
Un práctica común entre los ascetas de diversas religiones es el cultivo del silencio, la renuncia a comunicarse. Si buceamos en aquello que nos hace humanos, la comunicación es uno de los aspectos más importantes, porque constituye el pilar fundamental sobre el que construimos nuestras relaciones y nuestra sociedad. De esta manera, un individuo que renuncia a hablar está abrazando un cierto aislamiento del resto de seres humanos. Cuando ese aislamiento viene impuesto al margen de la elección personal (una enfermedad que imposibilita el habla, un accidente que provoque el aislamiento en un lugar remoto o una imposición por parte de alguien), la incomunicación provoca un fuerte sufrimiento, tanto que se ha utilizado como medio de presión, o incluso de tortura. Pero cuando el silencio es elegido, entonces se convierte en un valioso aliado, como veremos a continuación.
Hace unos meses viví una experiencia en este sentido de la que aprendí valiosas lecciones: abracé un periodo de silencio que duró casi un día completo. Durante esas veinticuatro horas, en las que elegí no establecer ningún tipo de comunicación con nadie por ningún medio, descubrí la verdadera importancia de la comunicación, más allá del habla. Nos comunicamos con la voz, pero también con las miradas y los gestos, cuya importancia es mucho mayor de lo que podemos imaginarnos. En una situación así puedes llegar a ser considerado por los demás como un grosero, un maleducado, un enfermo o incluso como alguien peligroso. Pero, sobre todo, descubres cuánta importancia nos damos a nosotros mismos, cuánto alimentamos a nuestro ego, porque la mayor parte del tiempo estamos más centrados en lo que vamos a decir que en lo que los demás quieren transmitirnos.
Vivimos en la cultura del ruido. Observa tu alrededor y presta atención al zumbido permanente de los electrodomésticos en los que no reparas (frigoríficos, por ejemplo). Acércate a ese cargador que está enchufado pero no está siendo utilizado, y notarás un pitido muy agudo, casi inaudible, que desaparece cuando conectas el teléfono. Recuerda el familiar zumbido de los televisores de tubo, que parecía decir que ya estabas en casa. Todos esos son sonidos que nos acompañan, y en los que no llegamos a fijarnos, pero ahí están. Nos anestesian con su presencia invisible pero omnipresente, hasta tal punto que llegamos a encender la televisión o la radio sólo para que su sonido nos acompañe. Así que, mirado desde cierto punto de vista, se puede decir que hoy el silencio se ha convertido en un artículo de lujo, y el ruido en una adicción.
El silencio es un bálsamo para la salud del alma y de la mente
El Naturalista Descalzo
Recuerdo las palabras de mi primo Francisco Javier cuando venía a visitarnos al pueblo en el que vivíamos: «No puedo dormir con tanto silencio». Los motores, sirenas, sonidos de claxon… forman parte de nuestro paisaje urbano. Todos esos ruidos son parte del peaje que pagamos a cambio de nuestra comodidad y nuestra seguridad. Pero no reparamos en el precio que hemos de pagar por ello.
Los efectos negativos del exceso de ruido son de sobra conocidos: insomnio, irritabilidad, depresión, trastornos… Son el resultado de la exposición a niveles o periodos excesivos de ruido. Pero el sonido normal de la vida cotidiana puede también privarnos de nuestro bienestar en mayor o menor medida, ya que son muchos los beneficios desaprovechados del silencio, de los que quiero destacar los siguientes:
- Ayuda a la concentración, porque supone liberar al cerebro de estímulos que, inevitablemente, debe procesar. Es muy habitual pedir silencio cuando estamos intentando recordar un dato concreto o una palabra, eso que tenemos «en la punta de la lengua».
- Potencia la creatividad porque facilita la imaginación. El silencio es el crisol de la ideas, de las imágenes, de las sensaciones y de las emociones que podemos recrear o anticipar.
- Reduce el estrés y facilita la relajación, permitiendo aflojar también el cuerpo. El ejercicio del yoga no se basa sólo en el movimiento y la respiración, también en el silencio.
No se trata de considerar el sonido como algo pernicioso, al contrario. Cuando es elegido, también posee increíbles propiedades, más allá de lo evidente (conversaciones, música…). Por ejemplo, la vibración de la voz se utiliza con frecuencia en ciertas prácticas de meditación, generando efectos muy interesantes tanto en el cuerpo como en la mente. Pero a menudo no somos conscientes de que el silencio existe, y que posee enormes beneficios de los que podemos disfrutar. A continuación os propongo una serie de prácticas que os ayudarán a disfrutar del silencio consciente:
- Ejercicio sin música: es muy recomendable la práctica del ejercicio físico diario moderado. Paseos, yoga, ciclismo, caminatas, carrera suave… A menudo acompañamos nuestra actividad con música. Te propongo dejar los auriculares en casa de vez en cuando, y dejarte acompañar tan sólo del sonido de tu respiración, de las pisadas, del roce de la vegetación… de los sonidos de la vida. Pueden ser momentos de inspiración y de encuentro con el momento presente.
- Lectura en silencio: leer estimula la imaginación, la memoria y la concentración, y supone un ejercicio de gimnasia mental irremplazable, además de aportar conocimientos y capacidad crítica. El silencio en la lectura aumenta sus beneficios. Esto se puede aplicar a otras actividades como la pintura, la cocina, etc.
- Aprende a meditar en silencio: practica a diario la meditación, el ejercicio de estar presente y ser expectador de tus propios pensamientos. La meditación guiada está muy bien, pero la meditación en silencio produce efectos aún más potentes sobre nuestro cuerpo y nuestra mente. Aprende a meditar en silencio.
- Voto de silencio: elige no hablar durante un periodo establecido. Puedes buscar un tiempo de soledad, aunque no es necesario. Basta con que lo comuniques a la familia para que sepan que no sucede nada anormal, y renuncia a hablar durante un tiempo (con unas horas basta). Haz tu vida en silencio durante ese tiempo, y observa el mundo desde el desapego a la intervención. Descubrirás que con la voz intentamos ejercer un control permanente sobre todo, a través de las órdenes, las instrucciones, los consejos o las simples opiniones. Desapegarte del control te libera a ti y libera a cuantos te rodean. Convierte esta actividad en un hábito y practícalo periódicamente.
Cuando hablas, sólo repites lo que ya sabes; pero cuando escuchas, quizás aprendas algo totalmente nuevo
Dalai Lama
En definitiva, cuando descubrimos en el silencio a un aliado podemos beneficiarnos de muchas maneras diferentes. En un mundo de ruido permanente llegamos a olvidar que existe la posibilidad de reducirlo al máximo. Yo te invito a descubrirlo y a disfrutarlo cuando lo elijas. No es necesario hacerse ermitaño para bucear en la paz que proporciona el silencio, y profundizar así en la creatividad, el pensamiento, las emociones y el descubrimiento que supone el simple hecho de estar vivos y saber que lo estamos. Dice Erasmo de Rotterdam: «La verdadera amistad llega cuando el silencio entre dos parece ameno». ¡Qué valioso ser amigos de nosotros mismos, cuando podemos encontrarnos en nuestro silencio!


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