de incógnitas porque nada está garantizado. Nunca sabes si vas a ver a una presa, y nunca puedes estar seguro de que, aun encontrándola, vayas a ser certero en el lance. Pero incluso en ese caso la caza tiene sentido porque cazar no es matar, como dice la sentencia latina (venare non est occidere). Cazar implica preparación, esfuerzo, aprendizaje y temple. Incluso en los momentos del año en los que no está permitido cazar, un cazador de verdad se está preparando. Cazo cuando salgo a correr o a montar en bicicleta, para estar fuerte. Cazo cuando practico con el arco, para ser efectivo. Cazo cuando limpio las armas, para que estén preparadas. Cazo cuando leo y aprendo sobre la naturaleza, para conocer mejor a mis presas y el entorno en el que viven. Cazo cuando cocino, porque le doy sentido a la muerte de ese animal y le rindo así un homenaje. Cazo cuando paseo por el campo y aprendo a leer rastros. Cazo siempre, porque cazar no es un deporte, es una forma de vida. Mi maestro y amigo Francisco Alcaraz siempre me ha dicho que si lo que te gusta es matar lo mejor es ir a un gallinero: es más fácil, más barato y además está asegurado. Pero no lo hacemos porque el cazador no es un sanguinario, aunque haya quien lo sea (vaya sobre su conciencia), aunque para tener éxito en la caza sea necesario quitarle la vida a un animal, lo cual no es agradable. Es duro y es difícil de ver, es el precio más alto que debe pagar quien caza a un animal al que ama y al que admira.
Cazar es una actividad que va más allá de lo práctico, y uno de los motivos por los que elijo esta vida es porque cazar es un ejercicio de libertad. En un mundo en el que se nos quiere esclavos, sometidos al yugo del dinero, de la popularidad, de la imagen…, en el que se quiere controlar cada segundo de nuestra vida a través de redes sociales y de los algoritmos…, en el que se nos quiere superficiales y vacíos… En ese mundo es más necesaria que nunca la autenticidad: cazar es de verdad, y no hay «botón de deshacer». Cuando estás en medio de un lance no hay marcha atrás. Se siente miedo, un miedo de verdad, un miedo que te hace sentir vivo y que estremece todo tu cuerpo. Un jabalí a la carrera es imparable e imprevisible. Un ciervo oye mejor que tú y es muchísimo más rápido. Todos en el campo son superiores a nosotros en todo salvo en consciencia, que en este caso aúna inteligencia y temple (palabra hermosa que significa autocontrol). Por eso es que la acción de cazar te reencuentra con tu propia naturaleza, te conecta con eso que somos de verdad: cazadores, no ganaderos.
Cazar es entrar en comunión con la naturaleza, por lo que para mí tiene una dimensión espiritual evidente. Quien me sigue y me conoce sabe cuál es mi relación con la Tierra. La Tierra es mi santuario y mi hogar, no es simplemente el escenario de mis actividades o algo que me interese porque sí. En mi experiencia hay muchas formas de estar en la naturaleza. Una de ellas es no estando, a través de la indiferencia; hay quien no presta ninguna atención a lo que sucede a su alrededor y, por tanto, no se percata de nada, actuando como si no estuviese en este mundo aunque en realidad no deja de estarlo. El segundo nivel es estar como observador, como quien ve un partido en la televisión pero no practica ningún deporte. Es una actitud basada en reconocer tu interés pero sin hacer nada más que contemplar, analizar o comentar. En mi opinión sólo se conoce a través de la experiencia directa: no puedo saber cómo se hace algo si no lo he intentado. De esta manera muchas personas interesadas en la naturaleza no llegan a implicarse en ella más que como observadores. Sin embargo, cuando se practica una actividad intensa a muchos niveles como es la caza te conviertes en un protagonista más dentro del escenario. Eres un agente, una rueda más en el engranaje de la vida y, curiosamente, el campo lo percibe y reacciona. En mi experiencia no es igual salir con unos prismáticos o con una cámara de fotos que con un arma de caza: nunca he visto más cosas diferentes ni he tenido más experiencias y encuentros que de esta manera. Cuando he salido como observador he apreciado que la vida se oculta, intenta pasar desapercibida, pero en la intención de cazar hay algo que provoca un despertar a tu alrededor: los animales salen a tu encuentro, como si aun sabiendo que su vida está en peligro quisieran jugar al juego de la caza contigo. Para mí no existe una explicación lógica a este fenómeno, pero tengo la constancia permanente de que es así. Si quieres ver un ciervo sal a cazar ciervos o difícilmente verás alguno. Sólo he visto zorros de dos maneras: atropellados o cazando. Y no encuentro explicación a este hecho.
Ya no hace falta cazar, eso es cierto. Ya no necesitamos matar animales salvajes para sobrevivir, porque hay quien los sacrifica por nosotros. Cada pieza de carne del supermercado encierra la historia de un animal que ha crecido en condiciones poco adecuadas para su desarrollo como ser vivo, sin espacio, sin capacidad de relación sana y natural con sus congéneres, sin saber lo que es correr con libertad, sin haber tenido la oportunidad de reproducirse. Ha sido sacrificado en una instalación industrial donde alguien ha terminado con él a escondidas para que la sociedad no tenga que ver la sangre ni entender el valor de una vida, convirtiendo a un ser vivo en un producto envasado en una bandeja de plástico. Un verdadero cazador busca la muerte más limpia y rápida posible («una flecha, una vida», decimos los cazadores arqueros), de manera que sólo el momento del lance conlleva estrés en la vida de un animal cazado. No se me ocurre tratamiento más digno para un animal que va a entregar su vida para darnos de comer. Pero, aunque ya no haga falta cazar para comer, es necesario, ahora más que nunca, hacer aquello que nos hace humanos en el sentido más amplio de la palabra. Vivimos en un estado de desconexión de la naturaleza y de nosotros mismos (no hay diferencia entre ambas cosas) tan insano que volver a las raíces, a lo que somos, es la verdadera terapia y el antídoto para la epidemia de neurosis que acecha a tantos seres humanos desconectados. Conocer nuestra naturaleza, aceptarla y abrazarla es la mejor de las vías para vivir de una forma equilibrada y auténtica. Para mí cazar es una de las vías que practico de crecimiento personal, que me ayuda a ser mejor persona por cuanto me permite desarrollar mi ser más auténtico. No todo lo importante en esta vida es útil y necesario; al revés, lo más valioso suele ser aquello aparentemente menos práctico. Es el momento de reivindicar lo importante sobre lo meramente necesario.
Félix Rodríguez de la Fuente


