
Con el cambio de estación, la lluvia vuelve a hacerse presente. La parte central del invierno es un tiempo de calma para los que vivimos en la Península Ibérica, en el que el tiempo suele ser seco y frío. Pero cuando el invierno llega a su fin es frecuente la inestabilidad y los cambios habituales e inesperados. Nuestro amigo el frente polar se desplaza hacia el norte para dejar paso a la masa de aire cálido que aguarda en latitudes más bajas y que nos acompañará en verano. Muchas personas llaman a esto «mal tiempo», aunque se trata de un verdadero regalo.
Salir al campo cuando llueve es una experiencia que no tiene precio. El sábado pasado llovió por aquí. Me calcé mis botas, cogí la mochila y me fui con mi perra. Unas nubes bajas, como jirones de niebla, se retorcían entre las copas de los árboles, y el bosque parecía transformado.
La lluvia en el campo produce efectos muy interesantes, que afectan a todos los sentidos, aunque en algunos de ellos de manera más profunda. El primero de ellos es la vista. El bosque mediterráneo está poblado por especies que se ven obligadas a adaptarse tanto a periodos de lluvia como a largas sequías. Las especies que lo forman pertenecen en ocasiones al grupo de las esclerófilas, precisamente evolucionadas para sobrevivir a estos extremos. En muchas ocasiones el suelo parece seco, muerto. Pero la lluvia despierta a un enorme número de especies durmientes, como son los musgos, que se reactivan formando un manto verde que durará mientras persista la humedad. Incluso helechos como los tímidos Cheilanthes o las Ceterach officinarum (doradillas), comunes entre las rocas, reverdecen y abren sus frondes. Es también tiempo de orquídeas ibéricas, sobre todo las del género Ophrys.
El segundo sentido que se despierta es el olfato. Pocos olores resultan tan embriagadores como el de tierra mojada. Las gotas de lluvia limpian el aire, arrastrándo partículas en suspensión de todo tipo, dejando así los aromas más definidos. La madera húmeda, la resina, las hojas en descomposición… son ahora fácilmente perceptibles.
Pero, de todos los sentidos, del que más disfruto los días de lluvia es del oído. Hay dos efectos importantes que se producen en estas ocasiones: el sonido de las gotas difumina cualquier otro ruido. Es como si se formara una pantalla acústica que lo envuelve todo, enmascarando todo lo demás, desde las voces de las aves hasta nuestras propias pisadas. Además de ello, la vegetación seca y crujiente se vuelve suave y mullida, y nuestros pasos se hacen inaudibles. Podemos pasar casi desapercibidos, envueltos en una capa de silencio. Fue así como el pasado sábado pude observar el cortejo de las liebres, cuyas orejas fueron incapaces de detectarme, regalándome un espectáculo digno del mejor documental.
Los días de lluvia no están exentos de riesgos, ante los que hay que prestar atención. En primer lugar, cuidad los resbalones, sobre todo en zonas de fuertes pendientes, barrancos o rocas. Caminad con cuidado, buscando un buen apoyo para los pies. Los matojos y arbustos son anclajes idóneos. Evitad barro desnudo y piedras lisas, sobre todo en el lecho de los arroyos secos. En segundo lugar, cuidaos de las tormentas, y no salgáis si estáis seguros de que hay una. La caída de rayos es un riesgo real y extremadamente peligroso (por desgracia tengo experiencias cercanas), así como las avenidas súbitas en ramblas y en cauces que discurren normalmente secos. Si sois precavidos y aplicáis el sentido común podréis disfrutar de una sana aventura pasada por agua.
Son muchos los que llaman a éste «mal tiempo», quizás por miedo a mojarse. Para un naturalista es un regalo. Por eso os recomiendo que no dejéis de salir bajo la lluvia. Para estos casos, un poncho militar es un gran aliado, porque os cubre el cuerpo y la mochila, y os permite dar un largo paseo sin mojaros en exceso. Por otro lado, la promesa de una ducha caliente y ropa seca siempre es un estupendo aliciente para disfrutar del campo también en los días grises. Es tiempo de cambio, y vienen días para disfrutar del agua y de la naturaleza, en lo que Konrad Lorenz denominaba como «días de perros», es decir, días para reencontrarnos con nuestro lado más salvaje.

A Joaquín, mi hijo, por su 12 cumpleaños. No dejes de caminar descalzo.




Te leo y de paso enriquezco mis prácticas de geografía 😁. Cuando fui tu alumna nos contaste q te encantaban los días de lluvia a diferencia de la mayoría, y me hizo ilusión porque siempre he pensado igual. Es lo que tiene ser de una familia de agricultores. Un beso a Joaquín junior por su cumple!!
Veo que mis palabras cayeron como lluvia, y yo sin saberlo. Gracias, Mari Paqui! Ese recuerdo también me riega por dentro.
Me encanta leerte , amigo. Y me encanta tener el privilegio de haberme cruzado contigo en esta travesía azarosa que es la vida.
Un fuerte abrazo y un besote para Joaquín Jr.