
Cuando miro hacia atrás en mi vida y recuerdo cada decisión trascendental, cada sueño, cada camino que he emprendido…, vuelve a mi memoria el pensamiento que dio alma a cada uno de esos momentos, y casi siempre va acompañado de alguno de estos verbos: ser, tener o hacer. Y estoy convencido de que esto le sucede a la inmensa mayoría de las personas. Voy a poner un ejemplo; ante la pregunta: «¿Para qué quieres estudiar esta carrera?«, las respuestas más habituales suelen ser: para ser esto algún día, para tener aquello, para dedicarme a... Si prestamos atención son respuestas encaminadas a poseer algo: posición, profesión, estatus, propiedad, estilo de vida, etc.
El ser humano es una máquina muy compleja, que ha alcanzado un grado de desarrollo casi insuperable. Pero todavía actúan en él mecanismos que, si bien han tenido una enorme utilidad para nuestra superviviencia como especie, también es cierto que provocan en nosotros una cierta dosis de parálisis vital. De todos ellos tal vez la emoción del miedo sea una de las más poderosas. Esta parálisis de la que hablo es causa de buena parte del sufrimiento que muchas veces nos acompaña. Estoy convencido de que el inmovilismo no es parte de nuestra esencia, sino el cambio, el movimiento y el avance constantes. Al fin y al cabo abandonamos el nomadismo hace tan sólo 12.000 años, después de unos 300.000 de vida en movimiento.
Nuestra vida está llena de decisiones, unas intrascendentes y otras de un calado que produce vértigo. Una tras otra, se convierten en los peldaños por los que ascendemos en la escalera de la vida. Aunque algunas son decisiones conscientemente tomadas, la mayor parte de ellas no lo son. Esa es la verdad. Damos muchas vueltas a comenzar o terminar una relación, a comprar una vivienda, a elegir una profesión… Pero no al color de los calcetines, a cómo preparar el café por la mañana, o a responder con un «no me apetece» o con un diplomatico «luego lo vemos«. Pero son todas, repito, todas las decisiones las que nos conducen a donde estamos precisamente ahora. Y por eso, en muchas ocasiones, nos encontramos en un momento vital que nos desconcierta, porque no sabemos cómo hemos llegado ahí. En ese punto en el que no nos sentimos dueños de nuestra propia existencia, en el que creemos que la vida nos ha llevado como el huracán arrastra a una pluma, es cuando aparece la crisis existencial.
No tener respuestas a nuestra vida produce desasosiego. Sencillamente porque somos conscientes de que no tenemos el control. No podemos explicar por qué estamos donde estamos, por qué nos hemos convertido en lo que ahora somos. Pero la clave no es la respuesta, sino la pregunta. Destierra el «por qué«, y sustitúyelo por el «para qué«. Esta pregunta mágica te enfrenta a tu responsabilidad y, sobre todo, a tu verdadera intención. ¿Para qué eliges comenzar o terminar esa relación? ¿Para qué quieres comprar esa vivienda? ¿Para qué quieres ser enfermera o camionero?
A esta pregunta podemos responder con los verbos ser, tener o hacer. Si cambiamos el interrogante, muchas respuestas que antes parecían valiosas pueden perder sentido para nosotros. ¿Para qué quiero cambiar de coche? ¿Para desplazarme o para sentirme de una manera especial? Volviendo al planteamiento incicial, ser, tener o hacer hablan de apego, es decir, de ser poseídos por aquello que parece que nosotros queremos poseer. Pero, ¿qué sucedería si la respuesta hablase de los contrario, es decir, de desapego? ¿Y si la respuesta equivale a estar, experimentar, vivir, compartir o crear?
En momentos de pérdida, de desorientación, se me antoja que la respuesta más adecuada es la de estar, y eso responde a la pregunta adecuada.
- No somos, vamos construyendo la vida.
- No poseemos, disfrutamos de algo mientras lo tenemos disponible.
- No hacemos porque somos, somos porque hacemos.
Mi corazón y mi intuición me dicen que el planteamiento de la pregunta adecuada es la llave para salir del pozo existencial. Cuando estés perdido tal vez podrías hacer el ejercicio de preguntarte de la siguiente manera:
- ¿Dónde estoy en mi vida? ¿Estoy donde yo elijo estar o donde otros creen que debo estar? La respuesta a esta pregunta exige valentía y una fuerte dosis de honestidad hacia nosotros mismos, nuestros jueces más implacables.
- ¿Dónde quiero realmente estar? No vale negarse la salida. Si quieres estar en un circo, no vale responder «en un circo pero eso es imposible». No, la respuesta es sencillamente «en un circo», aunque a tu ego o a tu familia no les guste la respuesta.
- Y la más importante: ¿Para qué quiero estar ahí? Si la respuesta es para ser, para tener, para conseguir… es probable que estés caminando hacia el estancamiento. Tu naturaleza es dinámica, por lo que probablemente tu salida esté en respuestas relacionadas con hacer cosas, con estar presente, con vivir experiencias, con compartir, con crear.
Querido lector, querida lectora, te voy a poner un ejemplo personal. Yo soy el autor de este blog. Para mí es algo vivo, ilusionante, dinámico, enriquecedor, sencillamente porque no existe para yo ser, conseguir ni tener nada. Este blog existe como una plataforma para crear, para comunicar, para estar conmigo mismo y compartir eso que voy descubriendo con quien lo lea, para crear, para volar. No existe para ser bloguero, ni para ganar dinero, ni para conseguir fama. Sé que tú lo estás leyendo, pero desconozco su alcance. Es un trabajo que me hace libre aportando algo hermoso. Ya está. Mientras escribo mi lugar está aquí, y está ahora. Yo vivo esta experiencia, no soy su esclavo. La poseo, no soy poseído.
Hoy te propongo unas pautas sencillas para vivir con plenitud esa vida única que tienes, para hacer realidad ese regalo que eres para el mundo y que muchas veces no quieres aceptar. Interrógate con sinceridad, y descubre el secreto del «para qué». Si lo que haces, si aquello en lo que te has convertido, te tiene inmovilizado… Detente. Hazte las preguntas adecuadas. Decide lo que realmente quieres. Y ponte en marcha. Abre las alas sin escuchar al miedo y comienza a decidir cuál va a ser el próximo peldaño de la escalera que te va aconducir a esa vida en la que sí eres el capitán de tu barco. La salida está en ti, al igual que la trampa. Tú puedes ser la llave de la prisión que las preguntas inadecuadas pueden construir a tu alrededor. ¿Para qué quieres ser dueño de tu vida? Suena poderoso.


Genial! Es un texto muy motivador, Joaquín. Me ha encantado leerte y me encanta que me hayas hecho pensar. Yo ya estoy en ese camino! Gracias por ser brújula y acompañante de esta maravillosa aventura que es la vida.
Pues ya somos dos los que estamos caminando.
Y qué maravillosa es la sensación de sentir que estás donde quieres…
Esas preguntas que planteas me las he estado haciendo toda la vida, pero de forma errónea. Sólo me he liberado de la tiranía de la toma de decisiones cuando realmente las he planteado correctamente.
Abrazo, amigo
Gracias por tu comentario, Javi. Es un verdadero regalo saber dónde estás, saber dónde quieres estar y saber preguntarte a ti mismo.
Gracias por tu aportación, por tus reflexiones internas compartidas, por contribuir con aspectos tan importantes para ser el dueño de tu destino, saber parar y saber girar si no vas por el camino deseado. Un abrazo!
Gracias, Manuel. Tú sabes de estas cosas. Un abrazo.
Creo que los momentos en que pasan las cosas no son casuales, alguien se empeña en que sean por algo, para algo. Me has dado la clave de algo que necesito ahora mismo: replantearme algunas preguntas. Sé que voy a sentir más libre, más feliz.
GRACIAS
Tú ya sabes quién es ese alguien; dale el nombre que prefieras. Está claro que la casualidad sencillamante no existe.